El frío cañón de la Beretta de Killian presionaba mi sien, pero lo que realmente me cortaba la respiración no era el arma, sino la intensidad de sus ojos azules, que esa noche ardían como el centro de una llama.
—Te dije que no intentaras cruzarte en mi camino, Elena —su voz era un susurro ronco, peligroso, cargado de una posesividad que me erizaba la piel—. Te dije que ahora me perteneces.
Estábamos en el balcón de su mansión en los Hamptons. Abajo, la fiesta de la mafia continuaba, ajena a que el hombre más temido de la costa este tenía a su “propiedad” acorralada contra la barandilla de mármol. El vestido de seda roja que él mismo me había obligado a usar se sentía como una marca de fuego sobre mi cuerpo.
—Mátame entonces —desafié, apretando los dientes para que no me temblara la voz—. Porque prefiero estar bajo tierra que ser el trofeo de un monstruo sin corazón.
Killian soltó una risa seca, carente de humor. Guardó el arma en la funda de su hombro con un movimiento fluido y dio un paso más, eliminando cualquier espacio entre nosotros. Sus manos tatuadas atraparon mi cintura, pegándome a la dureza de su cuerpo. Podía sentir el latido rítmico y pesado de su corazón contra mi pecho.
—Oh, no te voy a matar, pajarito —susurró, inclinándose hasta que sus labios rozaron mi oreja, haciéndome estremecer a mi pesar—. La muerte es un escape demasiado fácil. Y yo aún no he terminado de cobrarme cada centavo que tu padre me debe… con intereses.
Me tomó de la mandíbula, obligándome a mirarlo. En ese momento lo supe: Killian Vane no quería mi dinero, ni mi obediencia. Quería mi alma. Y lo peor de todo no era el peligro que él representaba… sino que una parte de mí, traidora y rebelde, empezaba a desear que nunca me dejara ir.
—Bienvenida al infierno, Elena —sentenció antes de que sus labios reclamaran los míos en un beso que sabía a pecado y a poder absoluto.