ELINA
La reacción de ambos es inmediata, Zane abre los ojos con sorpresa, sin embargo no se mueve de su lugar, pues ya desde que entré noté que él estaba en su silla en una posición rígida, casi incómoda, mientras la rubia se acercaba a él, ella por su parte se pone de pie de un salto y hace una reverencia hacia mí tan pronto me ve, pero yo le respondo entrecerrando mis ojos hacia ella, lo cual hace que ella se ponga aún más incómoda.
“Veo que estás ocupado,” le digo a Zane con un tono molesto, y él sacude su cabeza al instante.
“La señorita Trenton vino aquí como enviada del reino Silver Moon, ella me estaba diciendo…” él empieza a explicarse y yo lo detengo de inmediato.
“Lo que sea que estuviera diciendo la señorita sonrisas aquí presente no es más importante que lo que yo vengo a decir… así que es mejor que te vayas,” añado lo último mirando a la rubia directamente.
“Elina, no seas grosera…” Zane intercede.
“¡AHORA!” añado levantando la voz, y la rubia se sobresalta antes de emprender su huida de la oficina.
“Ah, y ¿Señorita Trenton?” le digo y ella se detiene justo en la puerta de la oficina, se gira hacia mí con una mirada atontada y responde con voz de pajarito:
“¿Sí, su majestad?”
“Eso…” le digo señalando una de las sillas frente al escritorio de Zane, “Es una silla que se usa para que las personas como tú pongan su huesudo trasero en ellas mientras hablan con los esposos de otras, así que le convendría recordar esta información en el futuro,” añado con tono mordaz.
“Yo… lo siento, majestad, no volverá a suceder,” ella responde.
“Oh, por supuesto que no volverá a suceder porque la próxima vez no le quedarán piernas con las que sentarse… ¿fui lo suficientemente clara?” le pregunto mientras veo su rostro palidecer.
“Sí, majestad,” ella responde mientras asiente y luego se va rápidamente de la habitación.
“Eso fue completamente innecesario,” Zane me dice con tono divertido y yo le disparo una mirada furiosa.
“Desafortunadamente me toca hacer de la esposa psicópata cuando mi supuesto esposo no es capaz de poner las sanguijuelas en su sitio,” le respondo con rabia y él sacude la cabeza.
“Sé que esto no es por celos porque sabes bien que ella no se podría comparar contigo, pero de todas formas quiero que sepas que le había pedido ya que se sentara en una silla y estaba a punto de pedirle que se fuera, justo antes de que entraras,” él me dice con expresión de cachorrito y yo entrecierro mis ojos hacia él.
“Si no vas a ser capaz de respetarme y darme mi lugar, lo haré yo misma y no te va a gustar en absoluto,” le digo y él inclina su cabeza hacia un lado, pero, aunque parece que se muere por decirme algo, simplemente se queda callado por unos instantes.
“¿Cómo estuvo tu viaje?” él me pregunta, y por alguna razón su tono pareciera querer implicar algo más.
“No estuvo tan bien, no pudimos encontrar nada,” le respondo y él asiente.
“Te dije que era una pérdida de tiempo,” él me dice y yo ruedo mis ojos.
“Claro que no es una pérdida de tiempo, necesitamos encontrar al culpable del ataque a nuestro campamento, no descansaré hasta encontrar a quien se atrevió algo contra mis bebés,” le digo con tono frustrado.
“Nuestros bebés,” él añade con voz seria de repente.
“Además, ya tenemos a los culpables, sólo que tú te rehúsas a creer en las pruebas que lo incriminan y prefieres irte en búsquedas inútiles que no le sirven a nadie, y lo único que logran es levantar rumores y habladuría en el palacio, además de que me dejas solo atendiendo a todos los compromisos a los que tú deberías asistir también,” él añade con evidente molestia.
“Sabes tan bien como yo que esas pruebas no son suficientes para iniciar una guerra, gente inocente morirá si no nos tomamos el trabajo de verificar bien quienes son los responsables de esto,” le digo y él resopla con incredulidad.
“Es irónico, ¿no te parece?” él me pregunta y yo frunzo el ceño con confusión.
“¿A qué te refieres?” le pregunto.
“Que llegues aquí a amenazar a una pobre chica por acercarse demasiado a mí, mientras estás demasiado preocupada por encontrar algo que exculpe a ese imbécil que asesinó a tu padre, y luego me pides que te de tu lugar cuando ni tú misma pareces estar segura de a dónde perteneces,” él me dice con voz molesta, y yo me sorprendo por sus palabras.
“No estoy intentando exculpar a nadie, pero es nuestro deber como regentes pensar en la vida y el bienestar de las personas a nuestro cargo, y parte de eso incluye evitar entrar en guerras innecesarias,” le digo y él sacude su cabeza.
“Te hace falta tener un poco de coherencia, cariño,” él responde.
“¿Perdón?” le digo molesta.
“¿Se te olvida que fuiste tú quien quiso declararle la guerra a los Varks desde el primer día?” él me dice, y yo aprieto mis labios con incomodidad.
“Sí, pero en ese momento me dejé llevar por la ira y eso es algo que no podemos hacer como regentes, debemos pensar con cabeza fría antes de tomar ese tipo de decisiones radicales, y eso es precisamente lo que estoy tratando de corregir con esta búsqueda,” le respondo, y Zane entrecierra sus ojos hacia mí.
“¿Estás segura de que no estás tratando de corregir algo más?” él me pregunta.
“¿Puedes hablar claro? Has venido diciendo cosas extrañas desde que llegué, si tienes algo que decirme, hazlo directamente y no a través de acertijos,” le respondo.
“Está bien, si eso es lo que quieres…” él me dice mientras se levanta de su escritorio y se acerca a mí hasta estar a tan sólo un paso de distancia, luego se inclina hacia mi oído y susurra:
“¿Qué tal estuvo tu paseo por el bosque?”