La lluvia continuó sin darle chance a la señorita Rodríguez de avanzar hacia su hogar. Ella se encontraba acurrucada debajo de una terraza, pensando en todo lo que había sucedido ese día.
«¿Sera que el sujeto que nos asustó es el asesino del profesor Hernández? Que extraño, por diez años he vivido en Villa Bolívar, y nunca, pero nunca había visto esa cabaña… estoy segura de que la copa tiene que ver algo con el asesinato ―miró la pantalla de su celular y vio que la batería estaba casi agotada―. La copa estaba untada de sangre en su interior, de seguro en ella vertieron la sangre del señor Luís. Esa copa es lo suficientemente grande como para verter mucha sangre. Es extraño que alguien use esa clase de recipientes para esos fines. Tal vez ese hombre pertenece a alguna secta o algo así».
Katiana aún seguía acurrucada cuando sintió la presencia de alguien observándola. Miró hacia el final de la calle y a la distancia vio a un hombre de pie con la vista puesta sobre ella. Vestía una capa impermeable negra, desde la cabeza hasta los pies. No se movía, no hacía nada, solamente la miraba. Un escalofrió recorrió todo el cuerpo de la muchacha y si lleno de miedo. ¿Acaso se trataba del mismo sujeto que había visto en la colina? Los nervios se apoderaron de ella.
La joven se levantó lentamente sin dejar de mirar hacia el hombre. El celular le timbró y ella se apresuró en contestar.
―¡Hola! ―contestó la muchacha, aliviada.
―¡Katiana! ¿Dónde estás? ―preguntó su madre, afanada.
―¡Mama! ¡Estoy aquí, cerca al parque!
Se escucharon unos cuantos tonos y la llamada se cortó
―Hola ¡hola! ¡Mamá! ¿Me escuchas?
La joven miró la pantalla y descubrió que su teléfono se había descargado.
―¡Rayos! ¡Esto no me puede estar pasando! ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ―se quejó.
Volvió a poner la mirada en el fondo de la calle y vio al sujeto en el mismo lugar, pero ahora tenía un largo y extraño cuchillo de hoja curva en su mano.
Asustada, miró a todos lados y notó que la calle estaba completamente sola. Estaba lloviendo, nadie saldría a caminar bajo la lluvia. Katiana siguió escaneando todo el entorno y notó que todas las casas yacían con las puertas y ventanas cerradas. No había refugio para ella.
Sin pensarlo, corrió calle arriba con la esperanza de que aquel sujeto no la siguiera. Sus ropas se emparamaron de inmediato, mas no le importó. Solo quería llegar pronto a su casa, pero su residencia estaba a más de veinte minutos de ahí.
La joven volvió su rostro a sus espaldas y vio al sujeto aún más cerca de ella.
―No, no, no, ¡no! ¡Auxilio! ¡Auxilio! ―gritó, pero nadie la escuchó. El sonido provocado por la lluvia era demasiado fuerte. Nadie podía escucharla, nadie la podría salvar.
Corrió con todas sus fuerzas y mientras lo hacia sus oídos alcanzaron a escuchar una voz que dijo:
―¿Dónde está mi copa?
Al oír esto, el corazón se le sobresaltó. Ahora si estaba segura de que era mismo sujeto de la cabaña. Él la había seguido, no había dudas de eso.
La muchacha llena de miedo y adrenalina corrió por las mojadas calles de Villa Bolívar con la esperanza de encontrar un lugar donde escapar, y mientras lo hacía ideaba una nueva teoría sobre el asesinato: si la copa estaba untada de la sangre del padre de José, era muy probable que el culpable fuera su dueño, y ese sujeto quien la perseguía, estaba reclamando la copa como suya. Él estaba dispuesto a matarla por recuperarla. Si esto era así, él sería el asesino.
―¿Dónde está mi copa? ―volvió a repetir el sujeto aún más cerca de ella.
Katiana no prestó atención y siguió corriendo. Ya estaba a pocos metros para salir del pueblo, pero entonces tendría que recorrer más de quinientos metros para llegar a su casa. Lo pensó un poco más y descartó tal plan: sería más peligroso tomar el solitario camino hacia su hogar. No era buena idea introducirse en el bosque y apartarse del pueblo.
La joven desvió su camino y corrió por un callejón. Volvió a mirar hacia atrás y notó que el sujeto aun la seguía. Él no corría, solo caminaba; lo extraño era que la distancia entre los dos, se mantenía entre 10 y 15 metros.
―¡Mi copa! ―volvió a rugir el hombre.
«No puede ser, no puede ser, no puede ser» se dijo desesperada.
La idea de que podría ser la próxima víctima asesinada, era algo que su mente empezaba a maquinar. ¿Era enserio? ¿En realidad seria la próxima persona asesinada en el pueblo? ¿Qué iba a ser de su madre? ¿Qué iba a ser de su hermano, de Biky, Javier, de todos?
«No, no, no, no. Eso no pasará. Tengo que escapar».
Katiana, sin dejar de correr se enfocó en la puerta entre abierta de una vivienda. Esa era su escapatoria. Tenía que entrar a ese lugar. Tal vez solo así el sujeto no la seguiría y renunciaría a la persecución.
La muchacha ya casi atravesaba el callejón. Lo atravesaría, saldría a la calle y luego entraría a esa casa sin importa nada.
Los pasos del hombre se escucharon a pocos metros y los chasquidos de sus botas en el agua le indicaron que la distancia entre los dos era mínima.
Katiana salió del callejón y justo en ese momento una camioneta pasó frente a sus narices. La joven trató de frenar para no chocar contra la Toyota, pero era demasiado tarde: chocó contra el borde de la defensa trasera y después cayó al suelo. Aunque el golpe fue fuerte, ella no sintió el dolor. Solo había algo en su mente y era escapar.
Sin perder tiempo y aun en el suelo anegado, fijó la vista en el callejón para enfocar a aquel sujeto. Ya se lo imagina saltando sobre ella para atravesar su cuerpo a cuchillazos. La muchacha reparó el callejón mas no vio a nadie que le siguiera.
―¡Katiana! ¿Estás bien? ―preguntó Brian, tratando de levantarla―. ¡Katiana! ¡Katiana! ¿Me escuchas?
―Brian… ―musitó la joven mirándolo a los ojos―. Tú me salvaste…
Él sonrió y le acarició la mejilla. Ella levantó su mano y la puso sobre el cuello del joven. Sus ojos azules se enfocaron en él, parecían un par de piedras agua marinas que emitían un leve destello de luz que alumbraba su alma.
La lluvia seguía cayendo y ambos estaban siendo bañados por ella. Brian estaba medio arrodillado, sosteniendo a la muchacha en sus brazos, mientras que el agua que caía se deslizaba sobre sus cuerpos.
―Gracias Brian. Qué bueno eres ―le agradeció.
Brian volvió a sonreír, pero luego su sonrisa se borró, llenándose de tristeza.
―No Katy, no lo soy. No soy bueno ―sé levantó y la llevó en sus brazos.
Katiana sintió que él se refería a algo tenebroso, o algo malo en él, pero ella no lo veía así. Él la había salvado y ella se sentía afortunada por eso.
El joven Jackson levantó a la muchacha y la entró en la camioneta. La acomodó sobre el asiento trasero, encendió el vehículo y arrancó. Por un momento la joven recordó las palabras que esa mañana Óscar le había dicho; el extraño asesinato de esa noche; la enorme copa y el hombre que hace poco la estaba persiguiendo. Un presentimiento le dijo que algo fuera de lo normal estaba ocurriendo en Villa Bolívar y no era nada bueno.
Pasados varios minutos Brian detuvo la camioneta frente a un lugar: la quinta Gautier. Por el camino Katiana se había dado cuenta de que él no la llevaba de regreso a su casa, sino que se había desviado hasta llegar a esa propiedad, pero ella no le dio importancia al asunto. Se sentía segura con el muchacho. Sabía que él no le haría daño y ella no quería volver a estar sola por el pueblo.
El portón de la entrada se abrió; Brian parqueó la camioneta en el estacionamiento de la propiedad y llevó a Katiana en sus brazos hasta el interior de la casa.
―Buenas tardes señor Jackson ―dijo una empleada.
―Buenas tardes Martha ―le respondió al tiempo que caminaba por el pasillo―. ¿Me puedes traer un poco de ropa seca para ambos? Por favor.
―Enseguida señor.
Los jóvenes se adentraron por los pasillos de la mansión. Katiana guardaba silencio, pero miraba detalladamente todo el lugar: estaba lleno de muebles, cuadros, alfombras, antigüedades y muchos lujos. El lugar se veía genial.
Mientras se desplazaban por el pasillo Katiana recordó que de niña su padre la traía a ese precioso lugar. En ese entonces ella tan solo tenía siete años. Hace mucho que no recordaba nada de eso pero ahora su memoria comenzaba abrirse.
Brian llevó a la joven hasta una habitación y la acomodó sobre una cama. Martha, la empleada, les entregó unos vestidos, un par de tazas de café caliente y dos toallas.
Katiana se encontró pensativa. Nunca en su vida se había dejado llevar de alguien como se estaba dejando llevar de Brian. Él era un hombre al que apenas empezaba a conocer y ella no era el tipo de mujer que se desliza al ver a un tipo guapo. Nunca había estado en una habitación a solas con un extraño y nunca se había sentido tan atraída por alguien, como se sentía por Brian. Tanto así que ella mismas se cuestionaba. ¿Cómo era posible que subiera a la camioneta de alguien que apenas conoció por la mañana? Estaba bien que la recogiera, pero no que se la llevara a un lugar desconocido o sin su consentimiento. ¿Cómo era posible que se sintiera tan bien y tan accesible a él? Era algo extraño, pero nada de eso le importó.
―Debes cambiarte de ropa ―dijo Brian entregándole los vestidos y las toallas―. Ponte esta ropa, está seca y caliente.
Katiana miró las ropas y sonrió. Tomó los elementos, los puso a un lado y no hizo ningún esfuerzo por levantarse.
―Creo que me fracturé la pierna ―musitó.
―Rayos ―se lamentó el muchacho―. ¿Crees que puedas ponerte la ropa tu sola? Puedo llamar a Martha para que te ayude, si así lo quieres ―su voz era suave y serena.
―Lo intentaré.
Brian asintió y salió de la habitación. Katiana se sentó muy despacio sobre el borde de la cama; se quitó su uniforme de colegiala, su ropa interior y se envolvió en una toalla. Sentía un dolor inmenso en su pierna, tan inmenso que tuvo que esforzarse por no dejar salir algún chillido. Colocó toda su ropa mojada entre una cesta y la remplazó por un lindo vestido blanco, con pliegos lateras que le llegaban un poco más abajo de la mitad de sus muslos. El vestido se veía perfecto en su silueta.
Katiana miró su muslo y descubrió un moretón. No se había fracturado nada, pero le dolía demasiado. Trató de levantarse para caminar pero al final decidió descansar sobre el borde de la cama. Luego, dejó un salir un gemido de dolor.
―¿Ocurre algo? ―preguntó Brian, preocupado.
―No, nada. Es que me duele un poco la pierna ―hizo una pausa y agregó―: Ya puedes pasar ―él abrió la puerta y entró a la recamara. Katiana le enseñó el moretón.
―Tenemos que hacer algo con esa pierna ―dijo con picardía.
―¿Si? ¿Cómo qué?
―Podemos cortarla ―le guiño un ojo.
―Esa es una buena solución.
Ambos soltaron una risita. Se miraron por unos segundos y Brian agachó la cabeza.
―¿Qué ocurre Brian? ―preguntó la muchacha.
El joven sacó un ungüento del cajón de una mesita. Untó la yema de su dedo con el contenido del recipiente y lo frotó en el moretón haciendo círculos sobre la piel, provocando una frescura agradable que le causaba un poco de alivio.
―Es mi culpa que estés herida ―contestó sin levantar la mirada―. Si yo no hubiera atravesado la camioneta en ese momento, no estarías así.
―Brian… ―le levantó la cara con su mano y lo miró a los ojos―. Si tú no te hubieras aparecido en ese momento… probablemente yo estaría muerta.
―Dime exactamente lo que sucedió.
Ella guardó silencio mientras organizaba los sucesos en su cabeza. Luego soltó una bocanada.
―Esta mañana fuimos al cementerio; vi una luz, algo resplandecía a lo lejos y nos acercamos al lugar de donde provenía; al llegar allí encontramos una copa plateada con dorado, pero estaba untada de sangre. Yo me asusté mucho, pensé que la sangre seca en la copa debió de pertenecer al padre de José, el maestro asesinado. De repente se escuchó un terrorífico grito desde el interior de la cabaña, y medio alcanzamos a ver la silueta de un hombre; todos huimos del lugar. Sin darme cuenta perdí la copa; debió de haber caído cuando corría por la falda de la colina; luego fui a la casa de Biky y después me dirigí a la mía ―Katiana hizo una pausa y después continuó―: Yo iba camino a casa. Aun no salía del pueblo cuando comenzó a llover; me refugié en la terraza de una vivienda, y un hombre con un vestido impermeable n***o, apareció a una cuadra abajo; sacó una especie de daga o cuchillo, así que hui, pero él me siguió; Luego me dijo que le entregara su copa, entonces comprendí que se trataba del mismo sujeto que nos apareció en los linderos del cementerio. Yo continué huyendo; me escabullí en un callejón y cuando él estaba a punto de atraparme… apareciste tú ―expulsó aire por la nariz.
Brian se quedó mirándola a la cara. Parecía que analizaba cada una de las palabras que Katiana le había dicho. La joven se sintió incomoda.
―Sí, lo sé… ―dijo ella alzando la vista al techo―. Piensas que estoy loca o que soy una mentirosa, ¿verdad?
El perfilo su rostro y una sonrisa curveó su boca.
―Te mostraré algo. Pero debes prometerme que no le dirás a nadie ―dijo circunspecto―. Será un secreto.
Katiana lo pensó por un momento. Lo pensó mirando esos ojos verdes que le emanaban confianza, seguridad y excitación.
―Te lo prometo ―dijo con convicción.
La joven estaba resuelta a guardar cualquier secreto sin importar que tan bueno o malo fuera. Después de todo él la había salvado. Lo menos que podía hacer por Brian era entregarle su confianza.
Brian se levantó y salió de la habitación. Y mientras el volvía, Katiana puso su vista sobre una fotografía que yacía sobre la mesita. Con dificultad se acercó un poco, extendió su mano y la tomó para verla mejor.
En la fotografía se plasmaba la imagen de una joven y dos muchachos que la abrazaban. Uno de ellos era Brian. Se escucharon unos pasos acercarse por el pasillo y Katiana volvió a colocar el retrato sobre la mesa. Brian se introdujo en la habitación, se sentó a su lado y le mostró un cuadro no muy grande, como de unos cuarenta centímetros de largo, por treinta de ancho.
―¿La copa es igual o similar a esta? ―preguntó enseñándole la pintura.
Ella la miró y quedó perpleja. Sobre el lienzo estaba la imagen de un enorme hombre con dos alas a sus espaldas. Las alas eran como las de un murciélago, pero mucho más firmes y anchas, para ser más exacto eran como las de un dragón; su aspecto era terrorífico; su piel era gris y se veía musculoso. Tenía un cuchillo en la mano y en la otra sostenía una copa idéntica a la que habían encontrado sobre las albercas. En el suelo había una víctima con la garganta cortada y cuatro personas rodeaban la escena, dos hombres y dos mujeres.