Capítulo 18

2476 Words
Katiana Rodríguez se desplazaba dentro de la camioneta en dirección a la quinta Gautier. Ella no había podido localizar a Alex. Óscar la había alcanzado y se había ofrecido para ayudar a Brian, pero ella no había aceptado. Él era un homingel cazador. Estaba acostumbrado a matar sin compasión. Ella misma había sido testigo y víctima. A él no le había importado el hecho de que ella fuera su amiga, aun así había intentado matarla. Y ella no arriesgaría la vida de Brian. El camino estaba desquebrajado, lleno de huecos, charcos, riachuelos y quebradas desbordadas. Mas nada de eso detuvo a la muchacha. Solo quería llegar a la mansión Gautier. Quería llegar y ver a Brian de pie sobre su oponente. Quería verlo vencedor, cansado pero sonriente. Los destellos de los rayos irrumpían el n***o paisaje. La lluvia ya no era tan fuerte y el viento se había ido. Katiana salió del camino y entró a la propiedad de los Jackson. El portón de la entrada yacía derribado. Había arboles partidos y un par de postes en el suelo. No se veían luces, todo estaba en penumbras y tampoco se avistaba ninguna batalla. La joven detuvo el auto frente a la casa y corrió hacia el interior de la mansión. La puerta estaba abierta y frente a esta había un rastro de sangre que se adentraba por el pasillo. Un escalofrió recorrió su espalda. Su piel se puso de gallina y sintió un hormigueó que bajaba por su nuca. Recorrió el lugar, pero no encontró ningún daño, ni siquiera un rasguño. Lo único que modificaba a la casa era la sangre sobre el piso. Katiana siguió caminando por el oscuro pasillo a medida que el miedo en ella se hacía inmenso y los malos presentimientos surgían. «Es mi culpa ―se dijo horrorizada―. No pude encontrar Alex. Es mi culpa, es mi culpa». Todo estaba en completo silencio, tanto que parecía que no había nadie en el lugar. Caminó hacia la parte de atrás y vio pequeños destellos de los relámpagos que se colaban por una puerta que estaba entre abierta. Caminó deprisa sin vacilar hacia ella y entonces vio algo que se movió en el patio. Salió de la casa y los relámpagos descubrieron a un muchacho alto, de piel trigueña; su cabello era n***o y estaba mojado; sus ropas estaban desgarradas y echas trisas. El muchacho caminó hacia el árbol más grande que se alzaba sobre el patio. Levantó una varilla y la enterró sobre el pecho de Brian quien estaba sujetado al árbol por alambres, clavos y varillas. Su cuerpo estaba lacerado y tembloroso; su piel llena de sangre y moretones, y su respiración y pulso eran muy débil. ―¡Brian, no! ―gritó Katiana, corriendo hacia él. Henry volteó su rostro hacia ella y al verla sus labios tiraron hacia atrás mostrando una larga sonrisa. La joven pasó por el lado de la malvada figura sin prestarle la más mínima atención. Él ya no le infundía miedo. No había lugar en su cuerpo para sentir miedo; no con Brian en ese estado. Katiana se aferró a aquellos yerros que atravesaban al muchacho. Intentó quitarlos, pero sus manos sangraron en cada intento. El dolor que sintió fue inmenso pero no le importó. Solo quería liberar a Brian. Debía ayudarlo. ―¿Te gusta como se ve? ―preguntó Henry con una voz venenosa. Katiana apretó sus puños sobre los alambres, provocando que sus manos se hirieran aún más. Su espalda se puso rígida y volteó a mirar al sujeto con una mirada cargada de odio. Al instante escamas de piedra se movieron y cubrieron el cuerpo de Henry desde su cabeza y hasta sus pies, luego cayeron al suelo dejando al muchacho convertido en Brian, pero se veía muy alto. Luego soltó una risotada. ―¡Eres un monstruo! ―gritó enfada, sin mostrar asombró ante el acontecimiento. ―¿Y qué es él? ―se le acercó―. ¿Acaso es un ángel? ¡No! ¡También es un monstruo igual a mí! ¡Un ser destinado a vivir en las sombras! Katiana no hizo caso a las palabras del sujeto. Giró hacia Brian y continuó tratando de quitar los yerros incrustados en el cuerpo del muchacho. ―Debo salvarte… ―musitó. Henry dejó salir una carcajada macabra y volvió a retomar su forma física. ―¡Que estúpida eres! ―gritó―. Ya déjalo. Terminaré con su sufrimiento. ―¡Aléjate! ¡No te acerques! ―dijo la muchacha con voz firme. Henry volvió a reír a carcajadas. Dio dos pasos al frente y su sonrisa fue remplazada por un rostro sombrío. ―Ahora ya sabes lo que se siente. Ya sabes lo que es sufrir. Espero que lo disfrutes. ―¡Brian no lo hizo! ―gritó volviéndose hacia Henry―. ¡Tampoco Alex! ¡Fue Milar! ¡Milar mató a Eva! ―¿Milar? ―preguntó frunciendo el ceño―. ¿Cuál Milar? No conozco a ningún Milar. La joven se quedó en silencio. Henry no podía estar hablando enserio: Milar había matado a su hermana; ella lo sabía, pero él no lo conocía, ni siquiera por el hecho de ser un golin. Era increíble, todo ese tiempo habían creído que Milar era su colega. ―¡Basta de decir estupideces! ―gritó Henry airado―. ¡No me vengas con mentiras! Lo mataré por lo que hizo y luego te mataré a ti si no me entregas la copa. La copa. Cierto. Ya la había olvidado. Entonces no había duda. Él si era el sujeto que la había perseguido aquella tarde lluviosa. ―No sé nada de la copa ―murmuró, dio media vuelta y persistió en quitar los alambres del cuerpo del joven Jackson. Siguió intentando pero no pudo. Un nudo se hizo en su garganta y lágrimas calientes bajaron por sus mejillas. Sus labios estaban temblando y sus dientes tiritaban del frio. Puso su mirada en sus manos y contempló las punzadas y cortadas que surcaban su delicada piel. Se escucharon un par de pasos acercarse a sus espaldas y volvió a girar para gritar: ―¡Que no sé nada de esa copa! ―su voz se quebró―. ¡No me interesa tu maldita copa! ―se atragantó―. Vi… vi la copa y la tomé en mis manos, pero cuando huimos la dejé caer… no sé en dónde. Óscar fue con Biky a buscarla pero solo hallaron su silueta sobre el barro… y junto a ella, huellas de botas. Eso es todo lo que sé. ―Dime. ¿Sabes quién soy? ―preguntó sosteniendo la falcata por ambos extremos. ―No me interesa ―murmuró con frialdad. ―¿Te crees muy valiente? ¿Verdad? Yo soy Henry, el hijo del capitán Sadrac. El hermano mayor de las cuatro gárgolas padres. ¡Yo soy una leyenda! Katiana no prestó atención a las palabras de Henry. Ella ya lo sabía. De un momento a otro lo miró detenidamente y el júbilo irradió en ella. Sus ojos se desviaron hacía la espalda de la gárgola, y una sonrisa curveó sus labios. ―¿Qué es lo gracioso? ―preguntó el sujeto, enfadado. ―Sonríe… ―murmuró. Una flecha traspasó la espalda de Henry, haciéndolo doblegar; luego otra perforó su costado, dejándolo más abrumado. Miró a todos lados y vio a Óscar corriendo por el techo de la casa, al tiempo que disparaba sus flechas contra él. La gárgola expidió un alarido y corrió hacia su atacante. Una flecha traspasó su pie y él cayó sobre el piso. Óscar desenfundo una daga, la empuñó en su mano, dio un salto y cayó sobre Henry; levantó su puño y lo dejó caer sobre la espalda del sujeto. La corta, pero mortal lámina de acero de Niquelio, traspasó la carne de la gárgola y este volvió a lanzar un alarido lleno de dolor. Henry sacudió su cuerpo, abrió sus dos alas y escapó revoloteando hacia las montañas. Óscar los había salvado. Pero ahora Katiana no sabía si celebrar o angustiarse más. Había salido ilesa de un depredador para pasar a manos de un cazador. Miró al suelo y vio la falcata de Henry. Rápidamente se apresuró en tomarla y se puso en guardia sin dejar de observar cada movimiento realizado por el homingel. ―¿Es enserio? ―preguntó Óscar con un tono de burla, al acercase a ella. ―No te atrevas a hacerle daño ―advirtió Katiana. Sus hombros ascendían y descendían. ―¿Me matarás si lo hago? ―sonrió. ―Óscar, no estoy de humor. ―Yo tampoco ―se acercó más―. ¿Quieres que te ayude a bajarlo de ahí o no? Katiana lo miró por varios segundos y dejó caer la falcata. Su cuerpo se tambaleó; estaba agotada y sus manos sangraban. Óscar tomó a la muchacha, la sentó sobre las raíces, rompió una de sus prendas y la usó para vendarle las manos mal heridas. ―Debemos darnos prisa. Nadie debe vernos ―le dijo. Katiana asintió―. Ve a la casa y busca alguna herramienta que nos sirva para cortar todo esto. ―¡Sí! ―salió disparada hacia la casa, como si nada le hubiera pasado. Entró en una bodega y pudo hallar una caja con herramientas. La tomó en sus brazos y la llevó con desespero hasta el gran árbol. Cuando hubo llegado ya Óscar había sacado algunas varillas que perforaban el cuerpo de Brian. ―Bien hecho ―dijo el cazador, tomando un par de herramientas para cortar y retirar los alambres. La media noche llegó y Óscar y Katiana habían terminado de liberar al muchacho. Ya había dejado de llover y la luna resplandecía junto con algunas estrellas. Óscar cargó a Brian sobre su hombro y lo llevo a la habitación. Lo puso sobre una cama y luego Katiana limpio y lavó las heridas del muchacho. ―Él estará bien ―dijo Óscar con franqueza―. Pronto se recupera. ―Gracias Óscar. Gracias por venir y gracias por ayudarlo. En verdad se sentía gratamente agradecida con él. Óscar los había a salvado. Para esa hora no existirían si él no hubiera aparecido. ―Te debía una… ―dijo él―, te ataqué porque pensé que eras una gárgola o tal vez un golin. Tú pudiste ver mis armas. Los humanos no lo pueden hacer. También había la posibilidad de que Eva te hubiera suplantado. Ambas tienen la misma estatura y contextura, nadie hubiera notado la diferencia. Además me han dado la orden de eliminar a cualquier golin de esta zona, que no sea de los Jackson. ―Lo sé, fortachón. También sé que eres un homingel. Brian me lo dijo ―Óscar le sonrió torciendo su boca hacia un lado. Katiana también sonrió, limpió sus lágrimas y añadió―. Ahora ya pagaste tu deuda. Él asintió y retrocedió varios pasos. Luego volteó, caminó hacia la puerta y se retiró sin decir nada. Apenas Óscar hubo salido de la habitación, Katiana dejó caer su cabeza junto a Brian y comenzó a llorar amargamente. Lloró hasta que se quedó dormida. Faltando poco para amanecer despertó asustada. Su respiración estaba agitada y jadeaba. Había tenido una pesadilla: soñó que habían matado a Brian, mientras ella dormía. El sueño se espantó y no volvió a cerrar sus ojos. Se puso de pie y quitó las ropas húmedas que la cubrían. Se dio un baño y procedió a limpiar toda la sangre de los pasillos. Llegada las seis de la mañana, Martha, la empleada, llegó a la mansión. Quedó atónita y llena de pánico al ver el frente de la entrada hecho un desastre. Caminó por los pasillos y encontró a Katiana en uno de ellos, quien aún tenía los ojos llenos de tristeza y quebrados en lágrimas. Al verla, casi de inmediato, la joven se lanzó sobre los brazos de la mujer y volvió a llorar. ―Tranquila mi niña ―la consoló―, todo estará bien. Conozco el secreto. Todos aquí en la mansión lo conocemos. Ya… tranquilízate ―Katiana no se calmaba―, tranquila… vamos a decir que unos borrachos en un camión irrumpieron en la mansión y destruyeron el frente. Todos lo creerán. Ahora tienes que descansar. El sol se alzó sobre el cielo y Katiana se dirigió a la habitación en donde estaba Brian. Desde que ella se había levantado a limpiar no había regresado a la recamara. Entró al lugar y encontró el cuerpo de Brian transformado en piedra. Se echó sobre la cama y lo envolvió en sus brazos como si abrazara a un muñeco de algodón. ―Para cuando despiertes estarás como nuevo, mi amor ―le susurró al oído. El celular de la joven empezó a sonar, pero ella no quiso contestar. Sonó otro par de veces y pasados unos minutos comenzaron a llegar algunos mensajes de voz. ―Hola Katy ―se escuchó en el primer mensaje, era de Biky―. ¿Dónde te has metido? ¿Estás en la casa de Brian, verdad? ¿Crees que no sé qué ayer conducías su camioneta? José me llamó esta mañana: dijo que habían planeado hacer algo por la noche, pero que hubo un inconveniente… preguntó que donde estabas, pero como yo no sabía si te parecería apropiado decirle tú ubicación, mentí diciéndole que por la tarde saliste hacia la ciudad y que regresarías hoy. También me preguntó por Brian, le dije que ayer como al medio día lo vi en su camioneta por el camino al bosque y desde entonces no lo he vuelto a ver. Bueno, eso es todo. Te dejo. Nos vemos más tarde. ―Hola Katy ―dijo José en el segundo mensaje―. Solo quería saber cómo te encuentras. Tal vez te llame más tarde. Adiós. ―¡Hola bebe! ―se escuchó en el tercer mensaje. Era de su madre―. ¿Cómo va todo? Nosotros la estamos pasando de ¡ma-ra-vi-lla! Nos quedaremos una noche más. Te veo mañana. ¡Ah! Biky me dijo que estabas en casa de Brian… como madre te pido que no vayas a hacer el ya sabes qué, pero en caso de que no me obedezcas recuerda usar anticonceptivos por favor… aún te quedan cosas por hacer. No vemos… besos ¡muak! ―Ay, mamá… ―expulsó una bocanada de aire y sonrió. Alguien tocó la puerta de la habitación. Katiana se levantó y se dirigió lentamente hacia ella, puso la mano sobre el pomo y lo giró. Era Alex. Al verlo, un par de lágrimas volvieron a surcar sus mejillas y él la abrazó para consolarla.
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