Un manto negruzco con azul oscuro y tonalidades púrpura, repleto de estrellas, se ciñe sobre ellos. Un cielo perfecto para la ocasión. A Noah solo le lleva un par de segundos tomar esta decisión. No entiende porque lo hizo. Es el sitio al que recurre cuando se siente abrumado y necesita alejarse del mundo. Jamás sintió la necesidad de compartir su lugar especial con nadie, y mucho menos con una mujer. —¡Dios mío! —Ella se lleva las manos a la cara—. Que chiste tan malo. Es el tercero que dice Noah desde que descendieron del auto y se sentaron, uno al lado del otro, sobre el improvisado trozo de tela que él puso en el engramado suelo, para evitar que su acompañante se ensuciara el pantalón. Ambos disfrutan de la hermosa vista nocturna de California, al borde de un mirador natural. Eun

