La paz de la mañana se convirtió rápidamente en un centro de mando. Killian y Elena bajaron al despacho, una habitación subterránea con paredes de concreto reforzado y pantallas que mostraban en tiempo real los movimientos de las rutas de carga y las cuentas bancarias del bajo mundo. Killian estaba revisando un cargamento de suministros que entraba por el puerto, cuando Elena se acercó a la pantalla principal. —Estás operando al 60% de tu capacidad, Killian —dijo ella, señalando los registros—. Estás perdiendo demasiado dinero en intermediarios que solo te dan problemas. Killian se quedó quieto, con una ceja arqueada, fascinado. —Es el precio de la discreción, Elena. No se puede mover mercancía de alto calibre sin pagar peajes. —A menos que dejes de ser solo un distribuidor y te co

