GRACE Leo se separó de mí. —Maldita sea —dice—, ¿quién me busca? —Señor, la señorita Ana está esperándolo abajo. Sentí un nudo en la garganta cuando mencionó su nombre. Me separé de Leo y me puse la toalla. —¿Qué rayos quiere ahora? —espeta Leo—. La pondré en su lugar de una vez por todas —dicho eso, salió de la habitación. Genial. Sabía que iba a salir corriendo detrás de ella. Sabía que Leo no podía olvidarla tan fácilmente. Me quité toda la espuma y salí del baño, me puse la pijama y me acosté dispuesta a dormirme. Había pasado quizás media hora hasta que Leo apareció de nuevo en la habitación, se acostó a mi lado y suspiró cansado. No me atrevía a preguntarle qué quería mi hermana porque aún recuerdo nuestros tratos. —¿Me sobas la cabeza, por favor? Asentí y empecé a hacerle ma

