Escapando de la Prisión Familiar.

2406 Words
Era el año 2008 en Cumberland Inglaterra, dónde la noche ya se estaba haciendo presente y los caminos solo eran alumbrados por los postes de luz. Más allá de uno de estos mencionados caminos se encontraba una propiedad, la gran casa “Palatium”, renombrada con el paso de los años como “Reserata Carserma” debido a una antigua leyenda sobre la casa. Actualmente dentro de dicha casa solo habitan cuatro personas: los gemelos Jacob y Jane Edevane, los dueños de la casa y futuros poseedores de la “herencia” familiar, junto con su pequeña prima Sarah, una dulce niña de 12 años, y la señora McCrady, el ama de llaves. Por una de las ventanas delanteras de aquella enorme casa, la pequeña Sarah Edevane corrió por su cuarto hasta asomarse a través de ella y ver como su prima, Jane, corría de prisa afuera de la casa con su vestido de dormir y una bata blanca, también iba descalza y despeinada. Por su aspecto y respiración acelerada cualquiera podría decir que había estado corriendo desde hacía un rato. La mujer llegó hasta su auto y apresurada sacó las llaves del bolsillo de su bata y buscó la perteneciente a la puerta de su pequeño Ford rojo. Sus manos temblaban y en medio de su apuro las llaves se resbalaron de sus manos y cayeron al suelo. Ella maldijo en voz alta mientras se agachaba en el suelo para recogerlas justo cuando escuchó como la puerta principal, la misma por la que ella había salido, era abierta y cerrada inmediatamente. Ella se encogió más en su lugar contra el suelo y se tapó la boca evitando hacer cualquier ruido o él sabría dónde estaba. Escuchó sus pasos salir de la entrada y acercarse justamente dónde los autos están aparcados, debía pensar en un plan rápido. En cuanto escuchó sus pasos aproximarse a dónde estaba ella, ella rápidamente tomó una graba del suelo y la lanzó en dirección contraria provocando un ruido seco entre los autos. El sujeto de inmediato corrió hacia el ruido y ella corrió en dirección contraria hacia el bosque dentro de la propiedad. Corrió y corrió durante unos dos o tres minutos mientras sus pies descalzos ardían bajo la tierra cada vez más, suponía que eso era debido a todo lo que pisaba por el camino, aun así no dejaría que eso la detuviera. Hasta que llegó a una zona del pequeño pero espeso bosque en la que no había estado antes. Se agachó detrás de unos arbustos y repitiendo su acción de hace unos minutos bajo el auto, tapó su boca con su mano y allí esperó a que él apareciera y con suerte se fuera regresando a la mansión o siguiera de largo. Aquel hombre que la seguía, tal como lo dedujo, llegó hasta el punto dónde ella se había escondido. Se agachó en su lugar, contuvo la respiración y se quedó muy quieta, no quería causar ni el menor ruido. Aquel hombre se desconcertó mirando en ambas direcciones, no tenía idea de a dónde pudo ella haber ido, ni siquiera sabía exactamente dónde se encontraba él, aquella era una zona del bosque por la que ninguno de los dos había estado antes. Al final optó por seguir de largo y seguir corriendo por el sendero de árboles desconocido para él. En cuanto Jane ya no pudo escuchar sus pasos alejándose, salió disparada regresando por el mismo rumbo que recorrió anteriormente y por arte de magia, en lugar de perderse en el pequeño bosque de su propia casa, logró regresar a la entrada de la mansión dónde aún se encontraba su pequeño auto rojo. Corrió como alma que lleva el viento hasta él y nuevamente buscó la llave que abría la puerta, una vez que la encontró la introdujo en la cerradura y le dio la vuelta, estaba a punto de abrir la puerta del auto cuando una mano fuerte se lo impidió cerrándola con fuerza nuevamente. La chica dio un alarido de terror al ver a su gemelo parado frente a ella con una mirada tan dura como una roca. Ella trató de huir otra vez pero él la tomó de la cintura impidiéndoselo. – ¡Jane, basta! –le gritó, pero ella solo daba alaridos por respuesta– ¡basta! – ¡Suéltame! –gritó ella logrando soltarse de su agarre lo suficiente como para voltearse hacia él y poniendo sus manos en su cara lo empujó hacia atrás en un intento desesperado por huir. Él tuvo que soltar una de sus manos del agarre en la cintura de su hermana para poder quitar las manos de ésta de su rostro, una vez que hizo eso ella quiso correr otra vez, pero él con su otra mano izquierda la jaló de vuelta y con la derecha la golpeó con medida fuerza en la cara logrando noquearla… . 6 meses después de eso. El departamento era pequeño pero bien amueblado, con paredes blancas y muebles negros. Había un pequeño escritorio frente a la ventana y en este se encontraba una computadora laptop con algunos stickers encima de una guitarra, una marca de café y el logo de una banda de rock de los 80. Junto a la laptop se encontraba un café frío y por la mitad, al lado de un bello dibujo a lápiz de un joven sentado en un trono con una corona de piedra y un cetro de madera, titulado: “El otro príncipe” con la revisión de un profesor de arte que decía: “Es muy bueno. ¿No tiene trabajo aun? Regrese a vernos”. Al otro lado del escritorio junto a la laptop, estaba posada una fotografía de dos jóvenes rubios, uno con una chamarra de motociclista con el parche de “Prospecto” a un lado y el otro en camisa normal pero con unos lentes oscuros. –En ese momento se escucharon fuertes golpes afuera de la puerta seguidos de una voz ya algo anciana que decía algo así cómo– ¡Brandon! ¡Brandon abre la puerta! – y volvió a golpear– ¡soy tu madre, niño! ¡Abre la puerta! Ella seguía golpeando y llamando a la puerta insistiendo en que su hijo le abriera, mientras que en la habitación frente a la sala los golpes y la voz apenas se escuchaban como un susurro lejano… bueno, tratándose de Anna Heiss no tan lejano. La habitación estaba pintada de color blanco igual que el resto de la casa. Tenía un armario a la derecha junto a un cesto de ropa sucia y a la izquierda había otro escritorio, pero este estaba lleno de libros. Desde la saga de “Harry Potter” hasta “El Sentido del Ser Humano”, incluso la Biblia figuraba en alguna parte del desorden. En el medio de la pequeña habitación yacía una gran cama de sábanas blancas decorada con puntos azules y verdes, en la cual, Brandon Heiss, estaba cubierto hasta la cabeza con la sabana dejando ver únicamente su brazo pegado al respaldo de la cama y su pie izquierdo que sobresalía totalmente del dosel. Empezó a mover el brazo luego de unos segundos así dando a entender que se estaba despertando. El joven de 28 años, en medio de su despertar, logró escuchar a su madre llamándolo desde la puerta, por lo que, (luego de un gruñido de cansancio) recogió el brazo llevándolo nuevamente debajo de las sábanas y se las quitó de encima mientras se sentaba en la cama con los ojos cerrados. Se pasó ambas manos por la cara y luego por el pelo sin lograr peinarlo ni un poco. Estaba pasando la fase REN cuando volvió a escuchar a su madre insistir en que le abriera la puerta, esa mujer podía ser “insistente” cuando se lo proponía. “Tal vez si no le abro la puerta se valla” – pensó sentado en la cama. – ¡Brandon Morgan Heiss, no me iré de aquí hasta que me abras la puerta! –escuchó casi con total claridad. Sus vecinos le lanzarán piedras por la noche gracias a eso. “No se va a ir” –pensó Bran mientras dejaba caer su cabeza hacia el frente, y jalando las sabanas a un lado se levantó de la cama para ir a abrirle a su madre. Anna esperaba impaciente en la entrada con los brazos en jarra pensando en que iba a hacer si su “amado hijo” no le abría, justo cuando escuchó el ruido del cerrojo siendo quitado y giró hacia la puerta, de la cual, al otro lado, apareció Bran con una bata negra amarrada a su cintura, sandalias y peinado de recién levantado. – No explotó la bomba, ¿o sí? – preguntó sarcásticamente y un tanto de mal humor, a nadie le gusta que lo despierten tan temprano. – Aún no –dijo Anna cómo saludo, y Bran sin esperar nada más hizo espacio para que ella pasara. – Creo que tú eres la única madre que viene a visitar a su hijo en horas de sueño – dijo Bran luego de cerrar la puerta para después ir a la cocina. – ¿Horas de sueño? ¡Son las once de la mañana! –dijo Anna dejando su bolso sobre la mesa del escritorio. – ¡Exacto! –exclamó Brandon desde la cocina sirviéndose una taza de café– yo, los sábados a esta hora, aún estoy babeando la almohada. – Por eso soy la única que viene a visitarte un viernes –dijo Anna sonando obvia. – Primero: mamá, tú eres la única persona que viene a visitarme. Y segundo: hoy es sábado –dijo Bran regresando de la cocina y sentándose en una silla cercana a su madre. – Hoy es viernes, cariño –dijo Anna buscando algún calendario. – Mamá revisé hace dos días y vi… – ¿Qué día es hoy? –preguntó Anna con el calendario de la pared en la mano. – No sé, ¿12? –dijo Bran aún un tanto somnoliento. – ¿Y qué dice ahí? –preguntó la matriarca poniendo el calendario frente a él. – Que hoy es… –el muchacho afino la vista y puso los ojos enormes de la impresión– viernes. Mierda –de inmediato se le quitó el sueño y corrió de vuelta a su cuarto. – ¿Aún trabajas en la “ferretería”? –preguntó Anna regresando el calendario a dónde estaba. – ¡Tienda de electrónica! ¡y sí! –respondió el joven muchacho desde el cuarto. – ¡Podrías aprovechar la oportunidad para renunciar! –comentó su madre de manera inocente desde su sala de estar. – ¡Muy graciosa! – respondió Bran. Anna escuchó el sonido de una puerta cerrarse seguido del de una regadera abrirse, por lo que aprovechó la oportunidad de curiosear el escritorio. Lo primero que encontró interesante fue el bello dibujo calificado por su profesor de arte en Nueva Dehli con la firma “regrese a vernos”. Eso no le gustó. Los tres años en que Bran había ido a Nueva Dehli para estudiar la carrera de arte que tanto quería habían sido una tortura para ella, el no estar con su hijo la ponía nerviosa, no porqué fuera una madre sobreprotectora que tenía que vigilar a su bebé 24/7, solo que a ella le daba mucha ansiedad pensar que pudiera pasar hambre o necesitara de su ayuda y ella no pudiera estar ahí para él. ¿Y si le daban trabajo allá? Significaría que tendría que mudarse otra vez. Dejó el lienzo dónde lo encontró y lo siguiente que llamó su atención fue la foto del verano de 1995, cuando su primer hijo apenas había sido aceptado como prospecto en el club de su padre. Anna se decepcionó un poco al verla, le llegaron malos y tristes recuerdos, sobre todo porque en verdad pensó que sus dos hijos iban a formar parte del club de su familia. –Minutos después Brandon salió del cuarto para ir a la cocina, pero al girar hacia su madre vio que ella estaba sentada en el escritorio viendo su dibujo– ¿viste mi dibujo? – Es muy bueno –respondió su madre– siempre has sido talentoso, Bran. – Eso creo. Y debe serlo –dijo Bran apuntando al lienzo y regresando a la cocina por su taza de café– el profesor Mercer me invitó a que fuera a su oficina principal en Nueva Dehli. – ¿Para qué? –preguntó Anna. – No lo sé, quizás para, ¿Discutir el lienzo? ¿Publicarlo en una de sus galerías? O incluso, ¿darme un trabajo donde gane más que el sueldo mínimo? –dijo Bran con sarcasmo pero de una forma que su madre notara que estaba jugando. – ¿No ibas tarde? –le respondió Anna de la misma forma. – Sí –dijo Bran apuntándola y con el café aun en su mano se apresuró a tomar su bolso. Anna solo se dedicó a verlo correr– okey –dijo colgándose el bolso en el hombro y corrió de nuevo a la cocina para guardar su café– mamá, ya sé que eres una limpiadora compulsiva, en ciertos casos –dijo Bran a punto de salir de la cocina, pero literalmente se dobló hacia atrás para tomar sus llaves que estaban colgadas en el marco de ésta– pero necesito que mientras estés aquí, hagas un esfuerzo por reprimir ese impulso de limpiar todo a tu alrededor –dijo Bran acercándose a su madre– en el caos hay orden, créeme, confía en mí –dijo y literalmente dio una vuelta completa mirando todo el apartamento a ver si le hacía falta algo. – Bolso en el hombro. Llaves en la mano, y te falta algo –dijo Anna aún sentada en la silla. – ¿Qué? –preguntó Brandon girando hacia ella. Anna extendió sus manos hacia su hijo y Brandon acercó su boca dándole un beso a su madre. Podrá verse mal, pero Annabelle Heiss así había educado a sus dos hijos. – ¡Te quiero, mami! –gritó Bran desde la entrada de la puerta para luego abrirla. – ¡Te quiero, bebé! –gritó Anna de vuelta antes de que Bran se fuera.
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