38 Tenía un nombre, pero no le quedaban fuerzas para buscarla y para cuando llegó a trompicones a la casa abandonada ya no estaba seguro de si la euforia de haber conseguido el nombre era mejor que la pérdida de una posible pista. La comida era lo último que tenía en la cabeza, pero su dolorido estómago pensaba otra cosa y devoró un par de panecillos duros que había guardado de un carroñeo anterior. Aunque solo hicieron que le doliera el estómago, bastaron para permitirle dormir, acurrucado junto a las ventanas del piso superior, con su cazadora tapando su cuerpo desnudo y la ropa que había mojado mientras trataba de abordar a Alan MacDonald colgando de las vigas desnudas que tenía encima. El sueño fue cualquier cosa menos reconfortante. Se despertó varias veces, a menudo temblando por

