Las implacables manos del conde se movían sobre su espalda con un ímpetu desmedido, que si no fuera por ellas Margaret se habría desplomado sobre el suelo a causa de lo poco que sus piernas la estaban sosteniendo. En realidad notaba como todo su cuerpo temblaba y su mente estaba enturbiando todo pensamiento racional que pudiera decirle que estaba cometiendo un error. Will debería haberla avisado de lo estimulante que podía llegar a ser un simple beso, aunque dudaba de que todos los hombres besaran igual que él. Era increíble de qué forma sus labios se amoldaban perfectamente a los suyos, originando un cosquilleo en la parte más baja de su vientre. Era imposible ocultar lo que provocaba en ella, y estaba segura de que Will era consciente de ello. Con las manos entrelazadas sobre su nuca,

