XII Esta convicción se me impuso, y no sé si me fué dolorosa o grata. Sé que hizo en mí una especie de revolución interna, renovando aquel sentimiento de repugnancia invencible que me inspiraba mi tío, y reforzándolo con todo el desamor que creí notar en la novia. A la vez me preguntaba con rabiosa curiosidad: ¿Por qué se casa esta mujer? Tres o cuatro días bastaron para convencerme de que sólo mi madre podía imaginar que en su casa trataban mal a Carmiña. Doña Andrea apenas componía papel, como no fuese el pasivo de un ama de llaves muy antigua, versada en los misterios domésticos, y bastante esclava de su trabajo. Creo que el único privilegio que disfrutaba doña Andrea en calidad de odalisca retirada, era el de sostener conversación más frecuente de lo debido con la bota del vino añejo

