El silencio de la mansión Qin era abrumador después del desayuno. Zeyan había salido temprano hacia la empresa, dejando a Liang An con una sensación extraña. La tensión entre ella y Mei todavía flotaba en el aire, pero Mei había desaparecido poco después del enfrentamiento.
An estaba en el jardín t*****o, como siempre, buscando consuelo entre sus flores. Pero incluso ahí no podía escapar de las sombras que Mei había dejado.
—Qué lindo cuadro, la inocente ratoncita cuidando su jardín —la voz de Qin Ling resonó detrás de ella, cargada de sarcasmo.
An giró lentamente, viendo a su cuñada cruzar los brazos mientras la miraba con desprecio.
—¿Necesitas algo, Ling? —preguntó An con calma, aunque su corazón comenzó a latir con fuerza.
Ling soltó una risa burlona y dio un paso hacia ella.
—¿Necesitar algo de ti? Por favor. Solo me sorprende lo tranquila que te ves después de la humillación de esta mañana.
An apretó los labios, sabiendo exactamente a qué se refería.
—No tengo intención de discutir contigo.
—¿Discutir? —Ling alzó una ceja, disfrutando de la incomodidad de An—. No es una discusión, querida. Es un recordatorio.
An sintió que algo frío se asentaba en su pecho mientras Ling continuaba:
—Mei es todo lo que tú nunca serás: elegante, fuerte, inteligente... una verdadera mujer Qin. Si no fuera por las circunstancias, ella sería la esposa de Zeyan, no tú.
An apartó la mirada, sintiendo el peso de las palabras de Ling.
—Eso ya no importa. Mei decidió irse, y ahora estoy aquí —dijo con un hilo de voz.
—¿"Estoy aquí"? —Ling imitó sus palabras con burla—. No te engañes, An. No estás aquí porque seas especial, sino porque Mei te dejó el lugar. Pero no importa cuánto lo intentes, nunca estarás a su altura. Zeyan lo sabe. Todos lo saben.
An sintió cómo sus manos temblaban. Quería responder, defenderse, pero las palabras no salían. Ling siempre sabía exactamente dónde golpear.
—¿Sabes por qué Mei es tan diferente a ti? —continuó Ling, acercándose aún más—. Porque ella no se habría quedado callada como tú. Mei habría peleado, habría demostrado su valía. Pero tú… tú solo eres una sombra, alguien que no se atreve a enfrentarse a nada ni a nadie. Ni siquiera a mí.
Las palabras de Ling eran como dagas, cada una perforando más profundo que la anterior. An sintió que las lágrimas amenazaban con salir, pero se negó a dejarlas caer frente a su cuñada.
—Tal vez tengas razón —dijo finalmente, su voz temblorosa pero firme—. Tal vez no soy como Mei, y nunca lo seré. Pero eso no significa que no merezca estar aquí.
Ling parpadeó, sorprendida por la respuesta de An. Aunque no era una declaración fuerte, había algo en su tono que indicaba que estaba empezando a encontrar su voz.
—Veremos cuánto tiempo duras con esa actitud —dijo Ling finalmente, antes de girarse y marcharse, dejando a An sola en el jardín.
Esa noche, An estaba en su habitación, aún reflexionando sobre las palabras de Ling. Sentía una mezcla de tristeza y rabia. ¿Por qué todos la comparaban con Mei? ¿Acaso nunca sería suficiente por sí misma?
Mientras estaba perdida en sus pensamientos, escuchó la puerta principal abrirse. Zeyan había regresado. An se debatió entre quedarse en su habitación o bajar a hablar con él. Finalmente, decidió enfrentarlo.
Bajó las escaleras y lo encontró en la sala, quitándose el abrigo. Zeyan levantó la mirada al verla y arqueó una ceja.
—¿Algo pasa? —preguntó, su voz neutral.
An tomó aire antes de responder.
—Zeyan, ¿puedo preguntarte algo?
—Claro.
—¿Por qué me elegiste a mí? —dijo finalmente, sus palabras saliendo más rápido de lo que esperaba—. ¿Por qué no insististe en que Mei regresara?
Zeyan la miró fijamente, como si estuviera evaluando la mejor manera de responder. Finalmente, dejó el abrigo sobre el sofá y se acercó a ella.
—Porque Mei no quería quedarse —dijo con sinceridad—. Y tú sí.
An sintió un nudo en la garganta ante su respuesta.
—¿Eso es todo?
Zeyan inclinó la cabeza, sus ojos oscuros fijos en los de ella.
—No lo sé, An. Tal vez eso fue suficiente al principio, pero ahora…
Se detuvo, como si no supiera cómo continuar.
—¿Ahora qué? —susurró ella, su voz apenas audible.
—Ahora quiero entender quién eres realmente —respondió él, su tono más suave de lo que ella esperaba—. Porque, a pesar de todo, hay algo en ti que no logro descifrar.
An lo miró sorprendida, incapaz de responder. Las palabras de Zeyan eran confusas, pero también dejaban entrever una chispa de interés que nunca había visto en él.
Esa noche, mientras volvía a su habitación, An no podía dejar de pensar en lo que Zeyan había dicho. Quizás, después de todo, había algo en ella que valía la pena descubrir.