La noche en que Mauricio regresó a casa de Camila fue como un oasis en medio del desierto. El abrazo cálido de ella, el beso reconfortante y el té humeante con pan con queso lo envolvieron en una burbuja de normalidad que contrastaba brutalmente con el caos que lo acechaba. Hablaron durante horas, sus voces entrelazándose en planes y especulaciones sobre el futuro, como si pudieran controlar lo que estaba por venir. Pero la tormenta que se avecinaba era más grande de lo que podían imaginar. Al retirarse a la habitación de Camila, buscaron refugio en la intimidad. Bajo la ducha, el agua caliente se mezcló con sus lágrimas y sus suspiros, mientras hacían el amor con una desesperación que hablaba de miedo y de amor. Sus cuerpos se movían al ritmo de una pasión que parecía querer detener el

