El joven tomó su mandíbula y la movió hacia un lado como si la reacomodara en su lugar, luego sonrió.
―De verdad que eres toda una fiera… ―dijo con un tono atrevido, desvistiéndola con la mirada.
Katiana volvió a lanzar su mano, pero esta vez él la atrapó.
―¿Dónde está tu novio?
―Está pescando con arpones en el río… ―se detuvo de inmediato. ¿Pero por qué le había contestado? Se había dejado llevar por la ira y por sus palabras. No debía haberle dicho eso. No tenía por qué hacerlo.
―¿Pescando en el río? ―inquirió pensativo―. Eso es muy extraño. Villa Bolívar está a más de 800 metros sobre el nivel del mar, rodeada de montañas tupidas de bosque húmedo tropical, estamos en invierno y las aguas del río son las más frías de la región. Nadie aguantaría más de 10 minutos sumergido a estas horas de la noche. ¿Acaso no les da frio?
―Su amigo es quien pesca, Brian solo lo está acompañando ―respondió enojada.
―¡Brian! ¡El joven Jackson y su primo Alex!
Nuevamente Katiana se había dejado llevar por él y había vuelto a hablar de más. La ira se volvió en confusión y se sintió vulnerada.
―¿Los conoces? ¿Cómo es que sabes de Brian? ―preguntó la joven con un tono más calmado.
―Digamos que los distingo un poco. Además, todos por aquí saben de su existencia. Dice que su abuelo fue uno de los primeros en vivir en este pueblo. Y ya sabes, todos se conocen en un pueblo pequeño.
Katiana no supo que decir, y la verdad ya había hablado demasiado. Le dio la espalda y se dirigió al jardín.
―Nos volveremos a ver una noche de estas ―le dijo mientras la veía marcharse―. O tal vez un día si es necesario.
La joven ignoró las palabras del muchacho y se adentró en la fiesta. Caminó entre la multitud que se sacudía al ritmo de la música, hasta que unos brazos varoniles la sujetaron.
―¿Para dónde vas chiquita? ―preguntó Merson, dejando correr sus manos por la cintura de la muchacha.
―¿Pero qué te pasa? ¡Suéltame! ―dijo arrojando las manos que la rodeaban. Estaba enojada y no quería volver a ser fastidiada.
―Vaya, vaya. Todo parece que es verdad ―le habló al oído―. ¡Te dejaste enamorar del imbécil de Brian!
―Merson ―dijo con toda seriedad, quería hacerle entender de la manera más clara lo que estaba por decirle―. Estoy con Brian, y soy solo para Brian. Quiero que tú y yo seamos amigos. Tal y como debió de haber sido siempre: solo amigos comunes, comunes y corrientes.
Una mirada de cólera surgió en los ojos de Merson y su cara se exprimió de rabia.
―No. ¡No me basta con eso! ―la tomó por el brazo y la remolcó entre la multitud―. ¡Tú serás mía! ¡Cueste lo que cueste!
―¡Ya suéltame Merson! ―le ordenó, pero el no hizo caso.
―¿Por qué no la sueltas idiota? ―dijo Milar parándose frente al joven Beltrán.
―Vamos Milar, quítate de en medio ―le dijo Merson, indicándole con la barbilla.
―Te dije que la sueltes ―refutó Milar, circunspecto.
Los ojos de Merson se llenaron de ira y aflojó su mano del brazo de Katiana.
―Te estas equivocando Milar. No creas que porque eres el invitado de mi hermana, podrás hacer lo que se te dé la gana.
Merson dio la espalda y se marchó. Katiana miró a Milar, pero no sabía si darle las gracias por ayudarla o pedirle que se largara por haberla molestado minutos antes. De repente se escuchó la voz de Biky llamándola desde el otro lado de la multitud. Katiana la buscó con la mirada y la vio venir junto a Óscar. Milar fijó su vista en Óscar y se marchó de inmediato.
―¡Katy! ―gritó Biky, abrazándola al llegar a ella.
Katiana soltó una risa y procedió a preguntar:
―No me digas… ¿tienes una motocicleta nueva?
―¡Sí! Tenemos un espectacular Kawasaki. ¡Te podré buscar y también llevar a tu casa cuando quieras!
―¡Genial! Así Brian no tendrá que contratar a un chofer para que me recoja.
―¿Qué? ―preguntó sorprendida―. ¿Es enserio?
―Sí, pero rechazaré su oferta.
―¿Estás loca? Tendrás tu propio chofer y un vehículo para ir a donde quieras y cuando quieras.
―Mi decisión es no. Así de simple.
Katiana se volvió a Óscar y le hizo conversación, solo por quitarse a Biky de encima. No quería discutir más sobre el asunto.
―¿Y cómo está tu copa?
―No la encontramos ―contestó. La chica le enseñó una cara de desilusión―. Alguien la tomó. Al parecer la hallaron en una g****a. Había huellas de zapatos en el barro y la silueta de la copa estaba marcada en el lodo.
―Que terrible, perdiste tu motocicleta en vano ―bajó los ojos, acongojada.
―¡No se preocupen! ¡Está en buenas manos! ―exclamó Biky, casi riendo―. ¡Es, hora, de, bailar!
Corrió hacia el montón de personas y se unió al baile, llena de dicha.
―Óscar, lamento mucho lo de tu moto ―puso su mano sobre los duros y forjados hombros del muchacho.
―No es nada. Ya era hora de cambiarla ―guiñó un ojo.
―¡Oh! Veo que el sueldo es bueno.
―No me puedo quejar ―hizo una pausa y añadió―. Oye, tu novio no es bueno. Deberías alejarte de él.
Katiana volvió su rostro hacia Óscar, mezclando la sorpresa con la decepción.
―¿Tú también? No puede ser… ―lo dejó solo y caminó hacia el interior de la casa.
Katiana caminó por los pasillos zigzagueando a las personas que encontraba en su trayecto. Felicitó a Elena Uribe por su decimoctavo cumpleaños, se tomó algunas fotografías con varias de sus amigas, charló un poco con algunos chicos de la escuela y soltó algunas carcajadas. Después de un rato se sentó un momento para descansar, miró hacia la gente y luego reparó el lindo collar que Brian le había regalado. Apretó la joya con la yema de sus dedos y se preguntó ¿Qué estaría haciendo él? Levantó la mirada y vio una familiar y sexy figura que la observa a una breve distancia: era Estefany la hija del inspector.
«¿Por qué será que siempre hay alguien empeñándose en hacerte la vida imposible?» se preguntó.
Una sonrisa se dibujó en el rostro de Estefany, luego dio vuelta y se marchó. Al instante el celular de Katiana empezó a timbrar y la joven de ojos azules se apresuró en contestar; era Brian quien la llamaba.
―¿Aún no te has dormido? ―preguntó el muchacho.
―No, aun no. Dormiré en casa de Biky, así que la esperaré. Nos iremos juntas, y ahora que tiene una motocicleta nueva todo será más fácil.
―¿Una motocicleta nueva? Qué bien.
―Sí, es genial ―hizo una pausa y se apresuró en continuar para evitar las preguntas―. Se la regalaron hoy. Lo bueno de esto es que Biky me llevara a donde necesite ir cada vez que yo lo requiera. Así que no será necesario contratar a un chofer.
―¿Estás segura? ―preguntó el joven un poco dudoso.
―Totalmente.
―Mmmm, okey. Está bien. Y dime ¿has disfrutado de la fiesta?
―Más o menos ―colocó su mano en la cabeza, recordando los malos ratos―. Hay gente que no le agrada que yo este contigo… dicen que… que eres malo para mí, que no eres bueno.
―¿Y tú que piensas? ―preguntó circunspecto.
―Que te quiero Brian ―contestó casi sin dejarlo terminar―. Siempre estaré contigo. Te quiero.
―Y yo ti. Te veré más tarde en la fiesta.
―¿Enserio? ―pregunto con sorpresa, mientras sonreía.
―Sí, Alex ya tiene suficientes pescados.
Katiana dejó salir una risita.
―Dile, que me guarde uno.
―¡Bien! ―se escuchó una voz al fondo que pertenecía al muchacho―. ¡Pero deberás ir a la quinta para comerlo!
―Okey, dile que iré mañana.
―Muy bien, se lo diré. Te veo luego ―se despidió.
La llamada terminó y Katiana se levantó de la silla reflejando un semblante alegre y cargado de energía. El sueño que se había empezado a acumular en sus parpados se espantó. Se había llenado de fuerzas, motivación y estaba lista para continuar en la fiesta, hasta que Brian llegara.
La muchacha caminó hacia la sala y allí encontró a Biky junto a Samúel, Elena y otros chicos de la clase, riendo a carcajadas sobre un sillón.
―¡Katy, ven!―dijo Biky con la lengua un poco enredada.
―¿Estas borracha? ―preguntó Katiana, al tiempo que se sentaba a su lado.
―¿Yo borracha? ¡Nooo! ¿Cómo crees? Solo he bebido un poco ―dejó caer un chorro de cerveza casi a sus pies―. Puedo parecer algo borracha, pero créeme que soy muy consciente de lo que hago.
―Sí… claro. Se te nota.
―¿Quieres un poco de cerveza? ―masculló.
―No gracias, Biky. Sabes que no tomo.
―Hola chicos ―saludó María, una delgada joven, amiga de Elena―. ¿Quieren algo de tomar?
―Sí. Dame un poco de cerveza, por favor ―dijo Samúel, revisando la bandeja que sostenía la muchacha.
―Lo siento Samúel ―se disculpó―. Solo tengo estos tres vasos de gaseosa.
―¿Gaseosa? ―inquirió Katiana, antojada―. María, ¿me podrías dar un vaso? Por favor. Me muero de sed.
―¡Claro Katy! Aquí tienes ―le entregó un vaso desechable lleno de la bebida.
―¿Me lo puedes cambiar por uno sabor a manzana? ―preguntó rechazando el vaso que le ofrecía―. Es que no tomo bebidas negras.
―¡Bien! Toma este.
―Gracias ―sonrió al sujetarlo.
María se marchó hacia la cocina en busca de más bebidas para los invitados y los jóvenes que se encontraban en la sala continuaron con su conversación.
Katiana bebió la mitad del contenido del vaso y pasados unos minutos procedió a mirar la hora. Era la 01:00 de la mañana con algunos minutos de más; nuevamente trató de mirar el reloj para identificar la hora exacta pero no pudo: un mareo golpeó su cabeza y sintió que el mundo le daba vueltas.
Katiana se levantó y caminó con dificultad por los pasillos. Veía todo borroso y una extraña sensación le recorría el cuerpo. Escuchó a Biky que la seguía a sus espaldas, pero se escuchaba muy distante. Minutos después Katiana estuvo saltando en el jardín, bailando y cantando. Arrebató varias cervezas de las manos de algunos chicos y procedió a beberlas. Estaba desenfrenada.
El tiempo pasó muy rápido y se hicieron las 02:30 de la mañana. La fiesta estaba en su mayor apogeo y la diversión había envuelto el lugar. Cuando se hicieron las 03:00 a.m. Merson se acercó a Katiana y le dio un beso. Ella de inmediato le propinó una bofetada, provocando que el joven se enfadara; tomó a la joven y la subió sobre sus hombros; luego la sacó del lugar de la fiesta mientras ella daba voces pidiendo ayuda, pero nadie salió a socorrerla. Katiana luchó por soltarse de los anchos brazos que la apresaban, pero fue inútil. Solo pudo dar gritos.
Otros chicos amigos del joven Beltrán se unieron a él y formaron una caravana. Recorrieron el trayecto que faltaba por salir del pueblo y decidieron subir a la colina Culma, para hacer una fogata.
Cuando llegaron a la cima del lugar, los jóvenes presentes, hombres y mujeres, recogieron ramas secas y arbustos e hicieron la fogata. Algunos se sentaron y bailaron alrededor de ella y otros siguieron tomando cerveza o fumando cigarros.
Katiana aún seguía sobre los hombros de Merson, tratando de liberarse, pues él no la soltaba. De repente, de la nada se escuchó una risa macabra que hizo que la piel de todos se pusiera de gallina. Era la voz de una mujer. Todos se alertaron, y se llenaron de terror y miedo.
La risa se siguió repitiendo al tiempo que los arbustos se sacudían con violencia, como si alguien o algo los tropezara al correr entre ellos.
―¿Quién está ahí? ―indagó uno de los presentes.
En respuesta se volvió a escuchar la risa de la mujer, pero esta vez fue más cerca.
―Je-je, Merson… que carajos es eso ―le preguntó tartamudeando uno de sus colegas, atemorizado.
―No, no… no tengo idea ―contestó―. Es muy rápida. Debe de ser una bruja.
Las risas se continuaron escuchando de lado a lado y muchos de los jóvenes echaron a correr colina abajo. Corrían a toda prisa, aterrorizados. Aunque hubo algunos pocos que se quedaron para parecer valientes.
Una figura se alcanzó a visualizar bajo la sombra de un árbol. Estaba de pie y el viento sacudía su cabello. De inmediato Merson dejó caer a Katiana al suelo y sacó un arma de su pantalón. La muchacha apenas se sintió libre echó a correr, pero la droga que había bebido en el vaso de gaseosa aun tenia efecto sobre ella. Estaba desubicada y mareada. No sabía qué hacía, no sabía que pasaba. En vez de dirigirse al pueblo, se profundizo en el inmenso bosque.
Unos disparos se escucharon a sus espaldas y al instante se oyó una algarabía. El pánico se apodero de ella y continúo corriendo entre las montañas. Sentía que una presencia maligna la perseguía.
Mientras corría su vestido fue arañado por los arbustos y así mismo su delicada piel. Saltó troncos, cayó en el fango, rodó por las faldas de las montañas y se derrumbó a la orilla de un riachuelo. Allí permaneció tendida por más de una hora.
Katiana, ya un poco más consiente, abrió los ojos y vio una luna enorme sobre el cielo. Pestañó un poco y trató de levantarse pero su cuerpo no respondió del todo. El efecto de la droga estaba pasado, pero aún se sentía mareada.
Una vez más hizo un intento por ponerse en pie, pero en vez de eso rodó adentro del riachuelo, quedando boca abajo entre las aguas, trató de salir o darse vuelta pero no pudo. Volvió a intentarlo un par de veces más y no lo logró. Al final desistió. Permaneció en calma, cerró sus ojos y no se volvió a mover.