El Muelle 47 era un laberinto de contenedores oxidados y grúas que se alzaban contra el cielo nocturno como esqueletos gigantes. El olor a salitre y diesel era penetrante. Killian conducía un auto robado, con las luces apagadas, guiándose solo por la luz de la luna que se filtraba entre las nubes. —Mantén la daga a mano —susurró Killian, deteniendo el auto detrás de una pila de cajas de madera—. Sasha debería estar aquí con dos camionetas y el equipo de extracción. Si algo sale mal, corre hacia el agua. Tengo un contacto con una lancha rápida a trescientos metros al norte. Elena asintió, sintiendo que el corazón le martilleaba en la garganta. Salieron del vehículo con cautela. A lo lejos, una silueta familiar esperaba junto a un farol parpadeante: era Sasha. —Vane, por aquí —llamó Sa

