Trisha arrastró la última de las ramas y las agrupó cerca de la montaña de musgo que había recogido antes. La tormenta rugía con fuerza en el exterior, y estaba temblando por la combinación del agua que la había empapado, la frialdad de la cueva que había encontrado y el fuerte viento que entraba por la estrecha obertura. Pero primero lo primero: tenía que encender un fuego. Acercó las hojas en las que había las virutas de madera y eligió un puñado de musgo seco que había reunido antes de que la alcanzase la tormenta. Le había llevado casi una hora reunir suficiente madera, musgo y hojas después de encontrar aquella pequeña cueva, pero había trabajado con rapidez, limpiando una zona lo bastante grande como para poder formar un pequeño escondite. La cueva, si es que se podía llamar así, se

