Capítulo 13

2210 Words
Habían pasado seis días desde que Brian y Katiana se habían conocido e iniciado su relación. La confianza entre ambos había aumentado. Se veían casi todas las noches y algunos días. Salían a caminar por el campo y se divertían jugando, haciéndose bromas, hablando o tan solo haciéndose compañía. Ahora Katiana era como una m*****o más en la mansión Gautier y para nadie del pueblo era un secreto lo que había entre los dos jóvenes. Todos lo sabían. ―¡Katiana!―gritó Biky, mientras saltaba entre las olas―. ¡Vengan acá! ¡El agua esta deliciosa! Brian y Katiana no hicieron caso. Siguieron recostados sobre sus sillas de playa, bajo la sombra de una enorme sombrilla. Habían ido a surfear a Playa Mendiguaca, pero las olas eran muy pequeñas. Así que decidieron descansar y pasarla bien. Katiana disfrutaba del ambiente: un sol templando, una brisa refrescante, agua fría y la mejor compañía que podía tener… a excepción de Samúel, quien a ratos se dedicaba a hacer gritar a Biky con un caparazón de cangrejo muerto. La joven Rodríguez miró a Brian y lo notó pensativo y distante. Él estaba sumergido en la preocupación. Sabía que muy pronto las gárgolas atacarían. Katiana extendió su mano y tomó la de él. Él giró su cabeza y la miró a través de los lentes. ―De cinco a seis litros ―dijo el muchacho. ―¿Qué? ―preguntó ella sin entender. ―El cuerpo humano de un adulto tiene un promedio de cinco a seis litros de sangre. Katiana se quitó los lentes oscuros y procesó la información. ―Medio litro equivale a veinticuatro horas de inmunidad al sol ―dijo ella―. Un litro: cuarentaiocho, no importa si es de día o de noche. Cinco litros doscientos cuarenta horas, equivalentes a un promedio de diez días. Pero como usaron la copa antes de perderla, el efecto se duplicó, así que obtuvieron veinte días. Diez días para uno y diez días para el otro. ―¡Vaya! Ya pareces una gárgola o un golin, calculando su itinerario. Katiana soltó una carcajada, se inclinó a él y le dio un beso. ―Y tú mi querido golin… ¿has tomado tu bebida? No me gustaría que te convirtieras en piedra frente a mis amigos. ¿Qué pensarían? ¿Qué hice una escultura tuya con la arena? ―Tranquila ―dijo sonriente―. Tomé grisól antes de salir. Y sin embargo, traje un poco más envasado en una botella de bebida energética. La tengo dentro del auto, en un termo. ―Debes tener cuidado ―comentó con un tono de preocupación―, alguien la puede sacar pensando que es una bebida cualquiera ―lanzó una mirada hacia la camioneta y vio a Samúel, que sacaba el termo de Brian―. ¡Oh no! ―exclamó. Brian volteó y vio al joven meter su mano dentro del hielo para luego sacar una botella roja con una etiqueta de bebida energética: era el envase del grisól. El joven Jackson miró a Katiana y luego a su alrededor. ―¡Un tiburón! ―gritó la muchacha, señalando el mar azul. ―¿Dónde? ―preguntaron Samúel y Biky al tiempo, tratando de avistarle. Brian se movió velozmente hacia Samúel y se paró junto a él. ―Estás loca, Katy. Yo no veo nada ―dijo Samúel volviendo su rostro hacia el termo―. ¡Brian! ―exclamó sorprendido al verlo a su lado―. No me di cuenta en que momento llegaste hasta aquí. ―Esto es mío ―le quitó la botella de las manos. ―Okey… okey. Tomaré otra cosa ―dijo escarbando entre el hielo. Sacó una cerveza y volvió a las aguas. ―Eso estuvo cerca ―dijo Katiana, aliviada, cuando Brian se hubo acercado nuevamente a ella. ―Sí ―él joven se dejó caer sobre la silla y soltó una bocanada de aire. ―Brian… ¿Cómo se llama la mujer gárgola? ―Su nombre se desconoce. Pero por milenios se ha hecho llamar Eva. Aparentemente es la única superviviente de sus hermanos gárgolas. Hace más de un milenio que no se ha sabido nada de los otros tres. Aunque tal y como tú lo dedujiste, es muy posible que el hombre que te siguió sea uno de ellos. Katiana suspiró. Por un momento había estado despreocupada pero una vez más la preocupación inundaba su alma. Levantó sus ojos hacia el cielo y vio una gran cantidad de nubarrones que se aproximaban. ―Se acerca una fuerte lluvia. Deberíamos irnos ―sugirió. La pareja de novios subió a la camioneta, y Biky y Samúel a la motocicleta. Encendieron los automotores y partieron del lugar. Llegaron a Santa Marta y tomaron la ruta hacia Villa Bolívar. Biky apretó el paso y se adelantó en el camino, no quería mojarse. Pasadas unas decenas de minutos la camioneta llegó al pueblo. ―Me quedaré aquí en el parque ―dijo la joven Rodríguez, mirando por la ventana. ―¿Qué? Pero está lloviendo ―dijo Brian. ―Estaré bien. Me haré debajo de uno de los kioscos. Quede en ir al supermercado con mi madre. Debe de esta por aquí cerca. ―No me parece una buena idea ―mostró una expresión de desacuerdo. ―Tranquilo. Estaré con mamá. ―Está bien. Pero cualquier cosa, llámame ―dijo aún dudoso. Katiana asintió; bajó del vehículo y corrió a toda prisa buscando refugio debajo de un kiosco. Brian aceleró en la camioneta y se marchó. La joven sacudió un poco su largo y n***o cabello y después sacó su teléfono para enviarle un mensaje de texto a su madre: Mamá, ya estoy en uno de los kiosco del parque. Te espero. Guardó el teléfono y escuchó una respiración detrás de ella. ―Volvemos a vernos Katy ―dijo Milar, el chico que tenía la chaqueta azul la noche de la fiesta. El mismo que la había molestado y luego defendido de Merson. ―¡Milar! ¿Qué haces aquí? ―preguntó Katiana con antipatía. ―El parque es de la comunidad ―contestó. ―Tú no eres de esta comunidad ―refutó la muchacha. ―Vaya, ¿así tratas a tus invitados? Katiana frunció el ceño. ―Tú no eres un invitado. Al menos no el mío. ―Que genio el tuyo… Pero la verdad es que me encantas. Tú me fascinas Katy. Tu rostro, tus labios, tus ojos azules, tu largo cabello. ¿Sabes? Me recuerdas a alguien, pero no es tan especial como tú. Tú tienes algo distinto ―se le acercó un poco y la reparó con diligencia. Katiana retrocedió un poco―. Tú sí eres especial; maravillosa. Eres más fuerte de lo que crees… yo tengo un don: puedo sentir cosas que otros no pueden. ¿Sabes lo que siento en ti? una extraña energía que es tan… tan… atractiva ―volvió su rostro hacia el fondo de una oscura calle. Torció la boca y exhaló un suspiro―. Te veo en otro momento. Debo irme. ―No tienes que darme explicaciones, solo vete. Milar sonrió y se retiró, luego volteó hacia ella y dijo. ―¡Ah! No salgas esta noche. No después de las 10:00 p.m. ―giró y se marchó. Katiana no prestó atención a las palabras del sujeto, y se dispuso a seguir esperando. Miró la hora y se desesperó al ver que su madre no llegaba. Escuchó unos pasos tras ella y dio vuelta para entonces encontrarse a Óscar. ―¿Me querías asustar? ―le preguntó dedicándole una sonrisa. ―Para nada… eso no es lo mío ―contestó. ―Es la primera vez que te veo llegar, y no me has asustado. ―Eso es bueno ―cruzó los brazos. ―Óscar, hace días que no te dejas ver mucho. ¿Andas muy ocupado? ―Tu eres quien se la pasa muy, pero muy ocupada. ―¿Qué quieres decir, fortachón? ―Bueno… solo tienes tiempo para Brian ―bajó sus brazos y metió sus manos en los bolsillos. ―Tengo tiempo para todo. De no ser así no estuviera aquí. Óscar amagó una sonrisa. ―Dime Katy, ¿a quién esperas? ―A mi madre. No tardará en llegar. Quedamos en ir al supermercado. Él salió del kiosco y miró hacia el cielo. ―Ya dejó de llover ―dijo mirando el firmamento―. Seguro que no tarda en llegar. Ambos guardaron silencio. La joven se veía incomoda como si hubiera algo que quisiera decir pero se resistía a hacerlo. Apretó sus dientes y dejo salir aire entre ellos. ―Dime Óscar… ―no se pudo contener las ganas de preguntar―. ¿Por qué Brian te cae tan mal? Él la miró pero no respondió. ―Vamos dime ―insistió―. No te convertirás en mi enemigo por decirlo. Después de que no te entrometas entre Brian y yo, todo estará bien. ―Katy, hay cosas que no se deben decir ―respondió. ―¿Por qué? ¿Por qué van a sonar increíbles? Tú me dijiste que creyera en lo sobrenatural. ¿No es así? Dilo, tal vez no me sorprenda. Óscar la miró a los ojos y comenzó a hacer deducciones dentro de sí. ―Katy, ¿Qué sabes tú de cosas increíbles? ―preguntó―. ¿Ya las has visto? ¿Las has vivido? ¿Por eso no te sorprendes? ¿En quién has visto esa clase de manifestaciones sobrenaturales? Katiana guardó silencio y retrocedió un paso. Parecía que Óscar estaba sospechando algo de ella, pero, ¿Qué podría ser? ―Dime Katy, ¿Qué son esas cosas que has conocido? ―siguió inquiriendo―. ¿Acaso son sobre tu novio? O, ¿sobre su primo? Katiana se sentía bombardeada. Ella había atacado y ahora Óscar contraatacaba. Pero al decir eso sobre Brian y Alex, se estaba delatando. Las sospechabas de la joven estaban casi confirmadas. ―No sé, Óscar. Tal vez sea algo tan increíble como: ¿de qué manera te ayudará una copa a encontrar a los asesinos? ―preguntó la joven con un tono dramático―. No me digas. ¡Ya sé! Con un instrumento de alta tecnología, extraerás las huellas de la copa y luego los identificarás para rastrearlos ―el fortachón no dijo nada. Sola la observó y guardó silencio―. Óscar, ¿Por qué mejor no me dices que está pasando en este pueblo? O dime, ¿Qué tienes contra Brian? ¿Acaso él es un vampiro, un alienígena o algo por el estilo? ¡Ey! ¡Dime! Ya déjate de misterios. Si no tuviste problema para decirme que eras un agente especial, entonces ¿por qué lo tienes ahora? ―Ya basta Katiana ―dijo Óscar, totalmente serio. Se estaba comenzando a cansar. ―¡Oh, vamos! ¡Dime! ―¡Dije que basta! ―¡Dime, Óscar! Dime ¿Qué hacías…? ―¡Que basta! ―¿… persiguiendo a la gitana…? ―¡He dicho basta! ―¿… con un arco y flechas…? ―¡Katy, basta! ―¿… la noche que fue a mi casa? ―¡La estaba cazando! ―gritó enfadado. Ambos quedaron en silencio. Katiana había confirmado sus sospechas. Óscar se había delatado. ―Eras tú… ―musitó―. Lo sabía. Sabía que eras tú. Óscar había caído en la trampa de la muchacha. Se llenó de ira y le dio la espalda caminando rápido hacia la calle. ―Óscar, tú eres cazador. Él se dio vuelta, la observó por un segundo y susurró: ―Me viste atacarla con mi arco. Volvió a voltear y se marchó. Justo en ese momento, Lina entró al kiosco por la parte de atrás, a espaldas de Katiana. Se veía muy sonriente. ―¡Hola linda! ―saludó. ―Hola mamá ―dijo la muchacha, ocultando su seriedad con una sonrisa. ―Ese que va allá, ¿no es tu amigo Óscar? ―Eh… sí. Es él. Su madre puso un dedo sobre sus labios, y luego lo retiró lentamente sin dejar de señalar hacia el techo. Había recordado algo. ―Recuerdo la primera vez que lo vi. Él acaba de llegar al pueblo. Eso fue dos días antes de la muerte del profesor Luis. Lo escuché hablando con el jefe de mantenimiento. Lo contrataron para reparar el sistema eléctrico y las redes de la escuela. Todo para dejar el sistema listo para el año siguiente. ―¿De verdad? ―preguntó Katiana, asombrada. ―Sí. ―Pensé que había entrado a cursar sus estudios, no a reparar cables. ―Por favor Katiana, eso suena tonto ―dijo jalándola por el brazo, camino al supermercado―. ¿Quién entraría a una escuela en la última semana de clases? ―No lo sé… tal vez un agente secreto. Su madre dejó salir una risita. ―Estas comenzando a creer en muchas historias y películas de acción. ―Tal vez ―la enganchó del brazo y ambas entraron al supermercado.  
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