¿Por qué le habían robado su vida? –pensaba Estefanía, su espalda desnuda recostada contra las piedras de su mazmorra. De tantas niñas en su pueblo, en los campos, en la montaña, en la ciudad, ¿Cuál había sido la razón para ser precisamente ella y su hermana las destinadas a caer en manos de aquellos abominables hombres? No habían sido niñas malas, de pronto algo rebeldes, sobre todo en su caso, pero jamás habían llegado a irrespetar o a desobedecer a sus padres, a sus maestros o a sus superiores. Era un castigo inmerecido, aplicado con crueldad y sevicia; una condena a estar muertas en vida, a padecer hasta el último día de sus miserables vidas. No toleraba a ser humano alguno desde su llegada a aquel horrible sitio, con la excepción de Vartar, aquel atractivo muchacho contratado como capataz, aunque mejor calificado para servir como líder espiritual o consejero sentimental, en caso de haber tenido la oportunidad, y no como hombre encargado de dar órdenes, vigilar y castigar. Pero de nada servían las cualidades cuando era uno más, entre los cientos de hombres a su alrededor, con gustos incompatibles a los de la mayoría de los hombres. Vartar podía ser el único ser rescatable en varios kilómetros a la redonda, pero jamás podría llegar a ayudarla, especialmente si quería tratar de lucirse y llegar a conquistar al hombre de sus sueños, Gagadel, aquel de cabellos blancos, quien seis años atrás, las había atado a la cuerda halada por su caballo para traerlas hasta aquel sitio. Pero Gagadel tenía demasiados admiradores en aquella nación de hombres homosexuales y era poco el tiempo sobrante en su agenda para dedicar a Vartar. En realidad, las pocas acciones con mérito de agradecimiento, por parte de ella hacia el joven capataz, consistían en haberle informado acerca de su hermana y de no haber hecho de la crueldad una de sus cualidades, como sí lo habían hecho el resto de los capataces durante aquellos años. Enterada por él, sabía de los trabajos y de la vida de Valentina, de su inigualable belleza y de sus enormes ganas de volverse a encontrar con su gemela.
–Estefanía, tú y tu hermana son las mujeres más hermosas que han pasado por aquí, y no es solo mi opinión, es la de todos los capataces.
Siempre le habían resultado curiosas las palabras de Vartar; no entendía muy bien como un homosexual podría tener esa opinión acerca de las mujeres. Pero un día, cuando lograron abordar el tema por breves minutos, él le explicó como los hombres homosexuales tenían cierto tipo de debilidad hacía lo estético, lo bello y lo sobresaliente.
–No podría darte un beso, Estefanía, mucho menos hacerte el amor, pero los hombres como yo, que solo gustamos de otros hombres, sabemos reconocer la belleza donde ella existe, y si no existe, tratamos de crearla con nuestras propias manos o con las manos de nuestras esclavas. Si tú te fijas, con excepción de las mazmorras, todos los edificios, los jardines, las instalaciones de este lugar, todas son muy bonitas, están bien mantenidas, y así mismo queremos que ustedes se vean bien, y aunque anden encadenadas y semidesnudas, bien sabes que las obligamos a bañarse dos veces al día, a cuidar de su figura, de su cabello, de sus uñas.
Estefanía no podía negar lo afirmado por el capataz: gracias al extenuante trabajo, pero a una alimentación relativamente buena, la gran mayoría de las esclavas podía agradecer el ser dueña de una buena figura y de tener los elementos necesarios para cuidar y mantener su belleza, incluyendo aceites producidos por los sacerdotes y los cuales, al ser aplicados sobre la piel, la protegían de los fuertes rayos del sol. Tampoco faltaban potajes hidratantes, medicinales y la atención de un médico cuando alguna esclava enfermaba.
–Ustedes son muy valiosas para nuestro imperio, por eso no podemos permitir que se nos mueran, si no, ¿quién haría todo el trabajo?
Así mismo, gracias a Vartar, se había enterado de la filosofía de Gagadel y sus ayudantes en cuanto a la clase de mujeres atrapadas y obligadas a convertirse en esclavas:
–Solo las muchachas bonitas deben ser capturadas, lo contrario sería un insulto para nuestra vista.
Aquella idea la había hecho odiar su belleza, despreciarla hasta más no poder, pensar en ella como la causante de todos sus sufrimientos. De nada le había servido, ni a ella ni a Valentina, el haber heredado las finas y hermosas facciones de sus padres; por el contrario, había sido el principal factor para haberse convertido en esclavas de otra nación. Ni siquiera le había servido para conquistar a alguien. Naturalmente aquella idea estaba descartada cuando se vivía en una nación en donde sería imposible encontrar a un hombre heterosexual en varios kilómetros a la redonda. Y con las mujeres, aunque existían algunas muy hermosas, el estricto reglamento hacía imposible tratar de formar una relación con alguna de ellas. Tenía claro el odio inspirado en su ser por aquellos hombres, lo cual había logrado, a través de los años, inclinar su gusto hacia las mujeres. De haber conocido hombres buenos desde aquel día, cuando sus hormonas decidieron despertar, las cosas habrían podido ser diferentes. Pero sus recuerdos únicamente le hablaban de sentimientos como el odio, el maltrato, la crueldad y la injusticia venidos de los humanos del sexo opuesto, lo que la llevó a detestarlos y a fijarse exclusivamente en la belleza y el atractivo de sus compañeras.
Pocos días después, en el último diálogo sostenido con Vartar antes de su cumpleaños y de su traslado al área destinada a las mujeres mayores de dieciocho años, se atrevió a preguntarle, mientras limpiaba una de las caballerizas, cómo hacía una nación compuesta únicamente por hombres homosexuales y mujeres esclavas para reproducirse. La respuesta del joven capataz llegó después de una sonrisa socarrona:
–Es un proceso inventado hace mucho tiempo, por alguien que fue líder de este imperio, o por lo menos eso dicen los ancianos… Te puedo contar de algo llamado inseminación artificial, y consiste en introducir la semilla del hombre en el útero de la mujer sin la necesidad de que tangan relaciones, y lógicamente a partir de ahí se forma la nueva persona. Ahora, te preguntarás qué mujeres son las encargadas de eso y te puedo decir que son las eslavas más bonitas, una vez cumplen los veinticinco años.
Si lo dicho por Vartar acerca de la belleza de ella y de su hermana era cierto, no cabría duda acerca de su función cuando llegaran a la edad señalada. Al preguntarle acerca de la clase de vida llevada por estas mujeres, el joven capataz respondió:
–Es lo mejor que le puede pasar a una de ustedes, creo yo… Se dedican únicamente a tener hijos, viven en buenos lugares, trabajan muy poco y en cosas suaves, no son víctimas del látigo ni de la cruz, y a pesar de tener algunas restricciones, la pasan mucho mejor que una esclava cualquiera.
Las restricciones, según las palabras de Vartar, consistían en llevar cadenas en las muñecas y los tobillos, permanecer en sus habitaciones la mayor parte del día y salir a tomar el sol por un par de horas, algo no muy lejano a la vida llevada por una prisionera cualquiera en su anterior país, pero percibida como un paraíso si lo comparaba con su vida actual.
–Se dedican a eso gran parte de sus vidas… La idea es que cada mujer pueda tener al menos una docena de hijos.
Pero la información más sorprendente, recibida por Estefanía, fue la explicación acerca del método utilizado por aquellos hombres en aras de manipular las preferencias sexuales de los niños creados bajo ese sistema:
–El bebé solo permanece un año al lado de su madre, después lo retiran a un lugar bastante atractivo, pero totalmente aislado… Allí no ven mujeres por varios años… Básicamente crecen sin conocer la existencia de ellas, y de esa manera terminan desarrollando atracción hacia sus compañeros.
Pero no solamente el concepto de aquel desconocimiento impactó a la hermosa esclava; también le pareció increíble la prueba a superar por aquellos muchachos, quienes debían tener relaciones sexuales con al menos dos de sus compañeros, antes de poder salir a disfrutar del mundo exterior, una vez cumplidos los dieciocho años. Aquella filosofía, esa organización, salida de los cabellos según el concepto de Estefanía, parecía estar basada en fanatismos extremos, en gente mentalmente enferma. No criticaba el homosexualismo, siendo ella una muchacha quien se consideraba a si misma lesbiana, a pesar de nunca haber besado a nadie; pero forzar a unos inocentes niños a tomar un camino predeterminado, sin la opción de decidir por sí mismos, solo era una prueba más de haber sido hecha prisionera y esclavizada por un pueblo salvaje y mentalmente subdesarrollado.