Katiana se encontraba en la sala de la mansión Gautier. Caminó por un largo pasillo y al final encontró un bonito sillón, en el cual procedió a sentarse. Apenas se hubo sentado se escucharon varios pasos acercarse a ella. Clavó su mirada en el oscuro pasillo y vio a todos sus amigos e incluso a algunos familiares aproximarse.
―Hola ―saludo sonriente.
Nadie contestó. La sonrisa de Katiana se borró al no entenderlo que sucedía. Todos la miraban con enojó, se veían furiosos.
―Aléjate de Brian ―dijo su madre.
―¿Qué? ―preguntó ella, confundida.
―Aléjate de Brian ―dijo Biky.
―Aléjate de Brian ―dijo Alex.
―¿Pero qué cosa dicen? ―preguntó, frunciendo el ceño.
―¡Aléjate de Brian! ―gritó Óscar.
―¡Aléjate de Brian! ―gritó Andrés.
―¡Aléjate de Brian! ―gritó Samúel.
―¡Aléjate de Brian! ―gritaron todos al tiempo.
―¡Aléjate de él!
―¡Aléjate de él!
―¡Aléjate de él!
―¡Aléjate de él!
Los ojos Katiana se abrieron y volvió a ver el fondo del riachuelo casi transparente por la luz de la luna que se mantenía sobre el cielo. Unos brazos envolvieron su delicado cuerpo y la extrajeron de las aguas. Sintió como el agua que había tragado volvía a pasar por su garganta y era expulsada de su cuerpo. Su visión se aclaró y pudo contemplar a Brian, mirándola con angustia.
―Brian… ―susurró la joven casi sin fuerzas.
―Sifff… ―siseó él, poniéndole el dedo sobre los labios de la muchacha, los cuales se habían tornado morado―. Estoy contigo… descansa.
Él la tomó entre sus brazos y caminó con ella hasta una colina. Allí se hicieron detrás de unos arbustos y la recostó sobre la hierba. Poco a poco la joven se fue recuperando. Brian quitó la chaqueta de su cuerpo y la colocó sobre Katiana. Después se sentó sobre una roca y desde allí la miró entristecido.
―¿Por qué estás tan triste? ―preguntó la muchacha, tratando de mostrar una sonrisa.
―Me vas a odiar ―fue su respuesta.
―No digas eso. Yo te quiero Brian… no podría odiarte.
Él meneó la cabeza.
―Katiana, tú vas a querer huir de mí.
―No ―corrigió ella―. Yo siempre voy a querer estas cerca de ti. Ahora mi vida te pertenece aún más que nunca. Me has salvado dos veces, Brian. Mi corazón es tuyo.
―No Katy. Todo lo que sientes por mí va a desaparecer ―Brian levantó los ojos y vio que ya casi amanecía.
―No, no digas eso ―guardó silencio al recordar el sueño que tuvo segundos antes de que él la extrajera del riachuelo―. Brian mírame ―hizo un esfuerzo para verlo más de cerca a los ojos―. Nunca me voy a alejar de ti.
Sus palabras resonaron en interior del muchacho y una lágrima brilló en la esquina de su ojo. El corazón de la joven se enterneció y ella se apresuró por tomarle la mano.
―¡Nunca Brian! ¡Nunca te voy a dejar! ―lo abrazó con fuerza―. Lo que siento por ti nunca va a desaparecer.
Se retiró de su regazo para mirarlo nuevamente a ojos, pero la mirada del joven Jackson aun reflejaba tristeza y dolor. Ella no entendía que pasaba. No entendía por qué él decía esas cosas. Solo sabía que se había enamorado de él y lo único que quería era que él la amará como ella lo amaba.
El muchacho desvió su mirada hacia el horizonte y vio los rayos del sol asomarse tras las montañas. Bajó la mirada por un momento y luego volvió enfocarse en la muchacha.
―Brian… ―musitó Katiana más calmada―. Brian, no pienses esas cosas.
―Te quiero Katiana ―dijo él―. No quiero perderte, pero si cambias de opinión sobre lo nuestro y sobre mí… lo aceptaré.
―Brian, siempre estaré contigo y te lo voy a demostrar. No importa que pase. No importa lo que suceda… te quiero, te quiero, y ya he empezado a amarte.
Brian se conmovió por completo y por un momento guardo silencio, luego dijo casi susurrando:
―Hoy al anochecer, sabré cuanto amor hay en ti; cuan dispuesta estás a seguir conmigo.
Katiana no pudo comprender las palabras del muchacho. Era muy extraño todo lo que decía. Guardó silencio mientras le acariciaba el rostro con sus manos. El cerró sus ojos y los volvió a abrir para mirarla fijamente.
La luz del sol penetró en el bosque y traspasó los arbustos; chocó contra su ser, y su piel se endureció junto con sus ropas y todo su cuerpo.
La muchacha pudo sentir como Brian se convertía en piedra bajo su piel, bajo sus manos. Sintió el sufrimiento del joven, el miedo, el terror. Pero no porque le doliera la transformación que efectuaba su cuerpo, sino porque estaba seguro de que ella lo rechazaría. De seguro no iba a querer estar más con él.
Lagrimas salieron de los ojos de Katiana y cayeron sobre el cuerpo de piedra del muchacho.
―Brian… ―dijo con un nudo en la garganta―, Brian… ¡Brian! ―su garganta se atragantó y su voz salió quebrada, recubierta de dolor.
La muchacha no había sentido miedo por el joven Jackson. Tampoco terror, ni nada que la incitara a querer escapar de su presencia para lanzarlo al olvido. No le importó lo que él era o en lo que se había convertido. Realmente lo quería y nada la iba a separar de su lado.
Katiana no hizo ningún intento por levantarse o volver a su casa. Había decidido quedarse hasta el anochecer. Quería que al despertar, ella fuera lo primero que él viera. Quería estar ahí para ese momento. No lo abandonaría y no lo dejaría solo en las montañas. Estaba dispuesta a esperar todo el día, hasta que él despertara, sin importar que sus familiares o amigos, estuvieran preocupados buscándola. Se acomodó en sus rígidos brazos y se dispuso a dormir.
Pasadas varias horas abrió los ojos y notó que era medio día; el sol estaba en el centro del cielo. Su cuerpo estaba acalambrando y sus piernas dormidas y engarrotadas. Descendió de los brazos de piedra que la sostenían y trató de estirarse; sus piernas dormidas no la pudieron sostener y cayó sobre la hierba.
Alzó rápidamente su cara y miró el rostro de piedra del joven.
―¿Puedes verme? ―le preguntó―. ¿Puedes oírme? ―se acostó de lado sobre el suelo para mirarlo cómodamente―. Apuesto a que sí. Algo me dice que si puedes; y apuesto a que por dentro te estas riendo por haberme visto caer ―dijo con simpatía. Si él podía verla o escucharla, quería mostrarle que no le importaba lo que él fuera.
Pasados unos minutos, cuando sintió que sus piernas ya respondían, se levantó. Tocó su cuerpo buscando su celular, pero no lo encontró. De seguro lo había dejado caer en la fiesta o cuando corría entre las montañas. Miró a Brian y lo rodeó. Vio el celular del chico sobre la hierba y lo recogió.
―¿Puedo mirar? ―le preguntó, como si él le fuera a contestar―. ¿Sí? Okey, gracias.
Katiana chequeó el teléfono, pero no encontró nada extraño en él. Tenía un contenido normal: contactos, mensajes de trabajos y conversaciones comunes, algunas aplicaciones y muchas fotos. La muchacha sonrió al ver varias de ambos.
Katiana siguió chequeando la galería del teléfono y encontró un video que le llamó la atención, se llamaba: “Para Katiana”. La joven no dudo en abrirlo y al instante el video se reprodujo.
―Hola Katiana ―dijo Brian en el video―. Si estás viendo este video es porque tomaste mi celular sin que yo te lo permitiera ―Katiana dejó salir una carcajada―, y lo más seguro es que yo este convertido en una estatua de piedra ―él bajó la mirada―. Ahora ya sabes lo que soy; sabes que soy peligroso; sabes que no soy bueno para ti. Ahora comprendes que todo lo que te he dicho es verdadero. Y cuando digo todo no solo me refiero a las gárgolas y todas esas historias; sino también a mis sentimientos por ti. Hoy he dejado al descubierto mi secreto más grande y estoy dispuesto a aceptar cualquier decisión que tomes, buena o mala. Te quiero.
Katiana se conmovió por completo y pausó el video, secó una lágrima que colgaban en su rostro y continuó con la reproducción.
―A continuación te contaré todo sobre las gárgolas: las gárgolas no son lo que se cuentan en las historias comunes. Tal vez las creencias que se tienen sobre ellas se deban a la primera gárgola que existió. Dicen que se llamó Sadrac, un antiguo capitán de un ejército babilónico. Ese capitán estaba deseoso de poder, era demasiado ambicioso, avaro y soberbio. Un día, en una batalla, su ejército fue casi destruido. El hombre en su desesperación por someter a sus adversarios, acudió a poderes oscuros y un espíritu maligno se le apareció. Era un ángel caído o algo parecido, tal vez el mismo diablo. Este espíritu le ofreció al capitán algo que no pudo rechazar: poder para derrotar a sus enemigos; pero él solo lo podría usar cuando fuera de noche. El hombre de inmediato aceptó la oferta del espíritu y llegada la noche, el capitán se convirtió en un monstruo lleno de poder y furia. Tenía dos enormes alas en su espalda; su piel se tornó gris y muy dura, impenetrable para cualquier arma mortal; grandes músculos surgieron en su cuerpo; su cabello se hizo largo y abundante; obtuvo mucha fuerza y velocidad; y además de todo eso, adquirió un tipo de inmortalidad.
El capitán convertido en gárgola destruyó toda una fortaleza enemiga y volvió a su casa lleno de dicha y júbilo, pero cuando amaneció algo inesperado pasó: la luz del sol lo convirtió en piedra. Ese era el precio de su poder. El capitán se enfadó y le reclamó a aquel espíritu por aquella desventaja, pero este le explicó que así funcionaba eso. Ya no había reversa. Era inmortal mientras no se convirtiera en piedra, pero apenas entrara en contacto con la luz del sol se transformaría y perdería su inmunidad. Si quería deshacerse de su poder, alguien lo tendría que tomar por él. Pero para evitar tomar la horrible forma de monstruo, sus cuatro hijos se ofrecieron para tomarlo y compartir el legado de su padre. Él les hizo entrega de cuatro collares de oro como símbolo del poder que les confería y ellos tomando su mano lo aceptaron. Una marca apareció sobre sus brazos, pero no hubo ningún cambio en los jóvenes, a excepción de un par de alas a sus espaldas. A partir de ahí, cada diez generaciones, cada decimo descendiente de ellos, heredaría la marca en su brazo y el legado, poder o maldición. Cada vez que un descendiente heredaba la marca, heredaba el legado y a partir de él, el próximo decimo descendiente nacido en su linaje lo heredaría, y así poco a poco se fueron multiplicando. Los partos de gemelos, mellizos, trillizos etc. ayudó a que estos decimo descendientes se esparcieran por toda la tierra. A esta r**a nacida de las gárgolas se les llamó Golins ―Brian hizo una pausa. Tomó aire y dijo―: Katiana… yo soy un décimo descendiente. Yo soy un golin.
El video finalizó y Katiana recordó cada una de las cosas sucedida hasta ese día. Brian siempre vestía con camisas, suéteres o chaquetas que cubrían su brazo; siempre había estudiado en horarios nocturnos; el frio no le hacía daño; era fuerte y de seguro muy rápido.
―Entonces la mujer que vi, no solo es una gárgola ―se dijo a si misma―, es una hija del capitán Sadrac. Solo los cuatro hijos tienen las alas. A partir de ella y sus tres hermanos, descienden todos los golins. ¡Oh no! ―exclamó tratando de no hacer ruido―. Ella está aquí en nuestro pueblo. Esto es malo ―se lamentó.
Unas voces se escucharon a lo lejos. Provenían de un grupo de personas conformado por el inspector Lucas, Javier, tres policías y Marcos López, el padre de Biky. Los hombres subían la cuesta en la dirección en donde ella se encontraba con Brian.
―¡Katiana! ¡Katiana! ―gritaban repetidas veces.
Al oírlos, Katiana se escondió entre los arbustos. No quería que la encontraran. Si la encontraban llegarían directo a Brian y a la vez a su secreto. No podía permitir tal cosa. Estaba dispuesta a dejar su vida si fuera necesario para permanecer junto a él. Las voces se intensificaron y Katiana rogaba que no se acercaran en su dirección.
«¡No, no vengan hacia acá! Márchense, márchense por favor»
―¡Por acá! ―gritó el sargento, entre el bosque―. Encontré las huellas de una mujer por esta dirección.
Los hombres se detuvieron y se desviaron hacia otra dirección. Katiana sintió un enorme alivio.
―¿De quién podrán ser las huellas? ―se preguntó en voz alta―. Una mujer andando conscientemente por las montañas es demasiado extraño.
Un escalofrío recorrió su cuerpo al llegar a la conclusión de que la única mujer que podía estar deambulando libremente entre el bosque, sin miedo y sin correr peligro, era la mujer gárgola.
La preocupación invadió a Katiana al pensar que esos hombres podrían correr peligro si se la llegaban a topar. Si esa mujer se convertía en piedra durante el día, ellos estarían a salvo, pero Brian le había explicado que las gárgolas bebían sangre para poder resistir la luz del sol y evitar la transformación.
La muchacha siguió sobre el césped pensando, analizando todo lo sucedido. Recordó al sujeto que la persiguió la tarde que llovía. Ella pensaba que era muy probable que él fuera una gárgola, pero ahora también había la posibilidad de que fuera un golin, un décimo descendiente al igual que Brian. No lo quería aceptar pero estaba casi segura de que él era otro de los hijos de Sadrac. Ese sujeto y la mujer, eran los únicos sospechosos del asesinato del padre José. No había más dudas. El problema estaba resuelto.
Ahora la verdad estaba en sus manos, pero aparte de que nadie le creería, podría poner en peligro el secreto de Brian y… ¡Alex! Recordó que Alex tenía la marca en su brazo, esa extraña marca que parecía un tatuaje n***o en forma de tribal. Por esa razón, esa noche él se había sorprendido y había puesto esa cara de disgusto. No se había disgustado con Katiana, se había disgustado con Brian por poner en riesgo su secreto.
Ahora la joven Rodríguez comprendía gran parte del misterio de las gárgolas, los golins y del asesinato del maestro. Satisfecha por la información obtenida, se dejó caer sobre el suelo. Cerró los ojos y volvió a dormir.