El cazador armó su arco. La flecha estaba en su lugar, esperando a que Óscar la liberara. Los dedos se abrieron y el delgado nailon depositó toda su fuerza sobre la flecha para lanzarla al vacío. La saeta traspasó el viento en dirección de su blanco. Debía hacer diana en el pecho de la muchacha.
La adrenalina corrió por entre las venas de Katiana, y un reflejo en su cuerpo tiró de su hombro hacia un lado. Pudo sentir una brisa que golpeó su cabello. La flecha siguió de largo y penetró un árbol que estaba detrás de ella, dejando en el aire un sonido destemplado.
La joven corrió disparada entre la maraña. Su respiración era rápida y alborotada. Dentro de sí misma se instaba a seguir, a no detenerse. Debía luchar por sobrevivir, aunque la única manera fuera huyendo.
De pronto, uno de sus pies golpeó el talón de su otra extremidad, haciéndola caer sobre la hojarasca. Emitió un chillido y envolvió su pie entre sus manos.
―¡Auxilio! ―gritó llena de impotencia.
―Cállate ―ordenó Óscar, propinándole una bofetada.
Katiana quedó aturdida; nunca se imaginó que Óscar la trataría de esa manera. Dejó salir una lágrima que después rodó por su mejilla y cayó al suelo de hojarascas. Puso su mirada sobre el muchacho y pudo notar que estaba vacilante. No estaba seguro de matarla, de haberlo querido así ya lo hubiera hecho. Él era demasiado fuerte y rápido, tan rápido como… como Brian. El terror había sido tan grande, que le había hecho olvidarse del muchacho, pero recordarlo ahora no le iba a servir de nada si de igual manera iba a morir.
―¡Brian!―gritó su nombre, luego el llanto irrumpió en ella.
Alzó su mirada buscando el rostro de Óscar. Lo miró a los ojos y con sus lágrimas le suplicó piedad. El bajó la mirada, pero no porque se le remordiera la conciencia, sino porque trataba de ver algo en el brazo o en el hombro de la joven. A decir verdad; trataba de ver algo debajo de las mangas del suéter.
Katiana volvió a levantarse. Debía seguir adelante y escapar. Pero ya no podía correr, estaba cojeando. Hizo un intentó por andar pero un brazo la sujetó por el hombro. La sujetó tan fuerte que pudo sentir que las uñas del fortachón cortaron su piel. Óscar tiró de ella y quedaron frente a frente.
―¿Por qué no paras de fingir? ―inquirió ya perdiendo la paciencia.
―Óscar… por favor… ―volvió a suplicar con un nudo en la garganta.
Él frunció el ceño con ira y la apretó aún más fuerte provocando que la muchacha lanzara un alarido. Volvió a poner la mirada en el brazo de la joven y se resolvió en arrancarle el suéter; tiró de la prenda y la removió de su cuerpo.
Un puño rompió el aire y chocó contra la sien del cazador. Óscar salió disparado como una bala, cuando es golpeada por la aguja percutora de un fusil. Voló por el aire e impactó contra un árbol, este se partió en dos. Sus oídos chillaron y su visión se tornó borrosa. Trató de incorporarse pero no pudo, sus piernas no respondieron. Unas manos se empuñaron en su garganta y lo levantaron hacia el cielo, para después volverlo a estrellar contra el árbol que había caído.
La sangre emanó de su boca y sintió que sus huesos traquearon como espaguetis. Hizo un esfuerzo y trató de ver o encontrar a su agresor, pero lo que vio fue el suelo acercarse a su cabeza y chocar contra él. Nuevamente trató de ver algo coherente entre la velocidad que lo arrastraba, pero solo vio el suéter desgarrado de Katiana sobre el suelo. Palmó con sus manos el aire, mandando sus dedos abiertos como las garras de un águila, pero nuevamente no halló nada, estaba muy desorientado. Volvió a lanzar su mano y alcanzó a tocar un cuello. Se aferró a él y juntó todas sus fuerzas para apretarlo y lanzarlo a cualquier parte, a cualquier destino. Solo quería librarse de su contrincante.
Óscar sujetó a Brian, y lo catapultó a unos veinte metros abajo. Tomó aire y tosió arduamente. Pudo sentir como el aire otra vez transitaba por su garganta, provocando alivio a su cuerpo. Sabía que no podía morir, no de esa manera, era casi inmortal, pero las sensaciones que su cuerpo sentía eran desesperantes y horribles.
Brian se levantó mirando al muchacho con furia, ira y odio. Sus ojos brillaron y destellaron como los ojos de una pantera furiosa. Estaba dispuesto a hacerlo pedazos, a pasar toda la eternidad dándole golpes si fuera necesario.
El joven golin dio un salto y luego corrió hacia el cazador. Levantó su puño y disparó un puñetazo directo a la cara de su contrincante. Óscar lo interceptó con su mano, deteniéndolo antes de que chocara contra él, y luego golpeó el estómago de Brian con una veloz patada.
El joven Jackson cayó de boca contra el suelo, miró hacia unos arbustos y vio a Katiana entre ellos; ella estaba asustada, gimiendo, sufriendo por él y por ella. Los ojos de la joven se abrieron y advirtieron peligro.
―¡Brian cuidado! ―gritó la muchacha.
Brian se dio vuelta pero ya era demasiado tarde. Óscar lo atravesó por el estómago con una larga y recta vara que había encontrado. Katiana emitió otro grito y corrió hacia el muchacho.
―¡Katiana no! ―gritó él, pero ella no obedeció.
Brian se había vuelto a distraer por enfocarse en la muchacha, y su descuido le había dado tiempo a Óscar para que tomara la delantera. El cazador aprovechó el momento y recuperó su arco y sus flechas. El joven Jackson tomó la vara que se encontraba incrustada en su estómago, con la intensión de extráela, y unas delicadas manos se posaron sobre las suyas para ayudarlo: era Katiana. El volvió su cara hacia ella y contempló su rostro lleno de angustia. Una flecha traspasó la distancia y se clavó en la espalda del muchacho, haciéndolo caer de rodillas.
―¡Brian! ―volvió a gritar la muchacha.
Katiana miró entre el bosque y localizó a Óscar parado entre dos árboles, apuntando, listo para disparar. Sin dudarlo, la joven se movió unos pasos y se puso frente al golin. No permitiría que Óscar le pusiera una flecha más encima, aunque eso implicara que fuera ella quien las tuviera que recibir en su cuerpo.
Óscar se vio sorprendió. ¿En verdad estaba ella dispuesta a dar su vida por él? El cazador vaciló y bajó unos centímetros el arco. Caminó un poco hacia ella y miró con el ceño fruncido el hombro desnudo de la joven. Ella había perdido su suéter, Óscar lo había arrancado un segundo antes de que Brian lo golpeara. Ahora solo era un top lo que cubría el sostén de la muchacha.
―No veo tu marca… ―murmuró el fortachón.
―Mira esto ―dijo Brian a las espaldas de Katiana.
El fuerte brazo del muchacho sobre salió detrás de la joven y le lanzó la vara que momentos antes había estado incrustada en su cuerpo. Brian lo había sorprendido. Él había aprovechado la distracción que Katiana había creado cuando se puso delante de él y ahora era su turno de contraatacar.
Óscar se hizo a un lado y la vara solo alcanzó a rasgar su brazo. Su mano se apresuró a sujetar la herida, y bajó la guardia al hacerlo. Sin previo aviso, los puños de Brian cayeron sobre él propinándole una estampida de golpes en el rostro. Óscar cayó tumbado al suelo y Brian aún sobre él. Puños bajaban y subían, rompiendo la piel y la carne del cazador.
―¡Brian para! ―rogó Katiana, al ver que le muchacho no se detenía.
Él no hizo caso, solo quería destrozarlo; quería volverlo añicos y hacerle pagar por haberle hecho daño a la muchacha. La furia de sus puños continuó descendiendo sin piedad, a tal punto que Óscar ya no respondía, estaba demasiado aturdido y casi inconsciente.
―¡Te mataré! ―vociferó Brian, al momento que tomaba una de las flechas para clavársela en la frente.
Una mano envolvió su puño y fue su delicadeza la que hizo que se detuviera y no su fuerza.
―Brian… ya. Ya mi amor, para por favor ―musito Katiana, con su dulce voz―. Déjalo. Déjalo y vayámonos de aquí.
La furia que relampagueaba dentro de los ojos del muchacho se apagó. La serenidad de Katiana se metió bajo su piel y extinguió el fuego que había en él. Se puso de pie sobre su adversario y se hizo a un lado.
―Sí… vámonos ―dijo al tiempo que soltaba el cuerpo del cazador.
―No puedo ir por la calle así ―dijo ella, mirándose.
―Iremos a mi casa. Caminaremos entre el bosque y entraremos por la parte de atrás de la propiedad.
Katiana asintió. Ambos dieron un par de pasos para emprender el avance hacia la mansión Gautier, pero Brian se detuvo. Dio media vuelta y miró al cuerpo del fortachón tendido sobre el suelo. Caminó hacia él y le dio una patada tan fuerte que lo lanzó a varios metros hasta chocar contra unas rocas.
Katiana se quedó perpleja mirando a lo lejos al cuerpo del cazador. Miró a Brian y luego una sonrisa surgió en su rostro. Brian la miró complacido y la levantó entre sus brazos. Subió una colina y echó a correr, como si hubiera recargado sus energías, hasta llegar a la propiedad de los Jackson.
Las ropas de ambos estaban sucias y desgarradas. La piel de Brian había sido aruñada por las ramas y las espinas de las montañas. Y sobre su abdomen se veía una profunda herida causada por la vara que Óscar le había incrustado.
Al llegar a la casa caminaron por entre el pasillo y se toparon a Alex, recostado sobre la pared. Hablaba con alguien por teléfono, pero al verlos tan demacrados finalizó la llamada y guardó su celular.
―¿Pero qué…? ―dijo atónito sin completar la oración. La mirada de asombro se borró de su rostro y esta fue remplazada por una cara de malicia y picardía― ¡Katiana! ―exclamó. La joven miró a Brian sin entender su expresión y luego volvió su rostro hacia Alex― ¡Cielos! ¡Eres una salvaje! ―el ceño la joven se frunció sin entender nada―. ¡Pero mira como lo dejaste!
Katiana y Brian captaron el mensaje, y una sonrisa curveó sus labios, luego risotadas llenaron la casa.
―Tú no cambias, Alex ―dijo Brian, al dejarlo atrás en pasillo.
―¡Este soy yo! ―gritó el muchacho a sus espaldas.
Los jóvenes entraron a una habitación. Se desvistieron y se bañaron juntos. Katiana contempló las heridas de Brian, pero estas ya estaban desapareciendo. Un rato más tarde salió de la ducha; pusieron nuevas ropas sobres sus cuerpos y descansaron sobre la cama.
―Pensé que te mataría ―dijo Katiana, recordando la batalla, luego añadió―: y pensé que también me mataría.
―No se lo hubiera perdonado ―dijo Brian, poniéndose rígido.
―¿Y si lo hubiera hecho? ¿Si no hubieras conseguido llegar a tiempo?
Brian sacudió la cabeza.
―No me permito pensar en eso. Eso nunca pasará.
Katiana vio como los músculos de Brian se contraía. Él daría su vida por ella de ser necesario, al igual que ella por él.
―¿Óscar pudo haberte matado? ―preguntó con voz tenue.
―Sí. Siempre existe una manera de morir.
El asombro se apodero del rostro de la joven.
―Creí que la única manera de matar a una gárgola o aun golin, era cuando está en su forma de piedra.
―No. También nos pueden liquidar si cortan nuestra cabeza. El cuello es nuestro punto débil.
―¡Cielos! ―exclamó horrorizada al pensar en eso. No quería imaginarse a Óscar, Eva o a cualquiera, cortando o arrancando la cabeza de Brian.
―Óscar en cierto punto es inmortal ―dijo él, mirando el fondo de la habitación, como si mirara al vacío―. Ningún humano lo puede matar.
―¿Qué cosa es él?
―Es un homingel.
―¿Un qué?
―Un homingel. Los homingeles son una r**a casi divina. Físicamente semejantes a los humanos, pero inmortales. Fueron creados para ayudar al hombre después de la caída. Los hombres no estaban preparados para sufrir con su pecaminosidad y todo el mal y el trabajo que vendría sobre ellos. Así que ellos se ofrecieron para ayudarlos. Con el paso del tiempo los homingeles se contaminaron por la maldad y no se les permitió salir de la tierra. Así que se les condenó a vivir con los mismos sufrimientos que afrontaban los humanos. No morirían pero padecerían al igual que cualquier hombre o mujer.
―¿Y también tenían alas como los ángeles?
―Sí. Pero los humanos no las podían ver ni tocar. Con el pasar del tiempo los homingeles se corrompieron tanto que terminaron perdiendo sus alas. Las armas de los homingeles están hechas de un metal especial llamado Niquelio. El Niquelio es invisible e inexistente para los humanos. No lo pueden ver ni tocar.
Katiana se sentó sobre la cama y cruzó sus piernas.
―¡Claro! ¡Por eso fue que él quería matarme! ¡Óscar pensó que no soy humana! todo porque pude ver su arco y sus flechas. Yo mencioné que lo vi atacar a Eva. Debió de pensar que también soy una gárgola o un golin. Por eso buscaba una marca en mi brazo o en mi hombro.
―Correcto.
―Brian, dijiste que Óscar era inmortal desde cierto punto. ¿Qué quieres decir?
Brian se sentó sobre la cama y apoyó su espalda sobre la pared.
―Antes no existía un método para matarlos. Podías hacerles lo que quisiera pero nunca morían. Solo sufrían y luego se regeneraban. Pero como te dije, debido a la degeneración de esa r**a, los arcángeles les quitaron las alas y junto con ella la inmortalidad que poseían. Desde entonces pueden morir, pero solo si los matas con un arma de Niquelio.
―Pero si los humanos no pueden ver ni tocar sus armas de Niquelio… nunca los podrán matar. Solo los seres que no sean humanos podrán ver y usar sus armas para hacerlo.
―Exacto. Si no me hubieras detenido cuando intenté clavar la flecha en la cabeza de Óscar…
―Estaría muerto ―le terminó la frase. Brian asintió. La muchacha se levantó y se sentó sobre los muslos del joven, abrazó su cintura con sus piernas y lo miró fijamente―. ¿Cuándo te diste cuenta de que eras un golin? ¿A qué edad te apareció la marca? ¿Tomaste el legado de alguien? ―una pequeña sonrisa se pintó en su boca, pero no dio respuesta―. ¡Ay! ¡No seas así! Dime ―insistió.
―La marca aparece cuando te conviertes en golin. Sientes un ardor en tu brazo o en tu hombro y ahí está ―sonrió―. Te da la bienvenida a tu nueva vida ―ella lo siguió mirando a la espera de más―. De acuerdo, de acuerdo, seguiré… ―la joven le dio beso y él le sonrió―. Gracias por las monedas, ya puedo continuar ―Katiana emitió una breve risa y siguió mirándolo sin dejar que la sonrisa se borrara de su rostro―. Si la marca te aparece a los quince, diecisiete, diecinueve años o cualquier otra edad que sea menor o igual a los veinte, dejarás de envejecer en cuanto cumplas los veintiuno. A partir de esa edad no envejecerás más ―hizo una pausa y continuó―. Pero si aparece a partir o después de los veintiuno en adelante; treinta, treintaicinco o cuarenta años… simplemente quedaras de por vida como te ves en el momento.
―Wao, todo sobre los golins me resulta muy interesante… ―se puso la mano en el mentón y dijo mirando hacia el techo―: o sea que si la marca le aparece a un viejo de ochenta años… ―una sonrisa encorvó sus labios―.¡Será viejo de por vida!
―Así es ―afirmó Brian riendo―. ¿Sabes? Ha habido casos en que la marca le ha aparecido a niños. Son muy pocos los casos pero ha pasado. Por lo menos unas dos veces en la historia.
―¿Quieres decir, qué un par de niños se convirtieron en golins y empezaron a sufrir las transformaciones en piedra?
―Correcto ―contestó y guardó silencio―. Ahora que soy un golin nunca más volveré a envejecer, a menos que entregue mi legado.
Katiana se dio cuenta de que Brian no había sido claro al decirle la edad en que había obtenido el legado. Era como si tratara de escapar del tema. La joven sentía que él no le había dicho todo. Abrió su boca para seguir indagando, pero él continuó hablando.
―Ahora quedamos pocos de nuestra especie. Con el pasar de los siglos muchos de nosotros han sido exterminados. Así que algunos se han mantenido ocultos o tratando de llevar vidas normales.
Katiana pensó en las últimas cosas que Brian le había dicho. Buscó en su mente lo que hace un momento le iba a preguntar, pero no lo recordó. Pensó un poco y se resolvió a preguntar otra cosa.
―¿Por qué puedo ver las armas de Óscar? No soy una gárgola, ni una homingel, o una vampira o una mujer lobo o cualquier otra cosa. Solo soy una humana.
Brian la rodeó con sus brazos y la apretó contra su pecho.
―Tal vez sea porque eres muy especial. No eres común, eres única y hay algo en ti que te hace diferente. Quizás más adelante lo descubramos.
Katiana sonrió y unos huequitos surgieron en sus ruborizadas mejillas. Brian se levantó y salió del lugar hacia su despacho para atender algunos asuntos.