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Valentina agradeció lo hecho por Juliana. La atractiva rubia acababa de pasar un buen rato embelleciendo a su compañera. Era la sesión semanal, la cual siempre se cumplía los sábados al final de la jornada de trabajo, en la cual las esclavas estaban obligadas a dedicarse al cuidado de sus cuerpos, sus rostros y su cabello y el único momento en el cual podían disfrutar de no llevar cadenas sujetas a sus extremidades. A la linda gemela le agradaba sentirse atendida mientras se relajaba sintiendo como su compañera se encargaba de masajear e hidratar todos los rincones de su piel usando las pócimas preparadas por los sacerdotes, así como lavaba y peinaba su cabello, le pintaba las uñas de pies y manos y se deshacía de aquellos rebeldes vellos. Lo único no apreciado por ella era el tratamiento

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