Elena intentaba concentrarse en los documentos que Killian le había dado para organizar, pero su mente seguía atrapada en el calor de sus manos sobre el piano. Él, por su parte, estaba sumergido en una llamada en italiano, con un tono de voz que hacía que los vidrios de la oficina vibraran.
De pronto, las puertas dobles se abrieron de par en par sin que nadie llamara. Sasha entró primero, luciendo incómoda, pero fue desplazada por una mujer que parecía salida de la portada de una revista de alta costura criminal.
Era alta, con el cabello rubio platinado cortado en un bob perfecto y unos ojos verdes felinos. Vestía un traje de seda blanco que resaltaba un bronceado impecable y caminaba sobre unos tacones de aguja que sonaban como disparos contra el suelo.
—Tesoro mio… —dijo la mujer con un acento europeo arrastrado y seductor.
Killian colgó el teléfono de golpe. Sus ojos azules se entrecerraron, pero no con afecto, sino con una cautela que Elena nunca le había visto.
—Isabella —pronunció Killian. El nombre sonó pesado, como una sentencia—. No recuerdo haberte invitado a cruzar el océano.
—¿Desde cuándo necesito una invitación para ver a mi prometido? —Isabella se acercó al escritorio de Killian, ignorando por completo a Elena, y se sentó en el borde de la mesa, dejando que su mano acariciara el hombro tatuado de él.
Elena sintió una punzada de algo caliente y amargo en el pecho. ¿Prometido?
—Ya no somos eso, Isabella. El contrato entre nuestras familias se rompió hace dos años —respondió Killian, quitando la mano de la mujer de su hombro con una brusquedad que a Elena le dio un pequeño alivio.
Fue entonces cuando Isabella finalmente giró la cabeza y clavó sus ojos verdes en Elena. La miró como si fuera una mancha de café en una alfombra cara.
—Sasha me dijo que habías traído un juguete nuevo a la oficina, pero no pensé que fuera tan… ordinaria —Isabella soltó una risita cruel—. ¿Quién es esta niña, Killian? ¿La nueva pasante o una de tus obras de caridad de los barrios bajos?
Elena se puso de pie, sintiendo que la sangre le hervía. No iba a dejar que una Barbie de la mafia la pisoteara.
—Soy Elena —dijo con la voz más firme que pudo reunir—. Y no soy una obra de caridad.
Isabella arqueó una ceja, divertida.
—Oh, tiene garras. Qué tierno. Killian, cariño, espero que la hayas desinfectado antes de meterla en tu santuario. Sabes que no me gusta compartir mis cosas con la servidumbre.
Killian se levantó lentamente. Su altura y su sombra cubrieron a ambas mujeres. El aire en la oficina se volvió gélido.
—Elena no es la servidumbre, Isabella —dijo Killian, y esta vez, se acercó a Elena y puso una mano en su cintura, atrayéndola hacia él frente a su ex—. Ella es mi invitada personal. Y si vuelves a usar ese tono con ella en mi presencia, te enviaré de regreso a Sicilia en el primer avión de carga que encuentre.
Isabella se quedó paralizada, con la boca entreabierta. No esperaba que Killian la humillara de esa forma, y mucho menos frente a una “aparecida” como Elena. La mano de Killian en la cintura de Elena se sentía firme, caliente, como una declaración de guerra silenciosa.
—¿Me estás amenazando, Killian? ¿A mí? —Isabella recuperó el aliento, sus ojos verdes echando chispas—. Recuerda que nuestras familias todavía tienen negocios pendientes. Mi padre no se tomará bien que me eches como a un perro por… por esto.
Killian dio un paso al frente, obligando a Isabella a retroceder hasta que chocó con la puerta. Su voz bajó a ese tono ronco que hacía que a Elena se le erizara la piel.
—Dile a tu padre que si quiere discutir negocios, que me llame él. Y dile también que su hija ha perdido los modales. —Killian abrió la puerta de par en par con un movimiento violento—. Sal de mi oficina, Isabella. Ahora. Estoy ocupado con alguien mucho más importante que tú.
Isabella lanzó una mirada de puro odio a Elena, una promesa de que esto no se quedaría así, y salió disparada por el pasillo haciendo resonar sus tacones con furia.
Killian cerró la puerta con un golpe seco y el silencio regresó a la oficina, pero la tensión era distinta. Él no soltó la cintura de Elena de inmediato. Se quedó ahí, respirando con pesadez, mientras su mirada azul recorría el rostro de ella, buscando algún rastro de miedo.
—No dejes que te hable así —dijo él, su voz suavizándose solo un poco—. Nadie en este edificio, ni fuera de él, tiene derecho a menospreciarte mientras estés conmigo. ¿Entendido?
Elena asintió, sintiendo que el corazón le iba a mil.
—Entendido. Pero… ella dijo que eran prometidos.
Killian soltó un suspiro cansado y finalmente la soltó, aunque pareció costarle trabajo alejarse.
—Fue un trato de negocios, Elena. Nada más. En mi mundo, los matrimonios son contratos, no sentimientos. Isabella es parte de un pasado que ya enterré… y más le vale que se quede ahí si quiere seguir respirando.
Se dio la vuelta y volvió a su escritorio, pero Elena notó que sus manos temblaban ligeramente al encender un cigarro.