Capítulo 10 - Noah

1993 Words
Minutos antes. Me paso la mano por el cabello, una vez más, despeinándomelo para luego volvérmelo a acomodar. Tomo una honda inhalación y suelto el aire de golpe. Vuelvo a mirar mi móvil y me debato entre hacer o no, lo que tengo pensado. Deslizo mi dedo sobre la pantalla, buscando el número que pertenece al contacto denominado como Pequeño monstruo. Doy un toquecito suave sobre el icono de llamar, pero cuelgo antes que siquiera conecte la llamada. —¿Pero qué coño estoy haciendo? —digo entre dientes y hago a un lado mi móvil, colocándolo sobre la mesa, al lado del plato donde el faisán que acabo de preparar para cenar, me pide a gritos que me lo coma. Tomo una honda inhalación y me dispongo a disfrutar de los vegetales gratinados con crema de leche que acompañan el buen pedazo de proteína. Como tres bocados de mi comida y me llevo la copa de vino a los labios para dar un sorbo y degustar el delicioso chardonnay que uso para maridaje de carnes blancas. Miro mi entorno y observo la pulcra decoración de mi casa. Los muebles son modernos, en colores n e g r o, gris y blanco. Unos ciento veinte metro cuadrados distribuidos en un recibidor pantry, conectado con una sala amplia que desemboca a una terraza jardín, desde donde puedo disfrutar del atardecer. El centro de la vivienda es un espacio abierto, sin tabiquerías. Un estrecho pasillo colinda con dos dormitorios y dos baños. Vuelvo a respirar profundo y suelto el aire muy despacio. Todo este lujo, todo este espacio… ¿pero para qué? Vivo solo… Un tenue gruñido me saca de mis cavilaciones, a la vez que un par de ojos me miran; es como si el dueño de esa molesta mirada pudiera escuchar mis pensamientos. Lo miro e imagino lo que debe estar pensando: «¿Solo? ¿Y yo que soy? ¿Un cero a la izquierda?». Rió de manera estruendosa ante mis ocurrencias. Dante levanta sus dos orejas, ladea la cabeza, y me mira como siempre lo hace. Tal vez pensará que ya me volví loco. Bajo la mirada a mi plato y lo recuerdo: —¡Oh rayos, amigo! Perdón —le digo al percatarme que no le he puesto de comer en todo el día. Debe estar hambriento. Dante es un simpático Husky siberiano de tres años, que me obsequió mi hermana en mi cumpleaños número veintinueve, según ella, porque ya era el momento de empezar a asumir responsabilidades. Los primeros meses me costó mucho hacerme a la idea de que la vida de una criatura dependía de mí… de acuerdo, no les voy a mentir; aún me cuesta un poco recordar que debo encargarme de este peludito, pero ya suelo tenerlo presente en mi mente como una prioridad. La semana pasada me tocó desvelarme tres noches, cuidándolo y procurando que no se lamiera la herida que le dejó la castración. ¿Por qué no opté por un collar isabelino? Pues me daba grima ver como el pobre sufría con esa cosa puesta. Me pongo de pie y camino hacia la cocina, busco la bolsa de alimento para perros y le sirvo una buena porción en su bol. Dante no se mueve. Solo se limita a mirarme y mover la cabeza a un lado. —Ni lo pienses —digo entre dientes. Intuyo sus intenciones—. No te daré carne hoy. La semana pasada me diste un buen susto —comento, a la vez que me acerco a él para acariciarle el lomo. Solía darle mucha comida húmeda, pero debido a que estuvo vomitando mucho hace unos días, y que el veterinario me dijo que era intolerante a la comida humana, decidí apegarme a las reglas y alimentarlo con una dieta específica para perros. Vuelvo a caminar hasta la mesa del comedor, para continuar con mi cena. Dante me sigue y se echa a un lado de mi silla. De nuevo me sumerjo entre mis pensamientos. Mi hermana solo viene a visitarme muy de vez en cuando. Tampoco soy el tipo de persona que hace fiestas alocadas en casa. Y aunque es cierto que puedo darme el lujo de tener una mujer diferente cada noche, ellas no suelen quedarse a desayunar. No porque no quieran, sino porque siempre les dejo claras las reglas, y una de ellas es: No suelo comer dos veces seguidas con la misma mujer (a menos que sea mi hermana) «Si tan solo lograra pasar siete noches consecutivas al lado de la misma mujer…». El pensamiento surge de manera inesperada. Sacudo mi cabeza con fuerza para sacármelo. No soy el tipo de hombre que se pone triste o nostálgico con facilidad, ni dejo que las cosas me afecten, y mucho menos me aflijo por la soledad. ¡Vamos! ¡Amo la soledad! Entonces, ¿Qué diablos sucede conmigo? Vuelvo a sacudir mi cabeza. Desde que me di la vuelta y abandoné esa estación del subterráneo, no me siento como yo mismo. He estado pensando cosas que ni en un millón de años pensaría. ¡Joder! Eun-Yeong... Esa bendita mujer se ha negado a salirse de mi cabeza. Miro mi suculenta cena y sonrío a medias. Pocas veces cocino para dos, y cuando lo hago es para Ryan o mi hermana Vanessa, quienes siempre me hacen cumplidos y nutren mi ego de chef. Las veces que he cocinado para una dama en la cual tengo algún interés, solo se limita a saltar directo al postre, y a la acción. No es que me haga falta que me digan que cocino bien o no. No obstante, de vez en cuando, que halaguen mis habilidades culinarias, no está de más. Las mujeres que meto en mi cama, son solo cuerpos que me calientan y me hacen pensar, aunque solo sea por breves momentos, en la posibilidad de tener una relación estable con alguien, pero sé que eso es imposible, debido a mi estilo de vida. Ninguna mujer, por más segura de sí misma que sea, tolera que su hombre folle con hermosas mujeres y que de paso, dichos encuentros sexuales sean filmados para luego ser compartidos con miles de personas a través de la web o canales de televisión para adultos. Además, no soy hombre de compromisos, por más que sienta el impulso de estar con alguien por largo tiempo, suelo aburrirme con rapidez. Intenté tener una relación estable una vez, y fue un completo desastre. No sirvo para tener relaciones monógamas. Me cuesta mucho entregar mis sentimientos. No porque tenga algún trauma emocional, sino porque me parece absurdo amarrarme a una sola mujer, cuando mi corazón es tan grande y caben tantas. Vuelvo a mirar mi móvil y unas ganas inmensas por llamar a Eun-Yeong me invaden. No entiendo porque siento esto. Es una sensación de necesidad, mezclado con temor. ¿Temor a que? Sacudo mi cabeza con fuerza y tomo el aparatito una vez más. Clavo la mirada en la pantalla y me lo pienso un par de segundos antes de volver a marcar el número. Cuelgo al segundo repique. —Mierda —mascullo. «¿Por qué me cuesta tanto hacer esta jodida llamada?» Me siento estúpido e irracional por actuar de la manera en que lo estoy haciendo, pero no puedo dejar de lado mi orgullo. ¡Yo no llamo a las mujeres! Son ellas las que me llaman a mí y demandan mi atención. No al revés. —¡Joder! Es solo llamar para devolver algo que no me pertenece, y que seguro que, su dueña debe estar echando en falta —digo entre dientes para convencerme—. Si a mí me hubiese ocurrido lo que le pasó a esa chica, desearía que hicieran lo mismo. Se trata de un acto de buena voluntad —continúo con mi monólogo. Dante gime y me mira con ojos acusadores, como si me dijera: ¡Llámala, idiota! Marco el número de nuevo, decidido a hablar con quien sea que conteste, a fin de devolver la sim card a su propietaria. —¿Aló? —al otro lado del teléfono oigo la voz de un chico —Buenas noches —saludo—. Habla Noah Levesque. Esta mañana concordé con Eun-Yeong en el… —¿Eun-Yeong? —Me interrumpe—. ¿Quiere hablar con mi hermana? —indaga. —Bueno, en realidad yo… —Un momento —me vuelve a interrumpir—, ya se la comunico. ¡¡¡EUN-YEONG!!! —grita sin siquiera tomarse la molestia de alejarse el teléfono de la boca. Cierro los ojos con fuerza y siento que mis tímpanos están a punto de estallar. —Un momento. Ya viene —indica—. Tienes una llamada —dice el muchacho. Sé que la segunda frase no me la dice a mí. Escucho algunos balbuceos de una tercera persona, y sé que es ella. No entiendo porque, pero mi corazón se acelera y me veo tentado a finalizar la llamada. Sin embargo, descarto la idea de inmediato, al percatarme que es una completa ridiculez de mi parte. —¿Cómo me dijo que se llamaba? —la voz del chico me hace espabilar. —Noah —respondo sin titubear—. Yo solo quería... —¡Vale! —Me interrumpe por tercera vez—. Un tal Noah —dice. Por lo bajo que escucho la voz, asumo que se ha alejado el móvil del rostro y está a punto de dárselo a su hermana. —¿Diga?—oír esa bella voz hace que mi corazón empiece a latir como desaforado. —Hola Eun-Yeong, ¿Qué tal? —Finjo total aplomo, aunque por dentro soy un manojo de nervios—. Acabo de notar una cosa—rio entre dientes, delatando mi nerviosismo. Carraspeo la garganta—. No te regresé tu sim card, así que te estoy llamando para decirte que la tengo… y me gustaría… entregártela —hago una pausa y elijo con cuidado las siguientes palabras que diré—. Mañana estaré muy temprano en el Parque Griffith, haciendo footing, si deseas nos podemos encontrar para entregártela. —¡Por Dios! El Parque Griffith es muy grande —su voz suena un poco más aguda de lo normal—. ¿Cómo se supone que te encontraré? —espeta ella. —Puedo esperarte frente al observatorio, a eso de las ocho —mascullo. Trato de mantener cierto tono formal y frívolo. No quiero enviarle señales equivocadas. ¿O sí? —Está bien —responde ella—. Nos vemos a esa hora. —De acuerdo —concuerdo—. Que tengas una linda noche. —Gracias. Igualmente —responde ella. Percibo que sonríe. Yo también lo hago. Finalizo la llamada con una rapidez impresionante. No porque no me guste hablar con Eun-Yeong, sino porque me siento como un estúpido nervioso. Me doy cuenta que mis manos tiemblan y se me entrecorta la respiración. «¿Qué mierda es esto que siento?», pienso. Todo pasa tan deprisa, que no tengo tiempo de asimilar lo que acaba de ocurrir. «¡Voy a vera Eun-Yeong de nuevo!», me alerta la voz de mi conciencia. Abro los ojos como platos al caer en cuenta. «Veré de nuevo a esa linda dama que me sedujo con ese vestidito, esos ojitos rasgados y esa sonrisa entre tímida y juguetona… y quien resultó ser todo un volcán de pasión». Sonrío de forma ladina al imaginarla de nuevo entre mis brazos, pero enseguida espanto la idea de mi cabeza. No se supone que esté pensando en ella de la forma ni con la frecuencia en que lo hago. Me limito a ser un hombre práctico, como lo he sido siempre. En la mañana le entregaré la sim card a su dueña, y eso será todo. Continuaré con mi vida como si no hubiese sucedido nada más que un encuentro casual con una desconocida.
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