Capítulo 22

1249 Words
Mauro Macedo llegó puntual a la hora que le había señalado a Techi. Lo hizo vistiendo un impecable terno n***o, los zapatos súper lustrados, peinado con raya al medio, bien afeitado y con sus mejores joyas. Prácticamente se había vaciado un costoso frasco de entero de loción sobre su saco importado. Pagó el taxi y salió portando un maletín James Bond. Vio a los periodistas que estaban arremolinados en la puerta de la fiscalía. Justo ese día había llegado a hacer sus declaraciones el ministro Pérez, a quien se le investigaba por colusión, cohecho y malversación de fondos. Y aunque el congreso lo había blindado, impidiendo su censura, Doris Mejía continuaba con sus investigaciones, pues, declaró a los medios, habían muchas pruebas de convicción en su contra. Macedo pensó por un instante que esos periodistas lo entrevistarían, le pondrían los micrófonos cerca y lo enfocarían cámaras y celulares, pero no, pasó desapercibido, sin que nadie reparara en él. Le dolió, pero igual, se dijo, que pronto él sería la noticia más importante de los últimos años. En portería le dijo a los oficiales que tenía una cita con la fiscal Nancy Gutiérrez y le permitieron el pase. Dejó su documento en recepción y acompañado de un efectivo policial, luego de una corta espera, entró a un ascensor y se dirigió a la oficina de Gutiérrez. En la puerta lo esperaba la secretaria de la fiscal. El abogado la miró y le pareció hermosa por sus cabellos lisos, muy lacios, que le resbalaban por un hombro e iban hasta la cintura. Ella se había hecho una atractiva cola de caballo y llevaba unos lentes grandes, redondos con marcos negros que la hacían lucir enigmática, muy atractiva y por supuesto, sexy. Su sonrisa estaba sensualmente pintada de rojo y le maravilló la cintura estrecha que sujetaban sus caderas perfectas y las piernas bien silueteadas que difícilmente tapaban la falda en tubo que lucía la dama, con coquetería y arrogancia a la vez. Macedo pensó en lo divino que sería estar una noche con ella porque era deliciosa, atractiva, bellísima y le cautivaba su sonrisa tan coqueta y cariñosa. -La señora fiscal lo espera-, le dijo Techi sin perder la sonrisa. Macedo se cuadró delante de la puerta mientras la secretaria se apuraba en abrirla, hizo una reverencia a la fiscal y anunció a Mauro Macedo. -¡Hace mucho que quería conocerlo!, dijo alborozada Nancy Gutiérrez, Techi, por favor tráenos dos gaseosas bien heladitas- Su secretaria volvió hacer una venia y al cerrar las puertas estiró aún más su sonrisa y cruzó los dedos contenta. -¡Al fin!-, exclamó contenta, contagiando al seguridad que se había quedado en la entrada y que también hizo un gesto triunfal. -Sabemos que tiene documentación importante que le entregó el general Zevallos-, fue al grano Nancy Gutiérrez. A ella no le gustaban los preámbulos ni los rodeos. Siempre solía decir que darse un tiempo en formalidades era inútil. Macedo sonrió y se echó para atrás en la silla. -Así es, poco antes de ser asesinado fue a mi oficina y me dijo que tenía las pruebas fehacientes que los ascensos en los mandos militares fueron irregulares, sin respetar la meritocracia-, le detalló. -¿Qué participación tuvo Ibarra?-, se entusiasmó aún más la fiscal. -Zevallos me alcanzó los pantallazos de los chats y sus mensajes de textos, con la participación directa del presidente-, le anunció con absoluta seguridad Macedo. Nancy Gutiérrez no podía contener su alborozo. Se regocijaba con todo lo que le venía diciendo Macedo. -¿Constataste el número?-, preguntó. -Por supuesto, precisó con seguridad y confianza Macedo, soy un abogado muy perspicaz- Techi entró con las gaseosas y además agregó en un platito pequeño galletas de soda. Macedo se sirvió sin esperar a que lo hiciera la fiscal y devoró las galletas con ansias, haciendo saltar esquirlas por sus mordiscos afanosos. Eso lo notó Nancy Gutiérrez y sonrió con la mirada. Su secretaria se dio cuenta de la ironía y solo atinó a mover la cabeza y se retiró de inmediato. -¿Me daría los documentos?-, fue, otra vez, de frente al blanco, la fiscal. -He traído algunas pruebas, se excusó, sin embargo, Macedo, usted comprenderá que es material muy delicado y que es mi seguro de vida- Eso molestó a la fiscal. Arrugó el entrecejo y mordió sus labios. -La fiscalía se compromete a darle la seguridad necesaria, no se preocupe por eso-, trató de reconfortarlo, pero fue inútil. Macedo abrió y cerró su maleta estrujando su boca. -Siempre he sido muy desconfiado. Le daré los documentos que me alcanzó Zevallos de a pocos-, insistió. -Podemos emitir una orden de registro, acusándolo a usted de obstrucción a la justicia-, le aclaró Nancy Gutiérrez. -Es verdad, reconoció Macedo, pero creo que nos conviene, a ambos, trabajar en armonía- La fiscal se sintió entre las cuerdas. Macedo o era, ya, demasiado cauto o quizás un gran imbécil, pero, sin embargo, tenía la sartén por el mango. Nancy no iba a permitir, tampoco, que el pez se le escape del cordel ahora que lo tenía enganchado en el anzuelo. -Deme todo lo que tiene y le prometo inmunidad absoluta-, jugó una nueva carta. Y pareció convencerle. Macedo volvió abrir su maleta y sacó un legajo de fotocopias. -Esta es la información detallada de cómo fueron los ascensos irregulares-, le dijo. Con un lapicero le fue señalando los personajes que intervinieron en la confabulación contra los mandos a los que correspondía el mando. -Y esta otra prueba demuestra que el ministro del interior, Ponce, intervino directamente, en todo esto-, siguió detallando. Nancy Gutiérrez ya no podía ocultar su sonrisa. -Finalmente le dejo un audio que revela que al general Velásquez no le correspondía el ascenso, porque por orden de antigüedad le tocaba el mérito al general Ríos, pero Velásquez presiona a Ponce, ofrece dinero, veinte mil dólares, y el ministro acepta, todo está allí-, sentenció vencedor Macedo. La fiscal frotó su manos con emoción. La algarabía se dibujaba en sus ojos, en su sonrisa, en la luz que se encendió en su cara. Ella estaba feliz, ciertamente. Aunque no eran pruebas definitivas, sin embargo, eran convincentes y sólidas para respaldar las carpetas fiscales. -¿Cuándo tendré el resto de la documentación?-, preguntó Nancy Gutiérrez. Macedo, entonces, sacó su as en la manga. -Quiero una conferencia de prensa, transmisión en directo en todos los canales y que me permitan a mí mostrar los audios, los chats, y los documentos. Quiero ser yo quien derrumbe al régimen de Ibarra-, detalló tirado sobre el respaldar de la silla. -Por supuesto, dijo la fiscal, no hay problema en eso. Mañana mismo sería- Macedo le estrechó la diestra ensanchando su risa. -Mañana mismo, entonces, le alcanzo lo demás y se lo doy en sus manos delante de la prensa. Quiero ser el gran héroe en esta cruzada-, echó a reír, superado, igualmente, por la emoción. Cuando Macedo se retiró, Nancy Gutiérrez llamó de inmediato a su secretaria. -Techi, que prensa haga una nota a los medios sobre toda esta información. Llama urgente a Doris, que algún juez nuestro ordene la detención, de inmediato, del ministro Ponce y del general Velásquez. También manda unidades que protejan a Macedo- Techi apuntó todo, sonrió y de un brinco fue a su escritorio hacer las llamadas. La fiscal se soltó el cabello, apretó los puños y sin contenerse gritó alborozada: -¡Ahora no te me escapas hijo de tu madre!-
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