La noche había caído, pero Zeyan no descansaba. En su oficina improvisada en la mansión Qin, mapas y notas cubrían la mesa, mientras su equipo de seguridad trabajaba frenéticamente para rastrear a An. Su mandíbula estaba apretada, y sus ojos oscuros reflejaban una furia contenida. —¿Alguna novedad? —preguntó con voz firme a uno de los encargados. —Señor Qin, logramos rastrear la llamada a un almacén abandonado en las afueras de la ciudad. Zeyan no esperó más. Tomó su abrigo y, con un gesto, ordenó que los hombres lo siguieran. —Prepárense para cualquier cosa. No quiero errores. Mientras tanto, en el almacén, An estaba sentada contra una pared fría, temblando más por el miedo que por el frío. Había tratado de mantenerse tranquila, pero las palabras de Luo resonaban en su cabeza como un

