Mis sentimientos por esa Alumna

2130 Words
Leonel:  El tiempo parece haberse detenido, todo a mi alrededor se mueve en cámara lenta — ¡Se está besando con otro! ¡Y con ese imbécil! — Pienso, mientras cierro el puño, clavándome las uñas en la palma y una enorme presión se apodera de mi pecho, es parecida a un dolor fuerte — ¡A lo que has llegado Serrano! — me digo a mi mismo, viendo a Jenny guindada del cuello de ese proyecto de hombre, fundiéndose en un beso que desde aquí luce muy apasionado. Aprieto los ojos tragando grueso y mojo mis labios ligeramente con la lengua, mi mente se ha quedado en blanco, incluso no tengo ganas de salir al ataque y poner en su sitio a ese idiota que se está metiendo con quien consideraba mía, — Pero que veo no es así — Por lo que no viendo más remedio, doy la vuelta y me marcho de allí con la rabia contenida en la garganta. — ¿Pero qué está pasando contigo Serrano? ¡Estas completamente fuera de ti! Los celos son una emoción que tu desconocías, es más, de la que te burlabas, porque según tus propias clases, solo son un reflejo mayúsculo de inseguridad. Y aquí estas, igual que un adolescente hirviendo de rabia (Resoplo); pero eso no es lo peor, sino el bochorno que pasaste frente a media universidad ¡Francamente! — Me digo en voz alta, aprovechando la soledad del pasillo. Nunca imaginé que las cosas fueran a salírseme de control de esa manera, se supone que tenía todo calculado, cuando en medio de aquella oscura discoteca arrastre del brazo a la belleza de González y bueno, pasó lo que paso. — Se supone que no iba a haber emociones de por medio — Expreso, cuando de pronto, periféricamente veo su reflejo pasar hacia el estacionamiento. Como siempre parece estar huyendo — ¡Claro! Eso es lo que mejor sabe hacer — Pienso, dudando en si seguirla o no, increíblemente el autocontrol que me caracterizaba se perdió desde el mismo momento en que me involucre con esa mujer. — Entonces, así de rápido esta con otro señorita González — Intento disimular la rabia que me carcome. — Ese no es su problema, ocúpese de sus asuntos y déjeme en paz — Responde altiva como siempre y me matan las ganas de cogerla del brazo y ponerle el carácter que le hace falta, a mi manera claro. El silencio se apodera del momento, solo nos desafiamos con la mirada, ninguno emite un sonido. En ese sentido, somos muy parecidos, un par de orgullosos a los que no les gusta perder, mucho menos demostrar debilidad. Pero esta vez, pierdo la batalla. — ¡¿En serio?! Con ese tipo — Me acerco, a punto de rendirme a las ganas que tengo de besarla, sin que me importe nada. Para mi sorpresa guarda silencio, se voltea e intenta buscar algo en su cartera, supongo que son las llaves del auto. Esta nerviosa, puedo verlo en el temblor de sus manos, en lo irregular de su respiración y en lo preciosa que se ve, mientras su pecho sube y baja sin control. Trato de impedir que abra la puerta con el peso de mi cuerpo, pero desisto de mi intención al darme cuenta que por un costado alguien se acerca — Después de la escenita de temprano, no puedo aparecer en otra — pienso, dejando que se suba, sin embargo le suelto: — ¡Claro! Salga corriendo, es lo mejor que sabe hacer — La miro a través de la ventana, intentando que se quede, pero es inútil de igual forma, pone en marcha el auto y se pierde de allí, dejándome con una sensación de abandono que no tengo idea de cómo describir — ¡Me frustras Jennifer González! — Exclamo. Oculta en un pilar cercano, Fanny observo parte de la escena entre el profesor Serrano y su mejor amiga, quedando intrigada pues desgraciadamente, no pudo oír nada de su conversación. Miro la hora y me doy cuenta que estoy a punto de llegar tarde a la siguiente hora de clase — ¡Esto es el colmo! — Camino lo más rápido que puedo de regreso a las aulas, cuando sin querer, me topo con una de las amigas de Jenny que estaba por los alrededores. — Disculpe señorita, no la vi — sigo de largo, pero no puedo evitar que se instale en mi cabeza la idea, de que nos haya estado espiando. Sin embargo, no tengo tiempo de prestarle atención a ese tema — No pienso darle el gusto a los alumnos de verme llegar tarde a mi propia clase ¡Jamás! — Por pura suerte llegue a tiempo al salón, aunque pude dar la clase sin contratiempos, mis pensamientos estaban gobernados por su recuerdo. En el fondo deseaba que estuviera sentada, en uno de esos pupitres, mirándome con esos ojos altivos y desafiantes que me encantan — ¡No puede ser! No puedo sacarla de mi mente — masajeo mi frente. — Bueno bachilleres, dejemos la clase hasta acá, nos vemos la próxima semana ¡Pueden retirarse!... Llego a mi departamento, me sirvo un vaso de Ron y en medio de la soledad de estas cuatro paredes, me da por reflexionar mi porcentaje de culpa en todo lo que está pasando — ¡Eres un cobarde! ¿Por qué no le dijiste la verdad? — miro mi reflejo en el cristal de balcón. — ¿Por qué? Porqué justo después de estar en las nubes, tenía que aparecer Amalia en mi departamento ¡¿Por qué?! — cuestiono al aire, como si pudiera responderme. Parece increíble, que después de todo lo que me costó reconocer lo enamorado que estoy de esa mujer, pasar por encima de mi orgullo para rogarle perdón por ser un imbécil, la haya perdido justo por eso, —¡Por imbécil! — tomo asiento en el sofá y los recuerdos de las veces que la devore sobre sus cojines me desquician. Puedo oler el aroma de su perfume, sentir la suavidad de esa piel canela que vibraba con la más pequeña de mis caricias. Esa piel que cuando hice mía, no tenía experiencia alguna entre los brazos de otro hombre — ¡Dios mío! Yo no pude haberla perdido por cobarde — exclamo. Increíblemente empiezo a entender la frase “Me siento vacío” esa que tanto he escuchado decir en algunas de mis consultas. La verdad, no me había enamorado nunca ante, de hecho, no me creía capaz de hacerlo, pues soy un hedonista, mi filosofía es disfrutar de los placeres de la vida sin ataduras. Pero irónicamente aquí estoy, fundido en un despecho mortal por culpa de una mujer; y no de cualquier mujer, sino de una que representa un estereotipo que juraba era incapaz de interesarme. — Te veo grave Leonel Serrano — Suspiro para brindar con mi reflejo. Ahogue mi pena en alcohol hasta quedarme dormido, resulta paradójico que en mi carácter de terapeuta, no encontrara otro medio para desahogarme que ingiriendo dos botellas de ron criollo. — Eres un poco hombre, menos mal que me di cuenta a tiempo. — Pero, pero, no digas eso, si yo te amo. — Caí demasiado bajo al enredarme contigo, menos mal eres historia pasada. — ¡Noo! (siento un nudo en la garganta) ¡Es mentira! No pudiste haber olvidado todo lo que vivimos. — Claro que sí; Es más, encontré alguien que es mucho más hombre que tú… tanto, que con una simple caricia me hace sentir mujer. Sin decir más, ante mis ojos, devora los labios de ese hombre quien además no pierde tiempo de con sus palmas abiertas recorrer su espalda, hasta afincarse en sus definidos glúteos. La escucho gemir y decir — ¡Me encantas! — Hiperventilando y bañado en sudor, despierto sobresaltado, para darme cuenta que se trató de una pesadilla. Como idiota me quedo recostado del espaldar de la cama, con el pulso descontrolado, sin querer reconocer que esto se salió completamente de mi control. La estabilidad emocional de la que tanto hice alarde a lo largo de mi vida, está comprometida — ¡¿En que momento paso todo esto?! — voy por un vaso de agua a la cocina, minutos después regreso para intentar sin éxito dormir… A la mañana siguiente, me levanto con el peor humor de toda la semana — Es que ni con café doble, se me quita este dolor de cabeza — Sin ánimos de desayunar, simplemente recojo el material para mis clases y me marcho a la universidad. — ¡Buenos días Leo! Traje sándwiches y jugo de naranja para comer juntos. Para mi sorpresa, tan pronto como abrí la puerta entró Amalia con esas cosas. Ni tiempo de reaccionar a su presencia me dio, quedé parado como un idiota sosteniendo la perrilla de la puerta, con los ojos abiertos como platos. — Pero, no te quedes allí parado ¡Ven! Que se enfrían. — ¿Qué haces aquí Amalia? Te he dicho mil veces que no vengas sin avisar. — Eso debiste pensarlo mejor, cuando me diste copia de tu llave. — Te di la copia, para casos de emergencia, no para que vinieras cada que se te antoje. — ¡Ay, pero hoy amanecimos como atravesados! Vente chico, come algo para que se te quite ese humor de perros. — Gracias, pero no tengo hambre. Es mas ya iba de salida. — ¿O sea que me vas a dejar con la comida servida? ¡Tú si eres bravo! — Clava sus ojos en mí y tuerce la boca. Fastidiado por la situación, froto mis cienes con los dedos, pidiéndole a un ente superior, me de paciencia para no perder la poca compostura que me queda. — No intentes manipularme, que eso no funciona conmigo hermanita. — ¡No me digas así! Sabes que lo odio; además no soy tu hermana — Se cruza de brazos. — Si lo eres, pero no tengo paciencia para lidiar contigo en este momento. Cierra bien cuando salgas ¡Nos vemos! Con un simple ademan me despido y sin un ápice de remordimiento me voy a la universidad. Paso por la recepción del edificio y me lamento haberme quedado callado cuando en este mismo lugar Jenny me pidió una explicación. Otra cosa de la que estoy realmente arrepentido, es de haberle dado llave de mi departamento a Amalia. — Nunca imaginé que podría salirme tan caro… Dominado por el dolor de cabeza, imparto las clases con la peor disposición posible, me desagradan las preguntas estúpidas de los estudiantes, su poca capacidad de raciocinio — ¡Es que cada vez son más idiotas los bachilleres! — pienso, evaluando el deficiente rendimiento del grupo. Definitivamente la única que es excelente es toda esta carrera es González. Resulta increíble que lo diga, por lo severo que soy con ella como profesor, pero es la verdad, solo que ese fue el modo que encontré para motivarla a ser mejor, puesto que el medio laboral suele ser prejuicioso con mujeres tan hermosas e inteligentes como ella. Además, fue la forma que se me ocurrió de mantenerme distante, de poner una barrera entre los dos, pues quedé prendado de su belleza desde que el director me la presentó. Igualmente, no sirvió de mucho. — ¡Ay señorita González! Seguro tú lo habrías explicado fantástico — pienso, mientras le pido al grupo que se siente y termino la clase. Decido ir a la cafetería a esperar la siguiente clase (Aunque no me gusta la idea de verle la cara al proyecto de hombre). Mientras camino por el pasillo que divide las aulas, me doy cuenta que en una está Jenny metida en sus libros, completamente sola, rodeada de pupitres. Es increíble lo bella que se ve, como tonto permanezco rato admirándola escondido tras la puerta, sin perder detalle del brillo de su piel, anhelando poder disfrutar del grueso de sus labios — ¡Es que es única! Esa mujer es única — suspiro. Lamentablemente debo retirarme de allí, antes que el grupo de alumnos que se aproxima se dé cuenta de lo que estaba haciendo parado en ese lugar. El resto de la mañana pasó sin pena ni gloria, en especial por el poco ánimo que tenia de cumplir con mis obligaciones. Saturado voy a caminar por los alrededores para despejarme, cuando antes de llegar a la fuente, una discusión llamó mi atención. Al acercarme, me doy cuenta que se trata del imbécil quien está gritándole a Jenny quien le suplica que se calme — ¡Eso no lo voy a permitir! — — ¿Qué significa este escándalo bachilleres? — Interrumpo y tomo cartas en el asunto.
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