3. Kimberly

4151 Words
La llegada de Reese a mi vida directa e indirectamente estaba revolucionando muchas cosas. En el antro me dedicaba miradas qué hacían eco en mi cuerpo. Salivé cuando lo vi tan impotente mirándome como si quisiese devorarme. Hoy, cuando lo he conocido como el socio de mi padre, dueño de Almacenes Collow se notaba diferente. Estaba más reservado, más serio, más indicando la palabra aburrido. Lo jodido de aquí y el punto importante que resume ambos Reese es que en cada posición encaja perfectamente con la mía. Lo miré mientras bajó de mi auto y una sensación estúpida en el cuerpo me pedía ir a trabajar ya. Sin embargo, me niego a hacerlo. Es solo una revolución de mi cuerpo por lo de ayer. Solo di dos pasos cuando Justin me interceptó, ofreciéndome un delicioso beso. —Ayer estuve ocupado amor... —Tranquilo, también lo estuve —lo interrumpo—. ¿Entramos? Él asiente y toma mi mano. Mientras caminamos somos el centro de varias miradas. Esto es común ya, a pesar de los cinco meses. Tomo las tres clases de la mañana y a la hora de almuerzo me reúno con las chicas. —He empezado a bailar en un antro —comento bajito. — ¿Qué? —Inquiere Erika—. Estás loca. Solo son putas... —Pues soy una puta. Me gusta hacerlo. —Me alegra un montón que hagas lo que te gusta. Cómo en todo, aquí también vas a brillar cariño —responde Melo con una sonrisa. — ¿Qué piensa Justin de eso? —indaga Erika. —No lo sabe nadie. Así que espero que ambas sepan guardar el secreto —dejo claro. —Tu novio luchando por comerte el coño y tú bailándole a un montón de tíos —se burla. —A veces creo que como amigas solo estás buscando constantemente mis fallos —comento mientras me levanto de la silla—. Ya hablamos Melo. Ella me hace una seña con la mano y me lanza un beso. Compraste un juguetico. Recibo el mensaje de mi madrina. La dejo en visto. No le haré caso a sus locuras ahora. Cruzo A.S Enterprise directo a la oficina de mi padre. —Princesa has terminado pronto. —Soy una chica de negocios. Trabajaré con Reese ahora —comento apoyándome casi sentándome en la mesa de mi padre. — ¿Qué pasa con Reese, princesa? —interroga y me estudia. —Nada... Es solo qué, tiene una hija. —Sí, ¿cuál es el problema? —pregunta mi padre y entiendo que sigue estudiándome. —Lo notaba como más mujeriego, libre, creído; pero es aburrido, insípido y... Estoy hablando muchas pendejadas, así que mejor cierro el tema que mi padre no es bobo. — ¿Insípido? —indaga Aiden Stone. —Sí, eso papá —comento y le doy un beso—. Ya debo empezar a trabajar. Su mano agarra mi muñeca antes de que empezar a caminar. —Yo siempre esperaré a escuchar la historia por tu propia boca, pero recuerda princesa, soy tu padre, te conozco demasiado. También pasé por tu edad e hice muchas cosas cuando tuve la de Reese. Que no cuentes algo, no significa que yo no lo sepa. Asiento y sonrío. ... —Estás son las maquinarias —le digo—. VR va a comercializar tres por semanas. —El almacenamiento es de... —Uno punto dos metros de la pared, dos metros entre maquinarias. El almacén permitiría ocho maquinarias y un pasillo disponible de tres metros —lo interrumpo y si no fuese una idea descabellada me atrevería a decir que he notado admiración en sus ojos. —Así es. ¿Conoces sobre la preparación del almacén? —indaga. —Conozco los almacenes nuestros —respondo—. Enséñame. No sé por qué la palabra «enséñame», palabra que he empleado a mi gusto tiene un toque de nervios. —El almacén se mantiene en óptimas condiciones de luz y aire, sin desechos y con paredes y suelos limpios y secos para proteger los productos. Se cuenta con sistemas contra incendios accesibles y señalizados. Se realiza limpieza mensual y se verifica el estado de los productos almacenados regularmente. —Aplica en los nuestros —comento. —Para recibir este tipo de productos, el Jefe de almacén realiza un estudio de su peso y a.... —Me he equivocado en mi apunte anterior. Estos equipos se manipulan en el almacén mediante grúas, no montacargas —digo con un poco de decepción de mi análisis anterior. No me gusta equivocarme en cosas absurdas y obvias—. ¿Las grúas cuanto necesitan? —Cuatro metros —contesta y me deja pensar. —Podemos reducir la separación entre estibas... —Entre las estibas y la pared. En vez de un uno coma dos reducirlo a 0.5. Así aumentas el espacio en el pasillo y te permite un margen diminuto de descanso para las grúas. Se nota con tanto dominio del tema, le resulta demasiado fácil explicarlo y eso capta completamente mi atención. Mi móvil empieza a sonar y yo al ver el nombre suspiro. Mi madrina no me dejará en paz hasta que le haga caso. —Disculpa Reese —le digo y camino unos pasos de él, dándole la espalda—. Dime madrina. —Suelta lo que estás haciendo que te llevaré de compras. —No puedo madrina, estoy trabajando —comento. —No acepto un no demonio. Te espero en el centro comercial —asegura y cuelga. Regreso hasta Reese y este me mira detalladamente la cara. Dentro me comen los nervios por si se da cuenta de que yo y aquella chica de la noche somos las mismas. — ¿Por qué me miras así? —indago mientras me detengo a poco espacio de él. — ¿No estás acostumbrada a qué te miren? —pregunta colocando sus manos en los bolsillos, en un gesto despreocupado que le queda bastante bien. Esperando mi respuesta y analizándome a la vez. —Sí, pero no así —cuento. Y no me refiero solo a Reese mirando a Kim, me refiero también a Reese observando a Ly. — ¿Así como? —cuestiona. —Como si fuese comestible —suelto porque no podría explicar la forma de mirar tan diferente que nos dedica a ambas pero similares a la vez. Considero que esta respuesta es lo más fácil y resumido que puedo decirle de las dos miradas, sin ahondar en aquel encuentro primero. Él muestra una sonrisa y yo, por tan bonita que es, termino contagiándome del gesto. —Lo eres —asegura—. ¿A caso tú novio no saborea tus labios? ¿Él no muerde tu piel? ¿No lame sitios que no tienen la dicha de ver los demás? —indaga. Lo observo mientras habla y un ligero cosquilleo se forma en mi centro, indicándome que ese sitio no está muerto ¡Cómo creía joder! Pienso en mi cara, en lo jodidamente roja que debe estar no por el tema, sino porque nada de lo que dice lo he sentido. Me llevo la mano al cuello y lo rasco, es mi acto de defensa cuando estoy nerviosa. —Disculpa, se me olvida que eres una cría de dieciocho años... —Y a mí se me olvidaba que eras un remilgado que se cree que por tener casi cuarenta y una hija puede referirse a mí como una chiquilla. — ¿No lo eres? —otra de sus preguntas con las que lo único que logra es indagar y estudiar. —Tengo dieciocho años y puede que no conozca nada de los placeres de la vida que tú sí, pero estudio, trabajo y aún no he cursado la universidad... — ¿Qué placeres? —me interrumpe—. ¿Cuáles aún no conoces? — ¿Qué encierra placer para ti? —pregunto esta vez yo. Mi iPhone empieza a sonar y deduzco que es mi madrina. —No me había dado cuenta de la hora. Tú tienes que salir con tu hija y yo tengo que resolver asuntos. ¿Mañana podemos continuar? —indago y el mantiene su mirada quema ropa en mí. Tras segundos en los que no contesta vuelvo a rascar mi cuello, él observa el acto. —Seguro —comenta y me señala la salida. Caminamos uno al lado del otro y yo, que no soy tan callada, lo estoy. Él es imponente, no sabes qué quiere, qué piensa. —Adiós chica de negocios —comenta. —Adiós compañero de pincha —respondo. Siento que respiro mejor ahora. Conduzco hasta el Centro Comercial. Cómo siempre prendo la radio y escucho la canción que suena a todo volumen. Esta vez no canto, esta vez pienso... demasiado. Estoy enamorada de Justin pero sentí cosas cuando Reese me miró y preguntó sobre sexo; sin embargo, cuando Justin me toca no logro avanzar. Camino por el centro comercial buscando a mi madrina. Le llamo y no me contesta. Sigo caminando hasta que la encuentro donde suponía pero no creía que estuviera. Frente a la s*x Shop. La beso y ella me recibe en sus brazos de inmediato. —Me le escapé a Allison, no tengo mucho tiempo demonio. Vamos a empezar por aquí —comenta. No camino, así que ella toma mi mano y me obliga a entrar. Me quedo mirando absorta la cantidad de juguetes que hay. — ¿Cuál te gusta más? —indaga. —No tengo ni idea... —Busquemos uno que vibre. No necesitas penetración con que vibre sobre tu clítoris te darás cuenta que el apetito s****l no ha muerto, solo no te han encontrado tus puntos —comenta. Mi madrina toma esposas, dos consoladores y unas pinzas. —Madrina no necesito todo eso... —Esto es para mí cariño —contesta pasando a la caja—. Este es para ti —informa entregándome un vibrador rosa—. No encuentro uno gris. Paga por todo y salimos de ahí. Su teléfono suena y ella al ver la pantalla sonríe. —Allison ya descubrió que me escapé. Debo volver —dice—. Toma lo tuyo muñeca —comenta y me extiende la bolsa. —No sé si pueda... — ¿Cuál es la vergüenza? Esto es normal princesa. Los hombres se masturban, nosotras también —susurra. En un intento de extender la mano y ella entregármelo miro hacia la tienda, hacia atrás y la persona que camina en este sentido me distrae. Tanto así que no agarre bien la bolsa o mi madrina no me la puso bien en la manos y acabó en el suelo. Eso no es lo peor. Lo peor es que la caja cayó libremente en el suelo, llamando la atención de él, del hombre que está a unos pasos con su hija. Reese Collow. Mi madrina como si nada, toma la caja, la devuelve a la bolsa y me la entrega. —Quién no quiere caldo, le dan tres tazas —comenta y es que yo la observo a ella—. Por la vergüenza es que ahora, alguien más que yo sabe que te llevas un vibrador a casa —explica. — ¿Lo conoces? —indaga mi madrina señalando a Reese. —Sí, te lo presento —Tomo su mano y nos acercamos los tres pasos que faltaban—. Él es Reese Collow, nuevo socio de papá. Reese ella es Andrea, mi madrina. Él le extiende la mano a Andrea y esta le devuelve el saludo. —Mi hija Lia —presenta—. Peque ellas son Kimberly y Andrea. La niña es muy bonita. Tiene el pelo largo pero más oscuro que el padre y con un perfecto flequillo. Los ojos son verdes, tal vez herencia de su madre u otro familiar. Sus labios son pronunciados. Tiene un rastro cautivador. —Hola —saluda apoyándose de la mano y termina con una sonrisa—. Me gusta tu nombre —me dice. —A mí me gusta el tuyo —respondo y es cierto. — ¿Qué haces por aquí chica de negocios? —indaga y no es bobo, ha visto lo que tengo en la bolsa. Sin embargo, quiere ver cómo afronto la situación o qué respuesta soy capaz de dar. —Comprando cosas necesarias —respondo sin más. — ¿Necesarias? —cuestiona y vuelve esa mirada quema ropa que hace que por tercera vez hoy me rasque el cuello. Mi madrina no dice nada pero sé que está observando silenciosamente la escena—. ¿Qué hacen ustedes? —Quiero unos tacones rojos, pero aún no he convencido a papá de comprarlos —responde la niña. —Me gusta esta niña —responde mi madrina—. Sigue intentando con papá y no descanses hasta que lo convenzas. La niña sonríe y asiente. —Demonio me voy con Allison, que ya ha obligado a Enzo a enviarme muchos w******p —me dice y me besa—. Te dejo en buenas manos —susurra y me guiña un ojo—. Un gusto Reese. —Igualmente, Andrea —responde este. Mi madrina se marcha y nos quedamos solos los tres. Estaba dispuesta a poner una excusa y marcharme pero la niña da un paso más. — ¿Me ayudas a buscar los tacones? —indaga. —Por supuesto peque —contesto. —Aún no te he dado permiso de comprarlos —le dice su padre. —Papá, por favor —suplica. Lo observo desde mi posición. Es su hija, él decide. Así que yo simplemente espero observándolo. Lleva la mirada alternativa de su hija a mí y yo rápidamente necesito que vuelva a llevarla a su hija, pero él no lo hace. —Sabes, mi padre tampoco quería que me pusiera un par. Mi madrina me los regaló porque quiso cuando cumplí cuatro años —le cuento a la peque mientras me agacho hasta quedar a su altura. — ¿Quieres ser mi madrina entonces y regalármelos? —pregunta con una sonrisa. — ¿No tienes madrina? —pregunto. —No, como tampoco tengo mamá —contesta de inmediato. Lo asombroso de aquí es que como siendo una niña no hable con dolor sobre ello. —Entonces cariño, yo lo seré —contesto. A los segundos que ninguno de los dos responde me doy cuenta que no he sido muy clara en mi respuesta—. Seré tu madrina y te compraré esos zapatos. Ella aplaude y mira a su papá cuando esté carraspea. —Papá lo has oído. Ella va a regalármelos. Cuando te ofrecen un regalo debes aceptarlo —le explica a su padre—. Vamos madrina. A tres pasos volvemos a estar frente a la s*x Shop. Ni siquiera miro para allí pero la pequeña que toma mi mano y ahora también la de su padre planea ponérmelo difícil. — ¿Qué hay allí? —Pregunta—. Te vi saliendo antes. —Juguetes para adultos peque —respondo. — ¿Los adultos juegan con juguetes? —comenta frunciendo el seño. —También —contesto. — ¿Has jugado con ellos? —pregunta la niña y mierda, con esa pregunta cargada de inocencia, me pone en una situación bastante difícil. Miro a su padre por instinto y este curva sus labios en una sonrisa. —Iba a jugar peque, pero son aburridos —contesto solamente para distraer a la niña de entrar ahí—. Apuesto que los tuyos son muy bonitos y divertidos. —Sí, lo son —responde. — ¿Vamos por los tacones más lindos de todo el centro comercial? —pregunto mientras le exhorto a caminar. Me acuerdo de la tienda donde mi madrina compra tacones para Allison. Mi prima tiene tantos tacones como su madre. Lo que ella pasa de ellos, prefiriendo tenis. La niña tenía aún mi mano y la de su padre agarrada. Le indico la puerta que queda a varios pasos de nosotros. Una vez dentro nos las chicas que atienden saludan con cariño a nosotras y melosas al padre. — ¿En qué le podemos ayudar señor? Contamos con variedades de calzado femenino para las más pequeñas. Si busca combinar los tacones de sus hijas, en la tienda aledaña podemos encontrar la réplica en números mayores —comenta una de ellas. Acaba de decir que soy su hija. No, no puede ser. No luce para nada mi padre. Si es serio, imponente y viste impecable de traje, pero vuelvo y repito, no parece mi papá. —La señorita Stone ayudará a mi hija a elegir lo que desee. La prioridad son ellas y no yo. Ignore mi estancia señorita Valet —dice tras leer su apellido en el identificador de su camisa—, así no seguirá haciendo comentarios absurdos como los que ha hecho. —Su uniforme... La chica dice apenada pero no sabe cómo seguir. Él va hacia los sofá y se sienta como si no le importase su explicación. Mi uniforme es de bachiller, también es entendible su parte. Sigo de la mano de la niña. La guío hasta la cantidad de tacones de pequeñas. Hay de todos los diseños, de todos los colores. — ¿Cuáles te gustan peque? —pregunto. Ella sigue ensimismada con todos. —Lia —la llamo, pero ella no me atiende. —Cuando algo le gusta, solo le presta atención a ello —comenta su padre situándose detrás de mí, brinco de inmediato al escuchar su voz. Ignoro lo que provoca la proximidad de Reese y me coloco delante de ella. —Lia peque —vuelvo a llamar. Entonces reacciona—. Qué tal si me dices cuáles te gustan más. —Umm no sé...aquel, aquel y aquel —dice mientras señala los tacones. —Buena elección —le digo mientras le extiendo mi bolsa de compra a su padre para que la sostenga. Mira mi mano, me mira a mí y finalmente toma mi bolsa. —No te vayas a quedar con ella —bromeo antes de ir a por los zapatos riendo. Los primeros eran parecidos a un par que tengo de Ralph, puntifinos y con un minuto adorno en el tacón. El segundo similar a los Valentino con tiras sobre el pie y cuadradas piedras, puntifinos también. Los tercero eran unos Bottega Veneta, con dos gruesas piezas que similar estar trenzadas sobre el pie; como este par también tengo unos. Le pruebo los zapatos y solo los Ralph tienen que buscar un número más. Pasamos por la caja y automáticamente su padre va a pagar. —Tranquilo papá. La madrina le va a comprar sus tacones. Era un regalo ¿lo olvidas? Él mantiene su mirada en mí y no sé si es por decirle papá o por decir que le voy a pagar los zapatos a su hija. Pago la cuenta mientras otra me extiende tres bolsas con los mismos tacones. Se las entrego a la niña y esta sonríe. Siendo la hija de Aiden Stone me puedo permitir comprar esos tacones, pero independientemente de eso trabajo, en la empresa de papá y en el antro. —Gracias madrina —comenta—. ¿Quieres venir a comer helado? Papá me llevará. Miro a su padre por milésima vez y este me devuelve mi bolsa. Lo pienso y sí, quiero ir a tomar helado. Es un deseo de esos que te sale desde lo más profundo y no sabes explicar o no tienes que explicar mucho, simplemente lo quieres y ya. —Iré peque, me apetece —zanjo y no lo miro. Debo evitar esa mirada abrazadora que me hace rascarme el cuello. Vamos hasta Bi-Rite Creamery. No le he seguido la mirada a Reese y no pienso hacerlo por ahora. Estoy segura que si vuelvo a rascarme el cuello se dará cuenta de que una de mis mañas y la utilizo cuando me pongo nerviosa. — ¿Pedimos la especialidad del local? —le pregunto—. Tiene muchas bolas y puedes permitirte cinco sabores. —Sí —comenta levantando su dedo en señal de aprobación. La dependienta se acerca y pido los helados. El papá de Lia dice no querer ninguno y yo levanto los hombros con despreocupación. — ¿Elegimos los sabores peque? —indago. —Chocolate, el más importante —empieza y yo asiento—. Vainilla, Piña. Elige dos madrina. No me gusta la piña pero si lo ha pedido es porque le gusta, así que no cambiaré. —Fresa y Banana —concluyo. —Soy alérgica a la fresa, al igual que papá —comenta. —Entonces Menta chile —pido. —Me gusta —dice la peque. Empieza a sonar la canción Dangerous Woman de Ariana Grande. —Don't need permission. Made my decision to test my límites. 'Cause my bussines. God as my witnes, start what I finished. — ¿Bailamos peque? — ¿Aquí? Asiento, dejo mi bolsita en la mesa y extiendo mi mano, ella la toma de inmediato y nos situamos a tres pasos de la mesa. Antes de empezar a moverlos con la suave música vuelvo a la mesa. No miro al hombre que nos acompaña, pero siento esa mirada en mí y en todo lo que hago. Tomo los Valentino y vuelvo hasta Lia. Le cambio las sandalias por tacón. Ella sonríe mientras se ve los pies y yo también. Le quedan muy bien. Me sitúo al lado de ella, de frente ambas para el padre. «Something' bout you. Makes me feel like a dangerous woman. Something' bout, something' bout. Something' bout you. I'm bullet proofand know what I'mdoing» Muevo despacio las caderas de un lado a otro. No como lo haría en el antro, no como lo llevo haciendo durante mucho tiempo, porque no estamos en un lugar así y porque el hombre que está al frente puede identificar el baile. Lia me sigue moviéndose despacio, mirándome para no quedarse detrás. Se ve tan mona bailando con semejantes tacones, que dan ganas de tomarle un montón de fotos. Despacio voy bajando moviéndome de un lado a otro hasta me quedo en cuclillas. Ella me sigue y se queda de cuclillas conmigo. Me levanto de igual forma y ella lo hace. Le sonrío y ella aplaude. No me había dado cuenta de que todos nos estaban mirando cuando escucho más aplausos que los de Lia. Volvemos a la mesa y coloco mi bolsita en mis muslos. La idea de Andrea tenía que haberse concretado en otro momento. No puedo pasar por esta vez la mirada fija de su padre. Le sigo. Es análisis, es curiosidad. Ni siquiera sé, el caso es que me hace rascarme el cuello por lo intensa que es. Nos traen los helados y casi babeo con lo delicioso que se ve. Empiezo por el que más me gusta: Chocolate. Saboreo la primera cuchara y paso inmediatamente a otra. Pensé que el que no comiera él no importaba, pero ahora solo nos mira comer y esto es peor. La bola de piña se mezclaba un poco con las demás bolas al estar en el medio. Así que planeo tomar de cada bola la porción que no se mezcla con piña y lo que quede decir que estoy llena. Devoro la bola de chocolate con tantas ganas y fascinación. La pequeña parte que se mezclaba con piña la tomo con una cuchara y extiendo la mano hasta Reese. Él deja de mirarme a mí para mirar la cuchara. Está dispuesto a abrir la boca cuando lo embarro en la nariz. —Lia ¿Te gustan los payasos? —le digo tocándola. Es cierto que cuando algo le gusta se concentra—. Te presento a uno Reese. Reímos. Él sin molestarse pasa una servilleta por su nariz y se limpia. Continúo con la vainilla. Me gusta menos, pero igual está deliciosa y tiende a hacer soltar sonidos de satisfacción. Igualmente, la parte que se fundía con la piña la recojo en una cuchara y se la extiendo a Reese. Esta vez no cae en mi trampa, así que no abre los labios. Pues esta vez le lleno los labios. — ¿Peque que le pasa a las niñas que se portan mal? —le pregunta a Lia mientras se pasa una servilleta por la boca. ¡Una lástima el desperdicio! —Un castigo —responde ella segura. — ¿Qué castigo? —pregunta. —Dejarme ver muñes y apagarlos a mitad. Traerme dulces y no dejarme comer —contesta ella y sigue comiendo de su helado. Él me observa a mí y yo me quedo fija en sus ojos pero procesando las palabras de la niña. No entiendo que tiene que ver eso conmigo. Si estás al pendiente de la actualización no olvides la cuenta de naye_escritora en i********: para que te enteres de la actualización.
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