Fue una noche tomentosa, angustiante y larga. Viviana trataba de alcanzar el vacío pero era difícil. Estaba envuelta en una neblina demasiado turbia, oscura, sin luces y veía un rostro adusto, serio, ajado y hasta borroso, como una pincelada mal hecha. Vivi fue caminando hacia ese dibujo, pero tenía los pies pesados, de plomo, que apenas podía arrastrar, haciendo mucho esfuerzo, tratando de tocar esa figura desteñida. La imagen aquella, espectral y difusa la llamaba. -Ven-, agitaba los brazos con mesura, sin apurarse, sin desesperación, calmado pero enturbiado en ese vacío, como destellos que se prendían y apagaban. No era Mauro Macedo, tampoco. Era la primera vez, en buen tiempo, que era ella misma, porque veía sus manitas chiquitas en el sueño, sentía sus cabellos sacudirse por el vien

