Estoy parada frente a la puerta de la oficina de Damián Valtor otra vez, y el aire se siente más pesado que la primera vez que crucé este umbral. Mis manos sudan, apretando el bolso contra mi pecho como si fuera lo único que me mantiene en pie. Han pasado dos días desde mi entrevista desastrosa, el tropiezo, mi discurso torpe, esa mirada suya que me desnudó hasta el alma y aún no entiendo cómo estoy aquí de nuevo. La recepcionista de Vortex Enterprises me llamó esta mañana, su voz tan seca como el papel: “El señor Valtor la espera a las once. No llegue tarde.” No me dieron más, pero el tono era suficiente para ponerme los nervios en punta.
Empujo la puerta con cuidado, rezando por no repetir mi entrada catastrófica, y el aroma a cuero y madera pulida me envuelve otra vez. Damián está detrás de su escritorio, una figura tallada en poder y control, vestido con un traje gris oscuro que parece absorber la luz del ventanal a su espalda. No me mira cuando entro; sus ojos están fijos en un montón de documentos, y su pluma rasguea el papel con una precisión que me hace pensar en un general firmando órdenes de guerra. Me quedo ahí, inmóvil como una estatua, esperando que me note, pero el silencio se estira tanto que siento que voy a romperme bajo su peso.
Finalmente, alza la vista, y esos ojos grises me golpean como un viento helado.
—Siéntate —dice, su voz un mandato que corta el aire.
Obedezco al instante, deslizándome en la silla de cuero frente a él, con las piernas temblándome bajo la falda. No sé qué esperar. ¿Me llamó para despedirme antes de empezar? ¿Para reírse de mi patética actuación? Pero entonces empuja un folder hacia mí, y mi respiración se atasca.
—Has sido seleccionada —anuncia, su tono tan frío que las palabras tardan en calar—. Este es el contrato. Firma si aceptas. Empiezas mañana.
¿Seleccionada? Mi cabeza da vueltas, y por un segundo, creo que voy a desmayarme. Agarro el folder con manos temblorosas y lo abro, hojeando páginas llenas de términos que apenas entiendo. El sueldo "seis cifras al mes" me hace parpadear dos veces, como si las cifras fueran a desaparecer si miro demasiado. Hay reglas por todas partes: horarios estrictos, confidencialidad absoluta, una advertencia de no hacer preguntas innecesarias. Es intimidante, pero no tengo opción. Mi vida está en ruinas, y esto es mi salvavidas. Firmo con un garabato rápido, y cuando levanto la vista, él ya está de pie, ajustándose la chaqueta.
—Ven conmigo —ordena, y antes de que pueda procesarlo, está caminando hacia la puerta.
Lo sigo, casi tropezando con mis propios pies pero manteniéndome erguida por pura fuerza de voluntad. Bajamos en el ascensor en un silencio que me aplasta, el espacio cerrado haciendo que su presencia se sienta aún más grande. Cuando las puertas se abren, estamos en un garaje subterráneo, y me guía hacia un auto n***o brillante que parece costar más que todo lo que he tenido en mi vida. Subo al asiento del pasajero, el cuero frío contra mis piernas, y el olor a riqueza me envuelve mientras él arranca.
El trayecto es corto, pero cada segundo se siente eterno. Miro por la ventana mientras la ciudad pasa en un borrón, hasta que llegamos a una mansión que parece sacada de un sueño oscuro. Es enorme, moderna, con paredes de vidrio y jardines impecables que parecen más un cuadro que un lugar real. Mi estómago se retuerce mientras lo sigo por la entrada principal, mis zapatos baratos chirriando contra el mármol pulido. Entonces lo veo: un niño pequeño, sentado en el suelo del salón con un rompecabezas a medio armar frente a él.
—Este es Lucas —dice Damián, y su voz es tan seca que me estremezco—. Mi hijo. Tu responsabilidad.
Lucas levanta la vista, y sus ojos me golpean como un eco de los de su padre: grises, profundos, pero más suaves, más tristes. Tiene unos cinco años, el cabello oscuro desordenado cayendo sobre su frente, y una camiseta azul que le queda un poco grande. No sonríe, no habla, solo me mira como si intentara decidir si soy una amenaza o una promesa. Me arrodillo frente a él, forzando una sonrisa que espero no revele lo nerviosa que estoy.
—Hola, Lucas. Soy Valeria. Voy a estar contigo un rato, ¿te parece bien? —pregunto, mi voz temblando en las esquinas.
Él no responde. Solo baja la mirada al rompecabezas y mueve una pieza con dedos pequeños y precisos. Miro a Damián, buscando alguna pista, pero él ya está caminando hacia una puerta al fondo del salón.
—Empiezas mañana a las siete en punto —dice sin girarse—. El contrato tiene una lista de reglas. Sígueme al despacho.
Me levanto, echándole una última mirada a Lucas, que sigue perdido en su juego, y corro tras Damián. Su despacho es un contraste con la oficina de Vortex: paredes de madera cálida, una chimenea apagada, estanterías llenas de libros que parecen nunca haber sido tocados. Pero sigue siendo intimidante, con ese escritorio enorme y una ausencia total de vida personal. Ni fotos, ni dibujos, nada que hable de Lucas o de quien sea que complete esta familia. Me señala una silla, y me siento, el cuero crujiendo bajo mi peso.
—Lucas tiene cinco años —empieza, su tono mecánico, como si recitara un informe—. Su horario es estricto: desayuno a las siete y media, actividades educativas de ocho a once, almuerzo a las doce. No tolero retrasos ni errores. ¿Entendido?
—Sí —respondo, asintiendo rápido—. Lo haré todo como usted dice.
Él tamborilea los dedos contra el escritorio, un sonido que me pone los nervios en punta, y se inclina hacia adelante, sus ojos clavándose en los míos.
—No hagas preguntas innecesarias —agrega, y su voz baja un tono, cargándose de advertencia—. Mi vida privada no te concierne. Tu trabajo es Lucas, nada más.
—Entendido —murmuro, aunque mi cabeza ya está llena de preguntas que no puedo formular.
Él asiente, satisfecho, y se pone de pie, señalando la puerta.
—Puedes irte. Mañana a las siete. No te retrases —dice, y su tono es una despedida tan definitiva que siento que me expulsa de su mundo.
Salgo del despacho, y mientras cruzo el salón, miro a Lucas otra vez. Sigue con su rompecabezas, pero ahora me observa por el rabillo del ojo, como si quisiera decir algo pero no supiera cómo. Le sonrío débilmente, y él aparta la mirada rápido. Hay algo en él, una sombra que no puedo descifrar, y me pregunto qué hay detrás de ese silencio, detrás de esta casa tan perfecta y tan vacía.
Cuando salgo de la mansión, el aire fresco me golpea la cara, y mi cabeza es un torbellino. Firmé el contrato, conocí a Lucas, y Damián Valtor me dio un pedazo de su mundo bajo un montón de reglas. Pero mientras camino hacia la parada del autobús, no puedo sacarme de la cabeza esa frialdad, esa advertencia de no preguntar. ¿Qué es lo que no quiere que sepa? ¿Qué hay detrás de esos ojos grises y ese niño que parece perdido en su propio hogar? No tengo respuestas, pero una cosa es segura: acabo de entrar en algo mucho más grande de lo que esperaba, y no sé si estoy lista para lo que viene.