—Solo acéptala, por favor —prosigue, y sé que no ha sido obra suya, nadie se negaría a llevarse el crédito. —¿Por qué debería hacerlo? —me cruzo de brazos. —Es descortés, ¿no lo crees? —eleva una de sus cejas poblada. —Bien, gracias —lo tomo —. Supongo que le has traído flores a Mila, y no está. —Sí, ya estoy al tanto. Quédatelas, Aryanna, ponlas en algún florero antes de que se marchiten —dice y también me hago a un lado. —Pasa, solo si deseas —suspiro —. No quiero que me creas una maleducada, ¿quieres algo de comer o beber? —No, ya he comido. Agua estaría bien —añade —. Y no te preocupes, sé que no te parezco fiable. —No es así. ¿Seguro, solo agua? —ya he cerrado a nuestras espaldas. —Sí. Él se queda en el living, yo voy a la cocina. Por fortuna encuentro un jarrón vací

