En una de las jornadas en el castillo daba mi ronda tradicional cuando en una mesa vi que había cuatro tipos sentados. Bebían tranquilos sin mujer y parecía más bien que estaban en un bar que en un prostíbulo. Con el buen ojo que tengo pude darme cuenta que entre ellos había un sujeto que por mucho parecía muy diferente a lo que en mi normalidad acostumbraba. Además, el ser extranjero, activó mis alertas que avisaban sobre una buena cantidad de plata a la vista.
Cómo buscando su atención di varias vueltas frente a él. Insistí dos o tres veces, me era necesario estar con él, algo me lo decía y para mi mala fortuna no me llamó. Decepcionada, le dije a mi amiga que saliéramos a fumar. Como ella también estaba demasiado relajada dijo que sí. Fuimos al tejado y encendimos dos cigarrillos mientras nos contábamos los últimos chismes. Eran buenos, pero lo que pasó después, mucho mejor.
Bajamos de nuevo al área de clientes. Comenzamos a bailar. Lo hacíamos con tanto ahínco y libertad que fue imposible que nos notarán. De pronto, cuando comenzaba a pensar que nada bueno iba a salir, una voz a mi espalda me habló. Era uno de los sujetos que vi al inicio y como pudo a pesar de la música me avisó que su compadre de parranda, el que había estado viendo antes precisamente, me buscaba ansioso. Los ojos se me abrieron de alegría porque esa noche que estaba seca lo peor hubiera sido terminar por coger con un colombiano. Ellos, a pesar de todo, eran los peores clientes, los que se quejaban por todo y a quienes era bien difícil sacarles algo.
Con paso lento a causa de los tacones altísimos llegué hasta su mesa. El hombre me recibió de pie. Era alto, piel morena, cabello n***o y ojos rasgados. Con aquel vestuario le llegaba a los hombros, ni siquiera podía imaginar cómo me vería a su lado sin la indumentaria, aunque después lo supe.
La plática transcurrió con calidez. Era un hombre tímido y hasta cierto punto respetuoso. En sus ojos se veía que no cargaba la maldad inherente a todos los sujetos que me tocaba ver y despachar en el lugar, por más que quisiera no tenía razón para pensar mal y me deje llevar.
- Te juro que uno de mis sueños es viajar a México, me llama mucho tu país. Estoy esperando la oportunidad perfecta para irme.- Le dije emocionada.
- Bueno, si en algún momento te decides, ahí vas a tener un amigo para compartir. Por mí hasta te llevaba conmigo.- Con una muestra de honestidad respondía a mis comentarios.
- ¿Cuándo te vas? ¿Por qué no ir ya?- Mi pregunta lo sacó de lugar.- Espérame tantito, voy a mostrarte algo.
Corrí escaleras abajo al espacio en dónde las chicas se cambiaban y sin evitar revolver las cosas de mi bolsa, saqué el pasaporte que justo ese día me entregaron. Me quité los tacones y de dos en dos volví a subir las escaleras para llegar a la mesa
- Mira, hoy me lo entregaron. ¿Bonito, verdad?- Parecía una muchachita que recién descubría el amor. Le hablaba con una alegría tan clara que incluso sonrío y me felicitó por lo que le decía.
Esa noche me pidió para un servicio y fue grandioso. Pago lo correspondiente y sin estar satisfecho me dijo que quería más. Para nuestra tristeza, no se podía y lo hice saber. Había que salir de nuevo para hacer el mismo procedimiento. Pero, si en verdad buscaba pasarla mejor, podía sacarme durante la noche para pasarla juntos. Sin dudar me contestó que sí y sacando de la bolsa de su pantalón me entregó los ciento cincuenta dólares que se debían pagar. Setenta para la casa y el restante para mí.
En el camino al hotel nos besamos bastante. El taxista incluso volteaba a mirarnos cargado de morbo con ayuda del retrovisor y solo porque estaba ocupado en conducir no se atrevió a participar, por fortuna. Al llegar me di cuenta que lo que pensaba era cierto. El man se quedaba en uno de los lugares más caros de todo Bogotá y aquello solo era una muestra de que estaba forrado en plata.
Esa noche fue espectacular. Tanto él como yo la pasamos increíble y tal vez sería la manera en que le hice el amor que decidió de una vez por todas, tomarme a palabra de partir juntos. Me quedé así el viernes, sábado y al domingo por la mañana regresamos al castillo para dar aviso de mi baja.
Esa ocasión le tocaba desembolsar trescientos dólares para que me dejarán ir. Cómo si le quitará un pelo a un gato, los pago. Subí de inmediato al dormitorio y sin dejar de pensar que se trataba de un sueño, algo irreal y mientras guardaba las cosas en la maleta me trataba de dar ánimos para actuar con mayor velocidad. Mi hombre se había quedado en el comedor de las prostitutas a la espera de que bajara pero tenía un miedo terrible que por mi tardanza se arrepintiera y se largara de ahí. Por fortuna no pasó y de regreso al hotel cogimos como nunca y como nadie. Al terminar estábamos listos para que a la mañana siguiente saliéramos de Colombia.
Para mí, incluso después de haber recorrido tanto a mis apenas dieciocho años, me parecía una experiencia súper bonita el hacer ese viaje. Era por supuesto especial, más que cualquier otra cosa, pues suponía mi libertad total y el alejamiento para siempre de todo cuanto me hacía daño. A pesar de eso y fuera de lo que pude haber creído mientras me sometía a los recuerdos de dolor, daba un paso importante.
La sala de espera me fastidió bastante. Escuchaba como en los altavoces anunciaban las salidas siguientes y crecía mi desesperación al acercarse la hora indicada para el abordaje y no pasaba nada en mi zona. Ese tiempo muerto me trajo a la mente bastantes cosas.