VIII

2306 Words

VIII Se abrió la portalada. Estábamos en un patio, todo poblado de arbustos y tupido de enredaderas que trepaban por la fachada del caserón, sin dejar adivinar mucho de su arquitectura. Enredaderas y arbustos estarían cuajados de flor, porque allí olía a gloria, a ese perfume divino, inaccesible a la ciencia del químico y que únicamente destila en sus misteriosos alambiques la Naturaleza. Sentadas en bancos de piedra y sillas metálicas, tomando la luna, vimos a unas cuantas personas que se levantaron al entrar nosotros y vinieron al encuentro del Padre con exclamaciones de júbilo. Como sólo a él hicieron caso en los primeros instantes, pude enterarme bien de la composición del grupo. En primer término, mi tío, vestido de dril claro, próximo a una señorita de mediana estatura, de silueta

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