Simón sintió como si una mano invisible se metiera en su pecho y lo apretara con fuerza, por unos segundos tuvo la sensación de no poder respirar, se puso morado y empezó a hiperventilar, cualquiera que lo viera pensaría que estaba a punto de colapsar y así era. Cándida se dio cuenta y le puso la mano en la espalda preocupada. —¿Qué tienes tío, te pasa algo? ¿Qué pasó? Kostantin… por favor, auxilia a mi tío…—pidió cuando el hombre cayó al suelo—. No puede respirar… por Dios… ¡Ayúdalo! —exclamó rogando, mientras se inclinaba en el suelo, aflojándole el cuello de la camisa—. ¿No vas a hacer nada? —¡¿Por qué tendría que hacerlo?! Lo que le suceda a Simón Ferrer, no me conmueve, a decir verdad, mientras más sufra en la vida, más satisfecho me sentiré yo —se acuclilló a un lado del hombre con

