Si antes las horas parecían no acabar nunca, a cuatro días de la fiesta, Margaret tenía la sensación de que había algo que impedía el recorrido normal de las agujas del reloj. Cada segundo se convertía en un suplicio; cada instante resultaba eterno. Una necesidad acuciante por ver a Will crecía cada vez más en su conciencia, provocando a sus nervios un estado de verdadera inquietud, algo que la alarmaba enormemente. Se había despertado varias veces a altas horas de la madrugada, decepcionándose al comprobar que la oscuridad todavía cubría las calles lúgubres de Londres. Se había mantenido consciente, a causa de sus vivos pensamientos que giraban como una noria, atormentándola sin descanso. Y así había seguido hasta que el sol comenzó a bañar los fríos tejados. Durante el tiempo que habí

