En los ojos de Gabriele no había juicio alguno, él parecía ser otro hombre cuando estaba conmigo y eso me terminaba por descolocar por completo, porque se suponía que me debía juzgar y señalarme como muchos harían en su lugar. Pero él, en cambio, solo sabía verme con un amor que no sabía bien si merecía. Al final de cuentas, una mujer que abre tan fácil las piernas a un hombre era de todo menos digna de un sentimiento tan maravilloso. —Pero Gabriele, entiende lo que estoy diciendo. Se supone que una mujer debe ser de un solo hombre y no de muchos. —No me importa ser el primero, el segundo, el tercero o el vigésimo. Lo único que quiero es que tú me escojas a mí para caminar a tu lado por lo que te reste de tiempo. —¿Cómo es que vienes con esas cosas en estos momentos? Siempre vas a ser

