Los habitantes del pueblo se abrieron paso para ver como el rey bajaba con esa omega del que todos hablaban, se hicieron a un lado dejándolos pasar y los rumores no se hicieron esperar. Era una abominación con la que su rey acababa de llegar al mercado. Nunca se sintieron más avergonzados de tener un rey como ese, llegar al extremo de llevarla como si nada ya era demasiado.
— Sigan con sus labores, no hay nada que ver — pidió de manera educada—. Les recomiendo que si tienen algo que decir se ahorren sus palabras. No quiero repetir que sigan con sus labores.
Todos los presentes pretendieron seguir con sus cosas, pero esa omega con la que estaba el rey era demasiado pálida, parecía un vampiro, uno de esos que solamente salían si los lobos molestaban, pero nada más que eso.
Dayana se abrazó a sí misma mientras caminaban hacia donde estaba un puesto de frutas. Fue una mala idea salir de su habitación, todas esas personas se la quedaban mirando raro y peor aún era el hecho de que todos la miraran como el bicho raro que el rey tenía a su lado. Sin duda quería morirse y acabar con su miseria.
— Aquí tiene —Thiago le pasó unas monedas de oro al vendedor—. Espero que esto sea más que suficiente.
— Esto es mucho más de lo que hacemos en un mes —hizo una reverencia—. Muchas gracias, mi Rey.
Thiago asintió, pasándole una manzana a Dayana. Siguieron caminando por los puestos de comida, aun con todas las miradas sobre ellos no se detuvieron en donde se imaginaba que estaban hablando de ella, que lo único que hacían era herir los sentimientos de la omega. El alfa no tuvo de otra más que colocarle su capa en la cabeza, para que no siguiera escuchando las basuras que su propia gente decía de la persona que estaba a su lado.
Ellos se estaban creyendo los mitos, que decía que las omegas no son más que una abominación, una maldición que debía de ser eliminada antes que ellas acabarán con sus vidas.
— Ven aquí —la acercó a él—. No prestes atención —le colocó la capa sobre los hombros y la aseguró bien para que no se cayera.
— No tienes porque hacer esto —Dayana puso su mano sobre las de él, ganándose algunos jadeos de asombro por ese gesto—. Perdón.
— No tienes porque disculparte —acarició su rostro—. Son cosas que poco a poco se irán y verás que estaremos bien juntos.
— Ojalá sea de esa manera —la omega hizo un puchero, de manera inconsciente—. No deseo que nadie piense que le hice un hechizo al rey para que esté conmigo. No sería capaz de hacer tal cosa en contra del usted.
— Lo sé —le sonrió—. Eres demasiado buena para este mundo y las personas lo verán en su momento —besó su frente—. Sigamos.
Entrelazó sus dedos con los de la omega. Pasaron el resto del día visitando algunos lugares y lo único que pudo hacer la omega fue quedarse en silencio mientras todos hablaban de mitos o rumores que no entendía. El oro que Thiago tenía se terminó en cuanto llegaron a la última casa y el camino de regreso al palacio los esperaba. Los pies de la omega dolían, por lo que terminó por quitarse el calzado y recostar su cabeza en el asiento, para dormir. Esperaba que al menos alguien se hubiese animado a hacerle algo de comida, porque moría de hambre.
No tenía idea de que todos los habitantes querían tanto a Thiago como a su rey, ellos no cuestionan sus leyes, sus normas y muchos menos sus órdenes, esas personas merecían mucho más de lo que tenían.
El castillo eran de concreto, no había una sola en malas condiciones, los cobradores de impuestos eran justos y si en algún momento los deudores se pasaban con algunas monedas, estas eran devueltas de inmediato.
— Debes de tener hambre —la cargó en cuanto llegaron—. No es la primera vez que lo hago, así que debes de relajarte. Tu rey te tiene en este momento.
— Lo sé —la omega cerró los ojos—. Tengo mucho sueño y no estoy segura de si encontraré algo que comer y que no contenga piedras.
— Descuida —rozó su mejilla—. Dejé la orden de que hiciera comida para ambos.
— Eres un gran rey, mi señor —murmuró la chica, antes de soltar un pequeño bostezo—. Por esa razón es que tu pueblo acepta todas las cosas que has hecho por ellos.
— Todos quieren a un rey que sea benevolente y que los ayude —dijo subiendo los peldaños que daban a la puerta principal del palacio — Me gusta ayudar. Mi padre los ayudaba sin pensarlo —los guardias abrieron las puertas—. Siempre me decía que el dinero no es lo que hace a un rey, sino la manera en la que ayuda a las personas.
— Toda la razón.
— Mi rey —la misma beta que la encerró apareció por las puertas del comedor—. ¿Podemos hablar en privado? ¿Cree que pueda tener unos minutos de su tiempo?
— Yo puedo caminar hasta la habitación por mi misma —bajó su cabeza— Me retiro.
— De acuerdo. Daré la orden de que te lleven algo de comer.
Dayana dejó que se quedaran hablando entre ellos. Mientras más lejos estuviera de esa beta, ahora de seguro buscaría la manera de estar en la cama del rey. No conocía bien como los reyes manejaban a sus amantes. En el palacio de su padre las concubinas tienen un espacio enorme y su padre iba a veces en busca de una para que no se sintieran solas y si estas no cumplían con sus obligaciones las devuelven con sus padres o si estas no querían las ponía a trabajar en el castillo.
— Mi rey —la beta se puso delante de él—. Desde que esa omega llegó, no lo he visto…
— Siempre me ves porque no tienes una vida —cruzó los brazos en su pecho—. Estoy seriamente considerando el hecho de entregarte a tu familia para que hagas algo productivo.
— ¿Qué? —preguntó con un hilo de voz—. ¿Sé está escuchando?
— Es más que obvio que no haces nada más que salir de tus aposentos a husmear en los pasillos —ladeó la cabeza—. Ya te lo dije antes, no deseo estar más contigo. No eres nada que no haya tenido antes y que luego me aburra, ¿Es que acaso no tienes amor por ti misma?
— Lo tengo, pero es todo para usted —la beta hundió sus hombros—. En verdad lo quiero tanto que duele…
— No sigas humillándote —la detuvo—. Hagamos esto por todas las de la ley —se acercó—. Si sigues con esto, firmaré un decreto en el cual establece que irás con tus padres, no podrás pisar el palacio a menos que yo dé la orden y con eso los alrededores —la mirada de la beta se tornó oscura—. Y si intentas hacerle algo a Dayana, créeme que yo no dudaré en matarte con mis propias manos.
— ¡Es una omega!
— ¿Y eso qué tiene que ver? —la miró con severidad y la beta temió por su vida en ese instante—. ¿Crees que no sé que tú tienes que ver con lo que le pasó la semana pasada?
— No…
— No sigas con tus mierdas alrededor de mí, porque soy muy capaz de matarte —habló con voz oscura, algo que cualquier persona que conociera al rey sabría que era la firma de muerte—. Voy a protegerla a cualquier costo… y si con eso debo romper cualquier trato con tus padres, no me importaría.
— Apenas la conoces… —apenas pudo hablar, porque el olor de las feromonas que dejó salir el rey por estar enojado eran demasiado fuertes.
— La conozco más de lo que crees —la soltó—. No sigas con tus mierdas, porque juro que te mataré.
La beta cayó al piso tosiendo en busca de aire. Nada estaba saliendo como lo tenía planeado desde que el fenómeno llegó, esa omega siempre estaría un paso adelante en cuanto se tratara del rey. Si no podía tenerlo por las buenas, lo tendría a las malas.
Dayana se lamió los dedos por lo deliciosa que estaba la comida. Hace unos minutos Simón entró a la habitación para darle de comer, sin embargo, prefirió quedarse en la biblioteca para seguir leyendo los libros que estaban ahí. Se interesó bastante por los libros que ahora no podía dejar de leerlos.
Incluso, su voz podía pronunciar las palabras de manera correcta, bueno solamente algunas porque su lectura no ha mejorado debido a que su padre le quitó sus profesores, no pudo darse el lujo de seguir leyendo seguido. Algunas veces pensaba que en todos los lugares las personas iban a maltratarla o simplemente a mirarla con miedo por ser una omega que se suponía que debía estar extinguida hace cientos de años.
— Nunca quieres salir de aquí —Simón entró con una bebida refrescante—. Ahora te pasas todos los días aquí y solamente sales en la noche… estás muy pálida.
— Me gustan los libros que el rey tiene —le dio otro mordisco a la carne—. Además, no tengo con quien conversar en mis días y no puedo retenerte siempre conmigo, aunque seas mi sirviente personal.
— Lo sé —se sentó frente a ella—. Ahora que estoy contigo, afirmó que los ancianos únicamente dicen mentiras.
— ¿Cómo?
— Aún sigo con vida, tú estás aquí hablándome y yo no me siento hechizado o algo parecido.
— No sé cómo tomar esto —rio tiernamente—. Me gusta que estés conmigo. Eres mi mejor amigo.
— ¿El rey no es tu amigo también?
— El es el dueño de mi corazón.