Su espesa voz, grave y profunda llega, es ajena a la escena solemne de hace un momento. Transmite ferocidad. —¿Por qué no te has marchado a casa? —Silvain... —Estoy bien, ¿por qué necesitaría de tu ayuda? —ruge enfadado. Tiene una cara de póker. Es como si por arte de magia se ha librado de los efectos del alcohol. —Solo creí que estabas en un aprieto, deberías agradecer que te he traído a casa, de permitir que vinieras en ese estado, quién sabe lo que hubiera ocurrido —lo enfrento, no poseo mucho valor ahora, pero no dejaré que me hable de esa manera —. Además, tú me has llamado por ayuda. ¡Es un imbécil! —¿En serio? —eleva una ceja mientras acorta la distancia que existe entre su cuerpo y el mío, se vuelve casi nula la separación —. ¿Quieres que te haga una reverencia? Ve

