CAPITULO 3

1080 Words
Camila y Mauricio llegan a Costa Rica para un evento crucial. Camila, como asistente, ha organizado todo, pero las reservaciones del hotel son un error. Solo hay una suite disponible, lo que genera tensión. Durante el evento, la química entre ellos es evidente, pero luchan con sus sentimientos POV CAMILA El avión descendió suavemente sobre el aeropuerto de San José, y a través de la ventanilla pude ver las primeras pinceladas de Costa Rica: un manto de verde que se extendía hasta donde alcanzaba la vista, salpicado por el azul intenso del cielo. Respiré hondo, intentando calmar los nervios que me habían acompañado durante todo el vuelo. Este viaje era importante, no solo para mi carrera, sino también para algo que ni siquiera me atrevía a nombrar. Mauricio estaba sentado a mi lado, revisando unos documentos con esa concentración que tanto lo caracterizaba. Era un hombre prohibido, un límite que sabía, no debía cruzar, pero cada vez que estaba cerca de él, mi corazón se negaba a escuchar a la razón. —Todo está listo —murmuré, más para mí misma que para él. Como asistente, había organizado cada detalle de este viaje: los horarios, las reuniones, incluso los traslados. Lo único que no había podido controlar eran las reservaciones del hotel, ya que el staff del evento se había encargado de eso. Mauricio alzó la vista y me sonrió con esa calidez que siempre me descolocaba. —Confío en ti, Camila. Siempre lo hago —dijo, y sus palabras resonaron en mí como un eco que no quería callar. El aeropuerto estaba lleno de vida, con gente que iba y venía, hablando en un español que sonaba musical a mis oídos. Mauricio tomó mi maleta sin que se lo pidiera, y seguí su ritmo mientras nos dirigíamos al mostrador de taxis. El aire cálido y húmedo de Costa Rica me envolvió, y sentí que este lugar ya me estaba cambiando, aunque aún no sabía cómo. El hotel era un oasis en medio de la ciudad, con jardines exuberantes y una arquitectura que combinaba lo moderno con lo tradicional. El lobby estaba decorado con maderas nobles y detalles en tonos tierra, y el aroma a café recién hecho llenaba el ambiente. Me acerqué al mostrador de recepción, con la confianza de que todo estaría en orden. Pero cuando la recepcionista revisó las reservaciones, su expresión cambió. —Solo aparece una suite reservada a nombre de Mauricio Rivera —dijo, con una mirada de disculpa. Mi corazón se detuvo por un instante. Miré a Mauricio, que fruncía el ceño, claramente confundido. —Debe haber un error —dije, intentando mantener la calma—. Somos dos personas, y necesito mi propia habitación. La recepcionista hizo una llamada, pero la respuesta fue la misma: solo había una suite disponible. Mauricio se acercó al mostrador, su voz tranquila pero firme. —No hay problema, podemos compartir la suite —dijo, como si fuera lo más natural del mundo. Me quedé paralizada. Compartir una suite con Mauricio era algo que no había previsto, ni quería. No porque no confiara en él, sino porque sabía que estar tan cerca me haría perder el control sobre mis emociones. Él no podía saber lo que sentía, no podía permitir que se diera cuenta de lo enamorada que estaba. —No es necesario —respondí, intentando sonar firme—. Puedo buscar otro hotel. —Camila, no seas terca —dijo, con una sonrisa que desafiaba mi resistencia—. Es solo por una noche. Mañana el staff resolverá esto. La recepcionista nos miraba, incómoda ante nuestra discusión. Finalmente, suspiré y acepté, aunque cada célula de mi cuerpo protestaba. Subimos en silencio hacia la suite, y cuando entramos, me di cuenta de que era más grande de lo que había imaginado. Había dos habitaciones, pero estaban conectadas por una sala común. Mauricio dejó su maleta en una de las habitaciones y me miró. —Toma la otra habitación, Camila. No quiero que te sientas incómoda —dijo, como si pudiera leer mis pensamientos. Le agradecí con una sonrisa forzada y me dirigí a mi habitación. Pero antes de cerrar la puerta, me detuve. El aroma de su colonia aún flotaba en el aire, y por un momento, me permití imaginar cómo sería si las cosas fueran diferentes. Si él no estuviera comprometido con su trabajo, si yo no fuera su asistente, si no hubiera tantos obstáculos entre nosotros. Esa noche, intenté dormir, pero los pensamientos no me dejaban en paz. Escuchaba los sonidos del exterior: el canto de los grillos, el murmullo lejano de la ciudad. Y luego, el sonido de la ducha en la habitación contigua. Mauricio estaba despierto, al igual que yo. Me pregunté si también él estaba pensando en lo que acababa de suceder, en lo cerca que estábamos, tanto física como emocionalmente. Al día siguiente, el evento comenzó temprano. Mauricio y yo trabajamos como un equipo bien coordinado, pero entre nosotros había algo diferente, algo que no podíamos ignorar. Cada mirada, cada gesto, parecía cargado de un significado que no nos atrevíamos a explorar. Durante una pausa, nos sentamos en un balcón que daba a los jardines del hotel. El sol calentaba mi piel, y el viento jugaba con mi cabello. —Gracias por todo, Camila —dijo Mauricio, mirándome con una intensidad que me hizo bajar la vista. —Es mi trabajo —respondí, intentando sonar casual. —No, no es solo tu trabajo —continuó—. Eres más que una asistente para mí. Eres… importante. Mi corazón latía con fuerza, pero no sabía cómo responder. ¿Importante? ¿En qué sentido? No podía permitir que esta conversación fuera más allá. Mauricio era un hombre prohibido, y yo no estaba dispuesta a arriesgarlo todo por un sentimiento que no podía ser correspondido. —Deberíamos volver —dije, levantándome abruptamente—. El evento no se detendrá por nosotros. Él asintió, pero antes de que nos fuéramos, me tomó de la mano. Fue un gesto breve, casi imperceptible, pero suficiente para que mi mundo se tambaleara. —Camila —susurró—, hay algo que debemos hablar. Pero en ese momento, alguien nos llamó desde el interior del hotel, y el momento se desvaneció. Volvimos a nuestros roles, a nuestras máscaras, pero algo había cambiado. El futuro, que antes parecía tan claro, ahora estaba lleno de incertidumbres. Y mientras caminábamos de regreso al evento, no pude evitar preguntarme qué nos depararía el destino.
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