Capítulo 4: mi madura compañera de cuarto (parte 2)

1018 Words
Estaba seguro de que a Lía se le olvidaba bañarse, a veces ni siquiera sabía en que día de la semana estaban. Y se quedaba dormida frente a su escritorio. La admiraba, pero no quería su vida. Ella no vivía, estaba sobreviviendo. Pobrecita, ¿es que acaso no tenía familia? —Tengo una hermana —le comentó ese viernes mientras desayunaban—. Abuelos, papás. —Lía arrugó la frente—. Te hablé de mi cuñado, ¿cómo no te diste cuenta de que tengo una hermana. Oliver subió los hombros. —Podría ser un hermano —adujo él. Lía hizo una mueca con los labios. —Claro que no —soltó y llevó la cuchara a su boca, comía una taza de granola con yogurt que él le había servido. —¿Por qué no sales? —le preguntó, no podía soportarlo, hasta él en toda esa semana había salido más que ella (sus paseos eran ir al supermercado). Lía lo miraba mientras seguía con la cuchara metida en la boca. —Yo salgo —le dijo y llevó la cuchara a la taza—. Pero no tengo mucho tiempo. Aunque mañana iré a casa de mis abuelos. Lía se observó la rodilla que había comenzado a cicatrizar. Oliver se acomodó en la silla y le tomó la pierna para verle la herida en cicatrización. Lo hizo sin detenerse a pensar. Lía era tan descuidada que hasta una simple raspadura le costaba sanar porque no le daba la atención suficiente. Cuando alzó la mirada, notó las mejillas de la chica encendidas en rubor. Se acomodó en su puesto y le soltó la pierna. Qué incómodo momento… Lía volvió a comer su granola y él también. Oliver nunca había vivido con una chica, ni siquiera con su exnovia. Lía era su primera compañera de piso. Y era con Lía que estaba notando que habían límites entre amigos de diferentes sexos. Claro que llegó a tener muchas amigas, pero no al punto en que debía estar con Lía. Había límites como el no estar descamisado en el apartamento (él lo hacía para no sentirse incómodo con ella); no pasearse en toalla por los cuartos o en ropa interior. También cosas tan pequeñas como rodar la mirada cuando notaba que Lía no usaba sujetador. De igual modo pequeños momentos incómodos como ese, cuando la tocaba y notaba su timidez. Igualmente, al estar a solas en la oficina y que le hiciera una pregunta y ella lo ignorara épicamente al estar demasiado concentrada. Lía era una chica tan difícil de descifrar. Esa tarde Lía por fin salió del apartamento, lo acompañó a hacer mercado. Sorprendentemente se habían cambiado con el mismo color de ropa. Lía usaba un vestido azul oscuro y él una camiseta del mismo color. Así que quien los viera fácilmente creería que eran una pareja de enamorados. Lía aquella tarde llevaba el cabello suelto (y peinado), usando un lazo azul que le quedaba bastante bien. Se veía como una jovencita delicada. La superaba considerablemente en altura, así que ella cuando le hablaba debía alzar la cabeza, lo que le producía ser aún más adorable. Debatían si comprar una bandeja de uvas, Oliver le preguntaba para qué las quería y ella le decía porque se le antojaban. —Mañana descanso, quiero comer lo que se me antoja —le decía ella. Volteó a verle y Oliver no lo soportó, la tomó de las mejillas y se las jaló. Lía abrió los ojos en gran manera, quedando congelada. Él soltó una pequeña carcajada y siguió jalándole las mejillas. Acababa de romper esa incómoda distancia que los separaba. Y sentía mucho alivio que ella no lo rechazara. —¿Qué te pasa? —preguntó Lía. —Necesitaba hacerlo —respondió Oliver, ahora acariciándole la cabeza, como un tigre que no sabe si al tocarla le hará daño con sus garras. Lía intentó apartarse la mano, pero él siguió acariciándole el cabello, esta vez con más confianza. —Cuando te peinas el cabello se ve decente —comentó el joven. Lía le torció los ojos y él se sorprendió. ¿Qué había sido ese comportamiento? Empezaba a mostrarse como la Lía del primer día. Aunque era mejor, demostraba que sí tenía un lado infantil como había pensado cuando la conoció. Esa noche terminaron los dos en la cama de Lía viendo una película animada mientras comían pizza, uvas, refresco de manzana y helado de vainilla; era la combinación más rara que Oliver había comido en su vida. Pero cuando Lía empezó a quejarse por cólicos menstruales entendió la razón. Lía terminó hecha bolita en la cama, cerca de él, así que terminó haciéndole masajes en la espalda y la chica se dejaba. Pasó abismalmente de ser la seria y reservada Lía a una chica mimada y llorona. Oliver no sabía qué hacer. Pensó que comportarse como lo hacía cuando su hermana menor tenía cólicos menstruales (que justamente tenía la edad de Lía). Así que buscó una almohada térmica y la calentó, se la llevó junto con una pastilla para el dolor y después le hizo un té de manzanilla. La jovencita terminó adormecida, hecha bolita a su lado. Oliver le limpiaba las lágrimas con una mano y la veía hacer pucheros. Por un momento Lía le tomó un brazo y lo rodeó con los suyos, acurrucándose más a él. No quiso molestarla, así que terminó quedándose dormido a su lado. Su primera noche durmiendo juntos fue ocasionada por cólicos menstruales. A medianoche Lía se despertó llorando. Él creyó que le pasaba algo, así que se sentó de golpe en la cama y la vio caminar encorvada al baño. La siguió por inercia, preguntándole si estaba bien y cuando se dio cuenta de sus actos, se dio cuenta que la miraba desde el umbral de la puerta cuando Lía se subía el vestido. De un respingo volteó hacia atrás y y volvió a la cama. Fue allí cuando notó las sábanas manchadas de sangre y sintió algo mojado en su pantaloneta. ¿Qué debía hacerse en esos casos? Qué incómodo momento…
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