El despacho olía a cuero caro, whisky del roble más antiguo y algo metálico que Elena no quería identificar. Afuera, la lluvia de Nueva York golpeaba los ventanales del piso 50, pero adentro el silencio era tan denso que podía escuchar los latidos desbocados de su propio corazón.
Su padre, con las manos temblorosas y el sudor frío corriéndole por la frente, ni siquiera la miró a los ojos.
—Aquí está, Killian —la voz de su padre se quebró—. Mi deuda… queda saldada con ella. Es joven, está educada… es tuya.
Elena sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado. Se giró hacia el hombre sentado detrás del escritorio de mármol n***o.
Killian Vane no parecía un cobrador de deudas; parecía un dios del inframundo tallado en granito. Su cabello, oscuro como el carbón, estaba perfectamente peinado hacia atrás, dejando al descubierto una cicatriz casi invisible que cruzaba una de sus cejas. Pero fueron sus ojos lo que la detuvieron: un azul gélido, eléctrico, que la escaneó de arriba abajo como si estuviera tasando una propiedad.
Killian dejó escapar una nube de humo de su cigarro y se puso de pie con una elegancia depredadora. Era alto, mucho más de lo que Elena esperaba, y su traje gris oscuro apenas podía contener la fuerza de sus hombros y la tensión de sus brazos tatuados que asomaban bajo los puños de la camisa.
—Lárgate, Alberto —dijo Killian. Su voz era un barítono profundo que vibró en el pecho de Elena—. Antes de que me arrepienta de no haberte volado los sesos por traer a tu propia hija a este matadero.
Su padre salió de la oficina sin mirar atrás. La puerta se cerró con un clic definitivo. Elena estaba sola con el hombre que ahora era su dueño.
Killian rodeó el escritorio. Sus pasos eran silenciosos, felinos. Se detuvo a centímetros de ella, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. El aroma de su perfume, una mezcla de sándalo y peligro, la envolvió.
—¿Sabes quién soy, pajarito? —preguntó él, su mirada azul fija en los labios de ella.
Elena tragó saliva, apretando los puños. No iba a darle el placer de verla llorar.
—Eres el hombre que acaba de comprar una vida —respondió ella con la voz firme, aunque sus piernas flaqueaban—. Pero te advierto una cosa, Killian Vane: puedes tener los papeles, pero nunca serás mi dueño.
Killian arqueó una ceja, una chispa de diversión cruel cruzando sus ojos azules. Extendió una mano tatuada y, con un solo dedo, levantó el mentón de Elena, obligándola a ver la frialdad de su alma.
—Me gustan los retos, Elena —susurró él, inclinándose hasta que su aliento rozó su oído—. Pero en mi mundo, lo que compro, lo rompo… o lo hago mío para siempre. Bienvenida a tu nueva jaula.
El trayecto hacia la mansión fue un borrón de luces de la ciudad y el silencio gélido de Killian. Él no volvió a dirigirle la palabra, se limitó a revisar documentos en su tableta mientras una de sus manos, de nudillos grandes y marcados, jugueteaba con un encendedor de oro.
Cuando el auto se detuvo frente a una propiedad imponente en las afueras, Elena tragó saliva. No era una casa; era una fortaleza de cristal y piedra negra.
—Bájate —ordenó él sin mirarla.
Killian la guio personalmente a través de pasillos de mármol hasta el segundo piso. Se detuvo frente a una puerta de madera oscura y pesada. Al abrirla, Elena se quedó sin aliento: la habitación era más grande que todo su departamento anterior, decorada en tonos crema y gris, con una cama que parecía una nube y ventanales que daban a un bosque privado.
—Este será tu mundo a partir de ahora —dijo Killian, dándole la espalda para observar el bosque a través del cristal—. Tienes ropa en el vestidor, comida si la pides al servicio. No intentes contactar a nadie. Para el mundo exterior, Elena, has dejado de existir.
Él caminó hacia la salida, pero antes de cruzar el umbral, se detuvo y la miró de reojo.
—Un detalle más, pajarito —hizo un gesto hacia la cerradura—. No voy a cerrar la puerta con llave. Nunca lo hago.
Elena frunció el ceño, confundida. —¿Me estás diciendo que puedo irme?
Killian soltó una risa ronca, un sonido que le erizó los vellos de la nuca.
—Puedes intentarlo. Las puertas de la casa están abiertas. Pero los perros en el jardín no han comido, y mis hombres tienen órdenes de disparar a cualquier sombra que se mueva sin mi permiso. La libertad está a solo cien metros de aquí… si crees que tu vida vale tan poco como para apostarla contra mí.
Dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal una vez más. Su mirada azul recorrió el rostro de Elena, deteniéndose en el temblor de sus manos.
—La puerta abierta es un recordatorio, Elena: te quedas porque no tienes a dónde ir, y porque ahora soy lo único que te mantiene a salvo de los otros lobos que hay afuera. Piénsalo bien antes de cruzar ese umbral esta noche.
Con eso, Killian salió. Elena escuchó sus pasos alejarse por el pasillo. Corrió hacia la puerta y, efectivamente, no había seguro. Estaba libre… y al mismo tiempo, más prisionera que nunca.
Se acercó a la ventana y vio las sombras de los hombres armados patrullando con linternas. Se sentó en la orilla de la cama, sintiendo el peso de la seda. Killian estaba jugando con su mente. Él quería que ella tuviera miedo de la libertad.
—No voy a darte el gusto —susurró ella para sí misma, aunque su voz temblaba—. No voy a ser tu juguete, Killian Vane.
Elena esperó a que la casa quedara en un silencio sepulcral. Se cambió los tacones por unos zapatos planos que encontró en el vestidor y, con el corazón martilleando contra sus costillas, cruzó el umbral de su habitación. La puerta, tal como él dijo, no tenía llave.
Bajó las escaleras como una sombra, evitando las cámaras que creía ver en cada esquina. Logró salir por una puerta de servicio y el aire frío de la noche golpeó su rostro. El bosque estaba a unos metros. Si lograba cruzar la cerca perimetral, quizás... quizás tendría una oportunidad.
Corrió. Sus pulmones ardían y las ramas arañaban sus brazos, pero no se detuvo hasta que vio la gran puerta de hierro al final del sendero. Estaba a punto de tocar el metal frío cuando una mano enguantada surgió de la oscuridad, rodeando su cintura con la fuerza de una prensa hidráulica y sellando su boca antes de que pudiera gritar.
—Te lo advertí, pajarito —la voz de Killian, gélida y cargada de una furia contenida, vibró directamente en su oído—. Me decepciona que fueras tan predecible.