Elena despertó antes de que el sol terminara de salir. Por un segundo, olvidó dónde estaba, pero el tacto de las sábanas de seda de mil hilos y el aroma a sándalo que parecía impregnar cada rincón de la mansión se lo recordaron de golpe.
No estaba en su pequeño y ruidoso departamento. Estaba en la guarida de un lobo.
Se incorporó lentamente, sintiendo el silencio sepulcral de la casa. Recordó la noche anterior: la lluvia, su intento de escape fallido y la mirada de Killian cuando mencionó a los rusos. Se levantó y caminó descalza hacia la puerta lateral que conectaba su habitación con la de él. No había llave, solo una pesada madera oscura.
Elena pegó la oreja a la madera. Nada.
—Si entras, Elena, asegúrate de estar lista para lo que puedas encontrar.
La voz de Killian, más profunda y ronca por el sueño, atravesó la puerta y la hizo dar un salto hacia atrás. Elena sintió que sus mejillas ardían. Él ni siquiera estaba en la misma habitación y ya parecía saber exactamente lo que ella estaba haciendo.
—No… no iba a entrar —mintió ella en voz alta, apretando los puños.
Escuchó el sonido de una cerradura abriéndose y la puerta se deslizó. Killian estaba de pie en el umbral. Elena tuvo que obligarse a no bajar la mirada, pero era difícil. Él solo llevaba unos pantalones de pijama negros, colgados peligrosamente bajo en sus caderas. Su torso estaba al descubierto, revelando una musculatura tensa y una colección de tatuajes que contaban historias de violencia y poder: un cuervo en su hombro, espinas rodeando su abdomen y una marca en el pecho que parecía el escudo de una familia.
Tenía el cabello n***o despeinado y la sombra de una barba de un día que le daba un aire aún más rudo.
—Son las seis de la mañana —dijo él, apoyando el hombro en el marco de la puerta y cruzando los brazos. Sus ojos azules la recorrieron con una lentitud que la hizo sentir como si estuviera desnuda, a pesar de llevar el camisón de seda—. ¿Ya estás planeando tu próximo escape o solo querías ver si dormía con los ojos abiertos?
—Solo quería saber si seguías aquí —respondió ella, tratando de recuperar su dignidad—. Dijiste que no me perderías de vista.
Killian dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal. Elena no retrocedió, aunque el calor que emanaba su cuerpo era casi abrumador.
—Y no lo haré. Hay café en la cocina y ropa nueva en tu vestidor. Tienes diez minutos para estar lista. Hoy vienes conmigo a la ciudad.
Él alargó la mano y, con el dorso de sus dedos, rozó la mejilla de Elena. Fue un gesto breve, pero dejó un rastro de electricidad en su piel.
—No te pongas algo demasiado llamativo, pajarito —susurró él, con una sonrisa ladeada que no llegó a sus ojos fríos—. No quiero tener que dispararle a nadie hoy solo porque no pueden dejar de mirarte.
Dicho esto, se dio la vuelta, cerrando la puerta entre ambos y dejando a Elena con el corazón latiendo a mil por hora y la extraña sensación de que, en esa casa, el peligro no solo venía de los enemigos de Killian, sino de la forma en que él la hacía sentir.
El interior del vehículo se sentía como una burbuja de lujo aislada del resto del mundo. Elena miraba por la ventana, viendo cómo los árboles de la mansión daban paso a la autopista que llevaba a Manhattan. Se sentía extraña en el vestido de punto n***o que Killian había seleccionado: sencillo, pero que abrazaba sus curvas de una manera que la hacía sentir peligrosamente expuesta.
Killian mantenía una mano en el volante y la otra descansaba sobre la palanca de cambios, con los nudillos tatuados resaltando bajo la luz del sol.
—Tu padre dijo que eras “educada” —rompió él el silencio, sin apartar la vista de la carretera. Su voz era plana, pero Elena notó un matiz de curiosidad—. Pero no pareces la típica hija de un ludópata que ha pasado su vida en casinos. Tienes la mirada de alguien que ha sobrevivido a mucho más que a una deuda de juego.
Elena soltó una risa amarga, apretando su bolso contra su regazo.
—¿Quieres saber mi historia, Killian? ¿O solo estás verificando si la “mercancía” tiene fallas de fábrica?
Killian apretó un poco más el volante.
—Solo quiero saber qué hay detrás de esa fachada de valentía. ¿Cómo terminaste siendo el último recurso de un hombre que no vale ni el aire que respira?
Elena suspiró, mirando hacia el horizonte de edificios que empezaba a dibujarse.
—Mi vida no siempre fue así. Mi madre era la que mantenía todo unido. Ella era música… me enseñó a ver el mundo con notas de piano, no con números de deudas. Pero cuando ella enfermó, mi padre se rompió. Algunos hombres lloran, otros beben… él decidió que podía “ganarle” al destino en una mesa de póker para pagar el tratamiento.
Hizo una pausa, tragándose el nudo en la garganta.
—Murió hace tres años. No por la enfermedad, sino por la falta de medicamentos que mi padre se gastó en una apuesta de una noche. Desde entonces, he trabajado en tres lugares distintos, durmiendo apenas cuatro horas, intentando tapar los agujeros que él seguía abriendo. —Se giró para mirar el perfil afilado de Killian—. Él no me entregó a ti porque me odie, Killian. Me entregó porque es tan cobarde que prefiere regalar a su hija que enfrentar las consecuencias de sus actos. Soy solo una moneda para él.
Killian no respondió de inmediato. Un músculo saltó en su mandíbula. Por un segundo, Elena creyó ver un destello de algo parecido a la empatía en esos ojos azules, una sombra que sugería que él también sabía lo que era ser traicionado por quienes debían protegerte.
—Un hombre que usa a su familia como escudo no merece ser llamado hombre —dijo Killian finalmente, con una frialdad que esta vez no iba dirigida a ella—. En mi mundo, la lealtad es lo único que nos separa de los animales.
Él cambió de carril con un movimiento brusco y aceleró.
—No volverás a trabajar en tres lugares, Elena. Y tu padre no volverá a ponerte una mano encima ni a usarte como ficha. Ahora estás bajo mi protección. Y mis deudas se pagan con sangre, no con la vida de nadie.
Elena se quedó callada, sorprendida por la intensidad de sus palabras.
—¿Eso me hace libre? —preguntó con un hilo de voz.
Killian se detuvo en un semáforo rojo y se giró hacia ella. Su mirada azul la ancló al asiento.
—Te hace mía —corrigió él con voz ronca—. Y créeme, pajarito, eso es mucho más complicado que ser libre.
El SUV n***o se detuvo frente a un imponente rascacielos de acero y vidrio que parecía tocar las nubes. En la entrada, dos hombres de traje oscuro y pinganillos en la oreja se tensaron al ver el vehículo. En cuanto Killian bajó, la atmósfera cambió; el aire parecía volverse más pesado, cargado de una autoridad que no necesitaba gritar para ser sentida.
Killian rodeó el auto y abrió la puerta de Elena. Le ofreció su mano tatuada, un gesto que parecía caballeroso pero que ella sintió como una orden.
—Mantente cerca —le susurró al oído mientras ella bajaba—. En este edificio, mi palabra es la única ley, pero las paredes tienen oídos y muchos de ellos pertenecen a mis enemigos.
Caminaron por el vestíbulo de mármol blanco. El sonido de los tacones de Elena resonaba en el silencio que se formaba a su paso. Todos —desde los recepcionistas hasta los ejecutivos— bajaban la cabeza o desviaban la mirada cuando Killian pasaba.
Subieron por un elevador privado que los llevó directo al piso 60. Al abrirse las puertas, una mujer de unos treinta años, vestida con un traje sastre impecable y una mirada de acero, los esperaba con una tableta en la mano. Era Sasha, la mano derecha de Killian y su jefa de seguridad.
—Vane, los informes de la frontera están listos y… —Sasha se detuvo en seco al ver a Elena. Sus ojos la recorrieron con una mezcla de sorpresa y desdén—. ¿Quién es ella? No estaba en la agenda.
Killian ni siquiera se detuvo. Siguió caminando hacia su oficina de puertas dobles, obligando a Elena a seguirle el ritmo mientras su mano descansaba posesivamente en la parte baja de su espalda.
—Se llama Elena. Y a partir de hoy, su nombre es el único que importa en esta agenda, Sasha —respondió Killian con una voz que cortaba como el hielo—. Búscale un escritorio en mi oficina privada. No quiero que esté a más de tres metros de mí en ningún momento.
Sasha apretó los labios, claramente molesta. —Señor, con todo respeto, estamos en medio de una posible guerra con los rusos. Traer a una… civil aquí es un riesgo innecesario.
Killian se detuvo y se giró lentamente. La frialdad en sus ojos azules hizo que incluso la experimentada Sasha retrocediera un paso.
—Ella no es una civil —sentenció Killian, acercándose a Elena y rodeando sus hombros con un brazo, marcando su territorio frente a todos los presentes—. Es mi responsabilidad. Y si alguien tiene un problema con eso, puede discutirlo con el cañón de mi arma.
Elena sintió el calor del cuerpo de Killian y, por primera vez, la seguridad que emanaba de él la hizo sentir menos como una prisionera y más como algo valioso.
Entraron a la oficina principal. Era un espacio inmenso con una vista panorámica de todo Central Park. Pero lo que más llamó la atención de Elena no fue la vista, sino lo que estaba en una esquina, junto al ventanal.
Un piano de cola n***o, brillante y perfecto.
—Dijiste que tu madre te enseñó a ver el mundo con notas de piano —dijo Killian, su voz volviéndose extrañamente suave mientras cerraba la puerta, dejándolos solos—. Si vas a estar encerrada aquí conmigo todo el día, prefiero que sea haciendo algo que no te haga odiarme tanto.
Elena se acercó al piano de cola como si fuera un espejismo. Acarició la madera lacada con dedos temblorosos. Era un instrumento perfecto, una obra de arte que se sentía fuera de lugar en la oficina de un hombre que comerciaba con violencia.
Se sentó en el taburete. Killian se quedó de pie junto al ventanal, observando la ciudad, con un cigarro apagado entre los dedos.
—No tienes que hacerlo si no quieres —dijo él sin girarse, pero su voz vibró con una extraña tensión.
Elena no respondió. Simplemente colocó sus manos sobre las teclas frías y cerró los ojos. Sus dedos empezaron a moverse, no con una melodía feliz, sino con una pieza melancólica, llena de añoranza y dolor. Era Clair de Lune de Debussy, la favorita de su madre. Las notas flotaron en el aire, suavizando las líneas duras de la oficina.
Mientras tocaba, sintió una presencia a su espalda. No necesitaba abrir los ojos para saber quién era. El aroma a sándalo y tabaco de Killian la envolvió. Ella siguió tocando, aunque su respiración se volvió errática.
Killian se inclinó sobre ella. Pudo sentir su calor, el roce de su camisa de seda contra su hombro. Él extendió una mano tatuada y, para sorpresa de Elena, sus dedos se posaron sobre las teclas en la octava baja.
Él no estaba solo escuchando. Estaba acompañándola.
Killian tocaba con una técnica sorprendente, pero con una fuerza que contrastaba con la delicadeza de ella. Sus acordes eran profundos, oscuros, como el propio Killian, pero encajaban perfectamente con la melodía de Elena. Era como si sus almas estuvieran teniendo una conversación que sus labios nunca se atreverían a tener.
Elena abrió los ojos y lo miró de reojo. Killian estaba concentrado en las teclas, con la mandíbula tensa. Una gota de sudor corría por su sien. Se veía rudo, peligroso, pero tocando esa melodía… se veía humano.
Él giró la cabeza y sus miradas se encontraron. Azul sobre café. La música parecía elevar la tensión eléctrica entre ellos. Killian dejó de tocar, pero sus manos siguieron sobre las de ella, atrapándolas contra el marfil. Su cuerpo estaba tan cerca que Elena podía sentir el latido pesado de su corazón contra su espalda.
—¿Dónde aprendiste a tocar así? —susurró ella, con la voz rota.
Killian se inclinó aún más, hasta que sus labios rozaron su oído. Su aliento caliente la hizo estremecer.
—En un lugar donde la música era la única forma de no volverse loco —respondió él con voz ronca—. Un lugar que tú nunca deberías conocer, pajarito.
Se separó bruscamente, como si se hubiera dado cuenta de que había mostrado demasiado de sí mismo. Se enderezó y volvió a ponerse su máscara de frialdad.
—Vuelve a tu escritorio. Tengo trabajo que hacer.
Elena se quedó helada en el taburete. Killian Vane era un rompecabezas con demasiadas piezas faltantes, y cada vez que creía entender una, él cambiaba las reglas del juego.