CAPITULO IV: EL GUARDIÁN DEL ESTABLO Y LA DOBLE DUALIDAD - 2da PARTE

908 Words
Mientras Arthur estaba en la Academia, Katrina cumplía con su rol dual de madre y profesional. El living de la mansión, inundado por la luz tenue del atardecer, era ahora su oficina improvisada. Los niños merendaban en la mesa baja mientras Katrina tecleaba en su laptop, organizando los últimos detalles de la exposición del sábado en Londres. Su mundo se había reducido a pantallas, archivos y la caótica energía de sus hijos. ​"¿Mami, el caballo Betún puede ir al colegio conmigo?" preguntó Patrick, con los ojos llenos de ilusión mientras sorbía su jugo. ​Katrina rió, sin despegar la vista de la pantalla. "No, mi amor. Betún se queda en el establo. Pero llevamos un dibujo de él, ¿sí?" ​Margaretã intentó llamar su atención dibujando con gelatina sobre la mesa. Los mellizos, Philips y Elizabeth, gorjeaban, intentando entrar en la conversación. ​"¡Mamá, mamá!" gritó Margaretã. ​Katrina cerró la laptop con una sonrisa forzada. "¡Muy bien, mis pequeños! Hora de escuchar a mamá." Se inclinó, abrazándolos a los cuatro. Por unos minutos, el Edén era solo suyo, una burbuja imperfecta de amor maternal. ​A varios kilómetros de allí, en el corazón de la Academia, Arthur sentía que el aire se asfixiaba. Estaba en su antiguo despacho, firmando una montaña de boletines de calificaciones antes de las vacaciones de invierno. La puerta se abrió y entró Lenna Linz, su exnovia antes de que llegara Katrina. Su cabello rubio enmarcaba el rostro. ​"Te ves tenso," dijo Lenna, con una familiaridad que le revolvió el estómago. Se acercó y observó su trabajo. ​"Algunos problemas," respondió Arthur, sin levantar la vista. Terminó de firmar los últimos documentos y cerró la carpeta con un golpe seco. ​Lenna se recostó contra el escritorio, deteniéndolo. "Te invito un café. Pero aquí no. En casa." ​Arthur sintió una punzada de culpa. "No, Lenna. No debería." ​Ella se deslizó hacia él, y sus ojos azules, idénticos a los que recordaba, se humedecieron. "¡Vamos, Arthur! Jamás me vas a perdonar que hace seis años atrás aborté porque no estaba lista, ¿verdad? No seas así. Necesito que hablemos." La mención del aborto era su arma más poderosa. ​Arthur se rindió con un suspiro pesado, la fiera dentro de él buscando una excusa para huir del Edén. "Mira, acepto el café. Pero no toquemos ese tema. Se quedó en el pasado." ​Lenna sonrió, una victoria sutil. "Lo que tú quieras, Arthur." ​Katrina miró el reloj de la cocina: las nueve de la noche. La cena había terminado, y la silla de Arthur seguía vacía. ​"Seguramente se entretuvo con algo o alguien," siseó Elizabeth, la madre de Arthur. ​Katrina sintió la sangre hervir, pero mantuvo la compostura. "No necesito sus insinuaciones, Elizabeth." Se paró de la mesa, pagando la laptop y dirigiéndose a los establos. Necesitaba consuelo en Danza. ​"¡Oh, perdón, Marcial!" exclamó, al verlo trabajando. "No sabía que estaba aquí tan tarde." ​Marcial se giró, su mirada oscura e intensa. "No se preocupe, señora. No es molestia." ​Katrina se acercó a Danza. "Arthur no ha vuelto. La casa está demasiado tensa. Demasiados ojos." ​"Aquí el aire es más limpio. Los caballos no juzgan." ​"Usted tampoco," dijo Katrina, su voz apenas un susurro. ​El diálogo continuó, superficial, pero la comprensión era mutua y profunda. La frustración y la soledad de Katrina eran palpables, el control estoico de Marcial era la invitación. ​Cuando ya no hubo charla, se hizo un silencio tan denso que casi dolía. La tensión era electricidad pura. Marcial comprendió el lenguaje no verbal, el deseo desesperado de Katrina de romper la fachada. Se acercó a ella, su voz baja y ronca. ​"Solo si usted me da bandera roja, señora, yo avanzo." ​Katrina sintió que el mundo se detenía. La pregunta era su pasaporte a la libertad. Ella asintió, despacio, con un gesto casi imperceptible. Bandera roja. ​Marcial la tomó de los muslos, levantándola y apoyándola contra la pared del establo, besándola con una furia que igualaba la propia necesidad de ella. La sujeción física era la liberación emocional. Metió su cabeza debajo de la falda de Katrina, corrió las bragas a un lado, y ella sintió su lengua moverse con un conocimiento profundo, despertando sensaciones que había olvidado. Ella respiraba agitada, buscando el borde del placer. Desabrochó su blusa, y Marcial se la quitó de una forma salvaje, liberando su cuerpo. Katrina, a cambio, desprendió el pantalón de Marcial. Él la bajó, guiándola hacia la gran alberca de agua fresca utilizada para los caballos. ​El agua estaba oscura, fría, un contraste brutal con el fuego que se encendía entre ellos. Marcial se colocó un condón y la penetró con fuerza y necesidad. La pasión de él era un torrente que ella absorbía. ​"¡Más... así... más!" gritó Katrina, desbordada por el éxtasis. Marcial le dio nalgadas rítmicas, un acto de posesión y entrega que ella no solo aceptaba, sino que pedía, una rendición total al riesgo. Era el escape perfecto del Edén. ​Arthur, mientras tanto, hacía lo suyo con Lenna. En el despacho de la dirección de la Academia, el silencio solo se rompía por los suspiros que la fiera de Arthur le arrancaba a su exnovia, en una traición paralela que sellaba el destino de su matrimonio.
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