Miré a Eduardo un tanto aturdido por lo que había pasado, y no lo culpaba. Al final de cuentas, la maldita aura de Gabriele era casi aplastante, a mí me sucedió cuando lo conocí, pero con el tiempo me había acostumbrado. —¡Gabriele Winchester! —tapé sus ojos y él se detuvo —quiero que me bajes en este momento, no pienso irme contigo y dejar a Nahomi aquí sola. Seguramente la has espantado como siempre haces. —No te voy a soltar. —Si no me sueltas en este momento, voy a enterrar mis uñas en tus ojos. Sabes bien que soy capaz de hacerlo. Hice presión con mis dedos pulgares y Gabriele comenzó a quejarse. Fue entonces cuando él me bajó con sumo cuidado y alzó su cabeza con un orgullo herido. —¿Acaso lo ha domado? —Una de las personas que había venido a la discoteca murmuró —. Es increíble

