Capítulo 20

3770 Words
El timbre de la puerta sonó un par de veces. Katiana miró su reloj y se apresuró a bajar las escaleras. Aún era temprano. «¿Ya llegaron? ―se preguntó―. Pero apenas son las cinco y treinta». Atravesó la sala y vio del otro lado del vidrio a José saludándola mientras movía repetidamente los dedos. ―Hola José ―dijo al abrir la puerta. ―Hola Katy, ¿Qué tal tu día? ―se introdujo en la sala. ―No me puedo quejar ―mostró una expresión de serenidad. ―¿Hace rato llegaste?―miró toda la casa, detallando cada cosa en ella. ―La verdad no hace mucho ―su ceño se frunció―. ¿Y dónde están los demás? ―Vienen a las siete. Yo quise venir un poco temprano para ayudarte a organizar ―volvió a mirarla casa de lado a lado. ―¡Estupendo! ―Katiana dio vuelta―. Deja tu mochila sobre la mesa y vayamos a la cocina. ―Como tú ordenes ―una simpática sonrisa salió del muchacho, colocó su morral sobre la mesa y la siguió sin vacilar―. ¿Qué tal un poco de música para alegrar el ambiente? ―sugirió. ―Buena idea, encenderé el equipo de sonido ―regresó y encendió el aparato―. ¿Qué tal algo de Rock suave? ―¿Enserio? ¡Genial! ―José la miró fijamente a los ojos y le dedico una sonrisa―. Nos parecemos muchísimo. Seguimos teniendo los mismos gustos. La música comenzó a llenar el lugar ―Por supuesto. Por eso desde niños fuimos grandes amigos. ¿No crees? ―Así es. Ahora veamos que tenemos en la cocina ―dijo caminando introduciéndose en dicho lugar―. Luego llamaremos a Samúel y le diremos qué cosas nos hace falta para que ellos se encarguen de comprarlas. Katiana asintió. Los dos jóvenes hicieron un inventario de todo lo que podían usar esa noche. No hacía falta comida, solo necesitarían algo de beber. José llamó a Samúel y le pidió que comprara algunas bebidas y unas cuantas cervezas. Katiana procedió a fritar salchichas para hacer perros calientes para la cena, y José se encargó de hacer un jugo de mora. ―Voy a barrer la casa antes de comer ―dijo la chica, apoderándose de la escoba. Barrió toda la sala y luego procedió a quitar el morral de José, de sobre la mesa. Lo levantó un poco; se sentía pesado. ―¡Espera, espera! ―dijo José, afanado al tiempo que se lo arrebataba―. Yo lo hago. Es que llevo unas vasijas de porcelana para mi tía. No quiero que se rompan. ―¿Estás viviendo en casa de tu tía? ―preguntó Katiana. ―Sí. No tengo más familiares en el pueblo ―agarró el bolso y lo puso en un rincón―. Solo tenía a mi padre y ya sabes lo que le paso. Así que vivo en mi casa, pero todos los días voy a comer a la de ella. ―Ah... comprendo. Bien, ahora sí ¡a comer! La mesa estaba servida con cuatro perros calientes: dos para cada uno; dos vasos de jugos y una bandeja con papas a la francesa. Katiana sujetó su vaso y procedió a levantarlo para beber. ―Katiana, espera… ―José mordió sus labios y la miró a los ojos. ―¿Sí? ¿Qué sucede? ―preguntó, volviendo a bajar el recipiente. ―Hay algo importante que debo decirte ―exhaló profundamente. Katiana pestañeó y lo miró sin entender. ¿Qué era lo que José tenía para decirle? Él se veía incomodo tratando de encontrar las palabras para articular su mensaje. Agachó la mirada y después de unos segundos la puso sobre los ojos azules de la muchacha. ―Katiana… tú… tú siempre me has gustado ―tragó saliva, y los ojos azules que lo observaban se abrieron de par en par―. Yo sé que siempre los has sabido, pero nunca había tenido el valor de decírtelo. ―Ah, José, yo… ―Te quiero Katiana. Te quiero con mi corazón. Dame una oportunidad, tan solo una oportunidad y nunca lamentaras habérmela dado. Katiana estaba perpleja. Intentó hablar pero se detuvo y sus labios rojos quedaron entre abiertos. Luego dijo con lentitud: ―José… yo también te quiero… pero como mi amigo. Tú siempre has sido muy especial conmigo y te lo agradezco de todo cora… ―Por favor Katiana. Yo te merezco más que cualquier otro ―forzó una sonrisa e inhaló un poco de aire―. ¿Es por Brian? Deja a Brian y ven conmigo. Sus palabras fueron como un puñal que se enterró en el pecho de la muchacha. ¿Dejar a Brian? ¡Nunca! ―José, escúchame bien ―dijo tratando de ser amable―. Yo estoy con Brian y solo lo quiero a él. Tú eres un espectacular joven… de seguro hay muchas chicas que se interesarían en ti. Sé que los jóvenes del pueblo me consideran la más bonita, pero… la apariencia solo es una máscara. Lo que en realidad tiene valor es tu alma. Tú tienes un buen corazón. Date una oportunidad con alguien más, porque mi corazón solo le pertenece a Brian. Katiana puso sus ojos sobre el reloj y luego en la ventana. Había anochecido. Brian ya debía de estar en su forma humana y de seguro llegaría en cualquier momento. Se sintió incomoda y deseó desesperadamente que José le hiciera caso y no fuera hacer nada que la fuera a molestar. ―¡No, no, no! Katiana escúchame. Hazme caso, te lo ruego ―abandonó su silla y se agachó a su lado. Katiana, incomoda, inclinó su cuerpo hacia atrás―. Olvídate de él. Ven conmigo. Sus ojos la miraron fijamente y sus palabras fueron frías. ―José, por favor. Ya para ―suplicó―, nada me hará cambiar de opinión. ―¡Debes elegir de nuevo! ―la sujetó por el brazo. ―¡José me lastimas! ―tomó la mano del muchacho y la retiró de su cuerpo. Los ojos de José se apagaron y bajó la mirada. ―Perdóname… ―murmuró―, perdóname por favor ―volvió a mirarla, pero esta vez se veía arrepentido y avergonzado. ―Tranquilo ―dijo con amabilidad. José se levantó y volvió a su asiento. Le sonrió y empezó a comer. Al parecer comprendió que para Katiana solo era un amigo más. Ella se sintió aliviada. ―Discúlpame mi comportamiento. Soy un idiota. ―No te preocupes José ―volvió a tomar el vaso en su mano―. No pasa nada, todo está bien ―inclinó el vaso en su boca y bebió un pequeño sorbo del delicioso líquido. ―Ojala que lo de ustedes siempre perdure ―mostró una sonrisa grotesca. Sin prestar atención a su gesto, se dispuso a comer del apetitoso platillo. Un mareo golpeó su cabeza y sintió un hormigueó por todo el cuerpo. ―¡Ay! ―chilló intentando poner su mano sobre su frente, pero esta no respondió sino que se quedó pegada sobre la mesa. El cuerpo de Katiana se tambaleó y su cabeza colgó sobre su pecho. Alzó sus ojos y vio a José comiendo mientras sonreía. Él se puso de pie y la rodeó―. Qué-qué… ¿qué, me, hiciste? ―preguntó con dificultad. Sintió como si su lengua hubiera hecho una bola en su boca. ―¿Por qué tenías que hacer las cosas así, muñeca? ―susurró José―. ¿Ya vez lo que me hiciste hacer? ―se acercó a ella, tomó la cara de la muchacha en sus manos y la fijó en él―. Si no eres mía… no serás de nadie ―tomó el teléfono de la joven, que reposaba sobre la mesa y lo chequeó―. ¡Vaya! parece que desde ayer no te has comunicado con tu novio. Soltó la cabeza de la muchacha, y se encaminó hacia su bolso; lo abrió y sacó una enorme copa de oro y plata. Katiana parpadeó asombrada, sus parpados se sintieron tan pesados que pensó que no podría volverlos a subir. ―¿Te gusta? Es muy hermosa ―dijo el muchacho, detallando y mirando la copa sobre sus brazos―. Es tan hermosa como tú. Pudo haber sido nuestra, pero prefieres quedarte con la sabandija de tu novio ―colocó la copa sobre la mesa, se acercó a ella y habló haciendo pausas―. Tal vez, tú no lo sepas, pero, Brian, ya es… ¡historia! ―gritó. Katiana se sobresaltó―. ¡Entre ayer y hoy, Henry debió haberlo matado! ―esbozó una sonrisa y dejó salir una carcajada. Los ojos de Katiana se sacudieron asustados. José sabía todo sobre Brian, los golin y las gárgolas. Y además de eso él estaba creído de que Henry había matado a Brian. ¿Pero cómo sabía estas cosas? Solo había una respuesta: José estaba implicado en la muerte de Eva. De eso podía estar segura. ―¿Sabes preciosa? ―siguió diciendo―. Esta hermosa copa la encontré en el cementerio; ya había anochecido y yo visitaba la tumba recién hecha de mi padre. Decidí caminar un poco y entonces la vi. Ella estaba en el fondo de un agujero, así que la tomé ―tomó su perro caliente y le dio un mordisco. ―Y Luego yo lo encontré a él ―dijo otro tipo a las espaldas de la muchacha. Su voz ya la había escuchado antes pero no lograba reconocerla―. Yo estaba frente al cementerio debajo de un gran árbol, al pie de los corrales… yo le ofrecí algo a lo que no se pudo resistir. ¡Poder y una larga vida! Katiana estaba muy asustada. Trató de ver a aquel tipo pero no pudo mover su cuello, sus músculos no respondían. Alzó sus ojos y entonces lo vio a través del espejo que reposaba sobre la pared: era Milar. Ahora todo estaba resuelto: José y Milar trabajaban juntos. Ellos estaban detrás de la muerte de Eva y del robo de su legado. ―Te diré una cosa Katiana ―dijo Milar acariciándole el cabello―. Yo soy el líder de un grupo de golins. Hice un buen trato con este joven. El me dio la copa y yo le di poder; le di un legado. ¿Cómo lo hice? sorprendimos a Eva y le robamos su legado con esto ―sacó uno de los cuatro medallones del capitán Sadrac―. Me costó mucho encontrar esta joya. Ahora el legado de Eva está en este joven. ―Así es ―afirmó José sentándose sobre la mesa y pasando sus dedos sobre los labios de Katiana―. Nosotros se lo quitamos cuando ella trató de matar al huésped de la posada. ―Ella quiso hacer que la muerte de ese hombre pareciese un accidente ―dijo Milar―. Y apuesto que no porque necesitara sangre sino para que ustedes estuvieran ocupados rompiéndose la cabeza. Ella lo despedazó y arrojó al barranco para que todos creyesen que había sido una bestia quien lo había matado. Pero cuando menos se lo esperaba, José, con el medallón ya puesto, la tocó por la espalda, y eso bastó para que le robara el legado. Luego, yo me encargué de ella ―hizo una pausa y dejó de acariciarle el cabello―. Katy, este muchacho se ha unido a nosotros, y me gustaría que tú también lo hicieras. Puedo conseguirte un legado, pero estoy seguro de que rechazarías la oferta. Lástima ―miró a José―. Continúa. Has lo quieras, pero no tardes en lárgate de aquí. Yo me adelantaré. Nos vemos donde acordamos ―sujetó la copa y salió por la puerta. José observó a través del vidrio de la puerta como Milar se marchaba a toda velocidad por los potreros del ganado. Volvió su vista a Katiana y le sonrió. ―Todo estará bien ―susurró―. Nos divertiremos un poco. Brian está muerto. Henry tuvo que haberlo hecho pedazos. Como Katiana ya lo había deducido, Milar y José estaban creídos de que Henry había matado a Brian. No sabían que Óscar había intervenido en la pelea y tampoco sabían que Henry se había marchado. La única esperanza de Katiana era que Brian viniera a rescatarla. ―No me odies, Katy. Tú lo quisiste así ―siguió acariciando el rostro de la joven―. Durante todos estos días he estado haciendo inteligencia en el pueblo. Lo hacía por Milar, así él no tendría que exponerse en el día, ni a las sospechas. Claro que tuvimos que mantenernos ocultos la mayor parte del tiempo. No podíamos permitir que Eva o Henry nos descubrieran y mucho menos ustedes. Ahora me siento genial con este poder que he adquirido. Tan solo voy a tener 24 horas de haberlo adquirido pero es lo mejor que he sentido en toda mi vida ―José pasó su mirada por el cuerpo de la muchacha, y saboreó sus labios―. Bien, no más parloteó. Divirtámonos un poco. Katiana estaba desesperada y atrapada. Estaba perdida, pero no se rendiría. Hizo un esfuerzo por moverse y sintió que su cuerpo comenzaba a responder. Trató de moverse hacia un lado y consiguió tumbarse sobre el piso. Aunque se golpeó al caer no sintió mucho dolor. ―¡Ey! ¿Para dónde crees que vas? ―preguntó José, sonriendo malvadamente―. Ya que nunca me vas a pertenecer… me divertiré un rato contigo. Aún falta media hora para las siete. Por favor Katy, diles a los chicos que no podré asistir a la reunión ―soltó una carcajada. ―Eres… un bastardo ―pronunció Katiana, un poco más claro. La parálisis estaba desapareciendo de su cuerpo. ―Parece que tomaste muy poco jugo ―se volvió a la mesa―. Ya te daré un poco más ―tomó el vaso y se lo acercó a la boca. Katiana se resistió y no quiso beber. El forcejeó, pero solo logró que el vaso callera al piso y se quebrara. ―¡Eres una perra! ¿Quieres a las malas? ¡Okey, hagámoslo a las malas! José tiró de la blusa de Katiana arrancándole un pedazo. ―No, no… no, para ―dijo Katiana, casi sin fuerzas. ―Cállate, ya verás que te gustará―rió. José se puso de pie y comenzó a quitarse la camisa. Katiana siguió esforzándose y consiguió arrastrase sobre el piso. ―¿A dónde crees que vas? ¡Ven acá! ―la sujetó de una pierna y la jaló hacia él. Se puso en pie sobre ella e intentó desabrocharse los pantalones. Katiana hizo un esfuerzo por moverse y su pierna respondió. La flexionó y luego lanzó una patada que golpeó en la entre pierna del muchacho. ―¡Maldita! ―rugió al momento que caía sobre el piso. Katiana gateó por las escaleras y entró a su habitación. Buscó su celular pero lo había olvidado en la sala. «¡Mi celular, rayos!» se lamentó. Se escucharon unos pasos subiendo las escaleras, y se apresuró en abrir la ventana. Sacó una pierna a través de esta y prosiguió a cruzarla por completo.  Un estruendo se escuchó: la puerta había sido derribada. Katiana trató de descender por el techo para luego saltar al suelo, pero el brazo de José trabó de ella. ―No te iras así de fácil ―la envolvió en sus brazos. ―¡Suéltame! ¡Suéltame! ―gritó. ―¡Ah! Entiendo… quieres ir al bosque. Ibas a salir de la casa para ir hacia allá ¿verdad? ¡Bien! me parece un buen lugar para pasarla juntos. Vayamos, entonces. El joven dio un salto junto con ella y ambos cayeron del otro lado de la cerca. Tomó impulso y echó a correr. Katiana miró hacia la casa y vio a alguien salir a toda prisa tras ellos. ¡Era Brian! ―¡Me lleva! ―exclamó José, apretando el paso por entre el bosque. ―¡Katy! ―gritó Brian, corriendo tras ellos. ―¡Brian! ¡Brian! ―gritó Katiana, impotente. José no dejaba de correr. Llevaba una buena ventaja y era rápido, pero no lo suficiente. Sin importar cuanto se esforzaba, poco a poco era alcanzado por Brian. La sonrisa de José se borró y una expresión de desespero y miedo surgió en su rostro. Él era un neófito, no estaba preparado para enfrentarse a un golin con diez años de experiencia. Escuchó el crujir de las pisadas de Brian que resonaban tras sus pasos. Ya casi lo alcanzaba. Desesperado por escapar de él, lanzó a la joven por un barranco. ―¡Katiana! ―gritó Brian lanzándose tras ella, dejando que José escapara. Katiana rodó como un bulto por el despeñadero, girando sin detenerse. Brian la alcanzó y sujetó su frágil cuerpo contra él, pero el esfuerzo y la velocidad de Brian no habían sido suficientes. Se había detenido al borde de una pendiente de veinte metros, el terreno cedió y ambos cayeron al fondo del barranco. Brian colocó a Katiana sobre su pecho, y su espalda fue la que recibió el impacto, haciéndolo quedar inmóvil.  ―¡Brian! ¡Brian! ¿Estás bien? ―preguntó Katiana, mirándolo con desespero. ―No… ―respondió dolorido―, pero ya lo estaré. ―¡Oh, Brian! gracias al cielo estás vivo ―una exhalación salió de ella. Algo cayó junto a ellos. Era José; había vuelto para terminar lo que había empezado. Extendió su pierna y pateó a Katiana, disparándola a varios metros de distancia. Sin perder tiempo, enterró un cuchillo en el pecho de Brian y lo sacó para proceder a clavarlo nuevamente. Brian alargó sus manos y alcanzó a detener el cuchillo en el tercer ataque, sujetando las manos del neófito, pero la caída y el cuchillazo en el pecho lo habían dejado demasiado débil. No lograría vencerlo. ―¿Creíste que habías ganado? ―dijo José, sonriente―. Yo gané y tú has perdido ―echó su mano izquierda hacia atrás y alcanzó otro cuchillo que portaba sobre la espalda. Lo desenfundó y lo enteró muy cerca de la garganta del muchacho― ¿lo disfrutas, Brian? ―sus ojos eran malvados, estaban tan abiertos que perecían que se iban a saltar de su rostro. Brian desvió la mirada y vio Katiana inconsciente sobre el suelo. Sujetó ambas manos de su enemigo y las retiró de su cuerpo, encogió su pierna y con su rodilla golpeó el pecho de José haciéndolo caer de espaldas, al tiempo que soltaba uno de sus cuchillos. Brian tomó el cuchillo que su adversario había dejado caer y lo lanzó con contra el muchacho. El cuchillo voló a toda velocidad y se detuvo entre la cintura del neófito, provocando que expidiera un gran alarido de dolor. El joven extrajo el cuchillo de su cintura y emprendió la huida. Se había equivocado al pensar que podía ganar. Brian estaba consciente de que no podía dejarlo escapar. Trató de seguirlo, pero su cuerpo estaba demasiado débil y golpeado. Tambaleó sobre sus piernas y volvió a caer al suelo. José subió la pendiente de salto en salto. Escuchó un sonido y se detuvo. Giró su cabeza en todas las direcciones pero no vio nada. ―¿Milar? ―preguntó a la nada, pero no hubo respuesta. «Debe ser el viento o algún animal» se dijo. Se empeñó en dar el último salto para llegar a la orilla de la pendiente, pero sus fuerzas fueron frenadas por un brazo que lo sujetó del cuello. ―¿Ibas para algún lado? ―dijo una voz. José agarró la mano de quien lo sujetaba, para arrancarla de su cuello pero fue imposible. Una tremenda fuerza lo arrastró hacia atrás y lo estrelló contra unas rocas, haciéndolo rodar precipicio abajo. El joven cayó aturdido. Miró a su entorno y vio a algunos metros a Brian junto a Katiana. Recogió de sobre el suelo uno de sus cuchillos y con un poco de dificultad se puso en guardia. ―¿Buscas a alguien? ―preguntó la voz, detrás de él. ―¿Quién eres? ―gritó, al momento que daba la vuelta― ¿Quién…? Su lengua enmudeció al ver a Alex frente a él. Eso sí que no se lo esperaba. Alex había ido en compañía de Brian a la casa de Katiana, pero se había quedado en la camioneta. Luego procedió a entrar a la casa, y al encontrarla vacía y la puerta destruida, corrió al bosque para ver qué había pasado. José frunció el entrecejo y sin pensarlo mandó un cuchillazo pero Alex lo esquivó. Volvió a hacer otro intento y también falló. Una vez más lanzó otro ataque: Alex lo esquivó agachándose y luego le propinó un puñetazo en el pecho. El neófito cayó al suelo y dio varios royos. ―¿Te crees muy rudo, ah? ―dijo José, levantándose del suelo. Se veía furioso. Corrió a toda prisa hacia Alex, pero fue recibido por dos puñetazos y una patada. Una vez más estaba en el suelo, retorciéndose del dolor. Juntó todas sus fuerzas y en un instante estaba frente al joven Jackson. Levantó su brazo y le clavó su cuchillo. ―¿Eso es todo lo que tienes? ―preguntó Alex como si nada―. La verdad, esperaba más de ti. El rostro de José se iluminó de sorpresa y miedo. Alex le sujetó el brazo, levantó su codo y lo estrelló en el antebrazo del muchacho, partiéndolo en dos. ―¡Ah! ¡Maldito! ―sollozó tirándose al piso. Levantó la mitad de su extremidad y la contempló colgando de él. Alex se acercó a José, lo sujetó por el cuello y lo levantó hasta donde alcanzó su brazo, para después estrellarlo contra el suelo. Lo sujetó con ambas manos y después lo estranguló. La pelea había terminado. Katiana y Brian habían sido salvados. Luces de linternas irrumpieron en las penumbras y muchas voces resonaron en el bosque. Algunas personas se acercaban al despeñadero. ―¡Brian! ¡Katiana! ¡José! ―gritaban. Alex dejó el cuerpo del sujeto tirado sobre el suelo, le echó un vistazo al par de dolientes, y se marchó de inmediato.
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