La habitación de aquel motel parecía cerrarse sobre ellos. El sonido de la lluvia golpeando el cristal sucio era lo único que llenaba el vacío después de la confesión de Killian. Elena lo miraba con una mezcla de desprecio y una fascinación que odiaba sentir. —Solo hay una cama —dijo ella, rompiendo el silencio. Su voz sonaba pequeña, pero firme. Killian se sentó en el borde del colchón, que se hundió bajo su peso. Soltó un gruñido de dolor al estirar el costado vendado. —No voy a dormir en el suelo con una herida de bala, Elena —respondió él, quitándose los zapatos con movimientos lentos—. Y no voy a dejarte sola en una silla cuando hay hombres buscándote para matarte. Así que deja de mirarme como si fuera a morderte. Si quisiera hacerte algo, no habría esperado a estar sangrando en

