MAURICIO . . . La luz del día se filtraba a través de las cortinas, pero a pesar de su calidez, no podía disipar la sensación de opresión que me envolvía. Camila y yo habíamos pasado la noche abrazados, buscando consuelo en la cercanía del otro, pero el miedo seguía acechando en cada rincón de mi mente. La discusión con mi madre y la aparición del hombre en nuestra puerta eran recordatorios constantes de que nuestra relación estaba en peligro. Me levanté de la cama, sintiendo el peso de la responsabilidad sobre mis hombros. Camila aún dormía, su rostro sereno contrastaba con la tormenta que rugía en mi interior. La idea de que mi madre pudiera hacerle daño a ella me llenaba de angustia. No podía permitir que eso sucediera. Tenía que encontrar una manera de protegerla, de protegernos

