Capítulo 6 - Noah

2206 Words
Sonrío con amplitud al recordar lo que acaba de suceder. Aminoro la velocidad de mis pasos y miro a ambos lados de la calle. Cruzo y dejo escapar un suspiro. ¡Jah! Y yo que pensaba que iba a ser un día de mierda, empezando con que el mecánico que está revisando mi coche me avisó hace un par de horas, que mi auto no estaría listo sino hasta la tarde. Lo más frustrante del caso es que ya iba de camino al concesionario cuando recibí su jodida llamada. Tampoco he podido pegar un ojo en toda la noche, pensando en el montón de cosas que tengo que hacer antes de viajar a Canadá para la boda de mi hermana. Aunado a todo esto, tengo que rodar una escena en un par de minutos junto a una de las actrices más egocéntricas del mundo, pero tengo que hacerlo porque mis fans lo piden a gritos desde hace mucho tiempo. Además, la paga es muy buena. No todos los días te pagan diez mil dólares por una hora de tu tiempo. Mi móvil suena, sacándome de mis cavilaciones. No me molesto en mirar la pantalla porque sé a la perfección quien es. —Ya voy llegando, Ryan. En diez minutos estaré allí —le digo a mi amigo, quien desde hace unos tres años es mi asistente. —¡Gracias al cielo, Noah! Acá todos me miran con cara de pocos amigos. Josh está a punto de perder la cabeza, pues Leah no deja de preguntar por ti. Sabes que a ella no le gusta esperar. —Me importa una mierda lo que le guste o no a ella. El rodaje está pautado para las doce y treinta. —¿Y qué hora crees que es? —inquiere Ryan. Me despego el móvil de la oreja y miro la hora. Son las doce con cuarenta y cinco. Cierro los ojos con fuerza y vuelvo a poner el móvil en mi oreja. —Mierda —digo entre dientes—. Ya estoy llegando —le indico al hombre que está al otro lado de la línea—. Tuve que tomar el subterráneo, porque el imbécil de Karl me avisó esta mañana que mi auto no estaba listo, y ya iba llegando al concesionario. —¡Joder, Noah! Me hubieses dicho y te habría pasado buscando. —No te preocupes. Diles que ya estoy por llegar, que hubo un percance en el subterráneo y que estuve varado casi una hora mientras lo solventaban. —Vale. Date prisa. La llamada finaliza y no puedo reprimir mis ganas de reír por lo surreal de la situación. ¡Perdí la noción del tiempo entre los brazos de esa linda señorita! Y vaya que me la pasé muy bien. ¿Quién lo diría? Sexo duro y puro en el baño de la estación del metro. Vuelvo a sonreír como idiota, recordando los gemidos de Eun-Yeong, muy cerca de mi oído. No logro entender cómo es que me dejé llevar de esa manera. No es que no lo hubiese hecho antes, sino que jamás lo hice antes del trabajo, pues debo ahorrar todas las energías posibles. Pero hubo algo en esa mujer que me hizo despertar ese lado atrevido que solo muestro ante las cámaras. ¡Dios! Desde que la vi entrar al vagón, no pude dejar de mirarla, con esa inmensa preocupación reflejada en su rostro. Noté como ella me miraba y lo nerviosa que se puso cuando la atrapé haciéndolo. Su mirada fue tan penetrante, que tuve la sensación de ser sometido a un escáner. El rubor en sus mejillas, la delató. Saberme observado de esa manera, me encanta. Saber que soy el centro de atención, de cierto modo, me excita mucho. Luego una cosa llevó a la otra, y después estaba corriendo por la plataforma de la estación, llevando a rastras a una asustada mujer, hasta un baño público, donde terminé teniendo sexo salvaje con una recién conocida. ¡Un polvo fascinante! Cabe destacar. Había olvidado lo bien que se siente estar con alguien porque así lo deseo y no por cumplir. Tener sexo, sin nadie que me mire, además de mi amante de turno, es algo que no sucede con mucha frecuencia, y cuando pasa, me gusta disfrutarlo al máximo. En los últimos días, tener relaciones sexuales se ha convertido en algo monótono y me urgía innovar. ¡Vaya manera en que lo logré! Vuelvo a sonreír, complacido, ante el deber cumplido. —Eun-Yeong —saboreo su nombre, mientras la rememoro por completo… Ese cabello castaño enredado entre mis dedos, esos ojitos rasgados mirándome con deseo, esa boquita rosada dándome placer, esa piel suave ardiendo contra la mía… ¡Santo cielo! Tengo que respirar profundo para aplacar el repentino calentón que se apodera de mí, y decido que aprovecharé esos recuerdos dentro de un par de minutos. Sacudo la cabeza con fuerza y me obligo a pensar en otra cosa. Al fin de cuenta, Eun-Yeong solo ha sido un encuentro más del montón. Ella lo dejó claro con su actitud al salir de aquel baño. Y por eso me largué como lo hice, para ahorrarle el momento incómodo a esa preciosa dama, puesto que percibí su malestar. Yo tampoco estaba preparado para lidiar con todo aquello. Además, se le notaba a leguas que no es el tipo de persona de andarse enfrascando en líos románticos. Es práctica. Y eso me agrada muchísimo en una mujer. No me doy cuenta en que momento llego a mi destino. Atravieso la puerta principal del estudio como un tornado y me encamino hacia el set de grabaciones. En el trayecto aprovecho para saludar a unas cuantas ex compañeras de escenas, con las que mantengo una muy buena relación de “amistad”, ¿y por qué no? Con una que otra acabo enredado entre las sábanas de una cómoda y amplia cama. Durante toda mi vida (bueno, no toda, sino a partir de mis quince años de edad, cuando logré superar una etapa difícil para mi autoestima) no he sabido si tomar mi belleza física —y disculpen si peco de arrogante, pero la modestia no es una de mis virtudes— como una bendición o como una maldición, pues la mayoría de las veces, las mujeres solo me buscan para saciar sus apetitos carnales. Una sola vez logré una conexión más allá de la piel, y fue con una mujer diez años mayor que yo, así que siempre que puedo, huyo de las jovencitas, ya que ellas solo recurren a mí, porque de cierto modo ven una manera de llevar a cabo una de sus fantasías. ¡Jodido Christian Grey! Desde que la dichosa trilogía erótica se hizo famosa, mi vida no volvió a ser la misma. Casi todas la mujeres con las que me relaciono, terminan pidiéndome que adopte el rol del famoso dominador traumado, y eso sin mencionar que un par de veces me tocó grabar escenas inspiradas en las populares novelas. Y dicho sea, además, en algunas ocasiones he tenido que atar y azotar a más de una mujer, no porque sean sumisas y disfruten de manera sana de estas prácticas sexuales, sino porque desean sentirse como las protagonistas de ese tipo de novelas. A mí me encanta el sexo. Eso hay que dejarlo claro. Me va el rollo b**m, así como también disfruto de las prácticas sexuales convencionales. ¡Follo desde que tenía trece años de edad! Desde que mi prima Meredith, siete años mayor que yo, me desvirgó. Con mis diecinueve años de experiencia en las artes amatorias, he probado diversas técnicas, excepto las homosexuales. No tengo nada en contra de los hombres que disfrutan del amor entre ellos, solo que nunca fue algo que llamara mi atención. Para mí, no hay nada más hermoso que un par de lindas tetas (si son naturales, mejor) y un buen trasero femenino; sin olvidar una cintura estrecha (aunque esto depende también. He conocido rellenitas que me han dejado noqueado después de una ardua sesión de sexo salvaje) y un precioso par de piernas (de preferencia si estas rodean mis caderas). Disfruto mucho experimentando. Términos como king out, tickling, sexit, humming, carezza,squirt, postillonage, splosh, petting, bluetoothing, bangover, voayeur, footjob, precop, dogging o cancaneo, entre otros, son muy comunes para mí, aunque este último lo practico con muy poca frecuencia. En realidad, lo he hecho solo tres veces, contando lo que sucedió esta mañana. Aunque un baño cerrado a cal y canto, ya sea público, no cuenta como tal. Yo lo definiría como dos adultos que se gustaron a primera vista, buscaron un lugar privado para dar rienda suelta a la imaginación, y ya. También tengo algunos fetiches. Me encanta que las mujeres usen tacones muy altos y tengo particular debilidad por las manos femeninas y más cuando llevan las uñas pintadas estilo francesas. No es que sea un pervertido, sino que el 50% de mi mundo gira en torno al sexo, pues así me gano la vida. El otro porcentaje lo reparto entre mis otras dos pasiones: la gastronomía y el CrossFit. Yo, Noah Levesque, me describo como un hombre alto, de un metro con noventa y tres, para ser exactos, de cabellera castaña abundante que me llega a ras de la quijada. Mis ojos entre azul y gris, que se tornan verdosos cuando me enojo y gris plomo cuando estoy en completa calma. Mi oftalmólogo dice que soy un raro caso de “Heterocromía emocional”. Uno de mis rasgos más destacados es mi sonrisa. Nunca tuve problemas de ortodoncia ni mucho menos. Las mujeres dicen que poseo una dentadura perfecta, delimitada por una boca que a muchas le incita a pecar. ¡Joder! Que no lo digo yo. Lo he escuchado entre pasillos, ¡me lo han dicho a la cara! Además, siempre procuro vestir de manera elegante o casual. Nunca dejo al azar lo que voy a ponerme. Soy del tipo de hombre que combino el color de mis medias con el color de mi pantalón, y siempre procuro oler bien. La seducción entra por la nariz, o al menos es un consejo que siempre les doy a mis amigos. Poseo una licenciatura en administración de empresas, aunque nunca me vi en la necesidad de ejercerla, pues desde muy joven me dedico a trabajar en la industria del “entretenimiento” para adultos. Sin embargo, en un par de semanas tendré que recurrir a los conocimientos adquiridos en Moonpark College. —Gracias al cielo ya estás aquí —dice Ryan al verme, interrumpiendo mis pensamientos—. Ten. Ponte esto rápido —me pasa algunas prendas de vestir. Miro la ropa de reojo y la tomo, percatándome que Leah Red, mi compañera de faena, me mira con desaprobación y niega con la cabeza. Hago caso omiso a su hostilidad y prosigo a hacer lo que me acaba de solicitar mi amigo. —¿De qué va la escena de hoy?—indago. Son tantas las pautas que grabo al mes que es fácil confundirme. —Entrenador personal —me indica mi asistente. —¡Cierto! —Lo recuerdo—. Cada día son más cliché. —Es lo que le gusta a la gente —Ryan se encoge de hombros. Sin perder tiempo, me cambio de ropa y me dispongo para que la maquillista, espolvoree un poco de polvo en mi nariz. —Me alegra mucho que por fin te nos hayas unido —comenta Leah con cierto desdén, acercándose por mi derecha. —Lo siento mucho —mascullo, más por ser cortés que por darle explicaciones a esta rubia arrogante—. Hubo una falla en el subterráneo y… —Sí. Ryan nos dijo —me interrumpe, a la vez que pasa sus manos por mis hombros y me sonríe con fingida diplomacia. Si no es porque me van a pagar una alta suma de dinero por la escena que vamos a grabar, ni en un millón de años pensaría en tener algo que ver con esta mujer tan petulante. Es una mujer preciosa, con un cuerpo de infarto y un rostro perfecto, pero su forma de ser deja mucho que desear. Cree que el mundo gira en torno a ella y que todos debemos rendirle pleitesía. Se vale de su condición de ser la actriz con el mejor ranking para comportarse como toda una perra egocéntrica. En definitiva, pediré la ayuda de Clementine, la guapa chica que cumple la función de fluffer. No suelo usar este recurso. Sin embargo, esta es una ocasión especial, pues aunque Leah esté buenísima, no me inspira lo suficiente. —Hola, Noah —me saluda Josh, el director—. Comenzaremos en cinco minutos. Por favor, todos a sus posiciones. Cada m*****o del equipo se apresura a situarse donde le corresponde, mientras yo hago un repaso mental de mis líneas. Tampoco es que sean muchas; La mayoría de las veces solo tengo que gemir, jadear y gruñir. Tomo una honda bocanada de aire y me mentalizo para lo que está por venir. Sexo duro y puro con una despampanante rubia de grandes senos. Al fin y al cabo, esta es la vida de una estrella del porno.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD