Capítulo 5: Mi querida Lía (parte 2)

1216 Words
—A lo mejor no tengo mucho tiempo para eso —soltó Lía. Ahora era el turno de Oliver para torcer los ojos. Lía soltó una carcajada al ver que la remedaba. —¿Tienes complejo de chica fea o algo parecido? —la cuestionó. —No es eso… —Pues deberías arreglarte, no todo se trata de trabajar. —Cuando debes pagar cuentas y ahorrar para tus estudios, pues sí lo es… —Lía bajó la mirada a su hamburguesa. Ahí estaba otra vez esa chica adulta, la que le informaba que ella sabía más de la vida que él. ¿Qué podía Oliver saber sobre intentar llegar a fin de mes? Si Lía no lo recoge de la calle no habría tenido ni la más remota idea de qué hacer, porque el problema de nacer con todos los recursos a la mano es que, cuando te los quitan, no sabes cómo comportarte o qué hacer, porque no te educaron para ello. En cambio, Lía nació sin nada y ella misma se encargó de tenerlo todo. O al menos, eso estaba haciendo. Y Oliver no tenía el derecho de criticarla, pues le hablaba desde los privilegios con los que él nació y que, casualmente, ya no tenía, pero su mente no lo entendía. —Pues deberías también verte como una prioridad, Li. Li. Por Dios, ya le había puesto sobrenombre. Se estaba encariñando demasiado rápido con Lía. Pero no lo podía soportar. Lía le encantaba… Y eso era peligroso. Era una bomba de tiempo. Lía lo había ayudado cuando nadie lo hizo y, además, se comportaba sumamente amable con él. Era inevitable no enamorarse de una chica como Lía en su situación. Él estaba completamente vulnerable. Debía recordárselo. Nada más se trataba de la situación complicada por la que estaba pasando, ¿o no? Y era momentáneo, nada más sería por un tiempo, mientras arreglaba el desastre en su vida. Así que debía calmarse. Notó que la veía fijamente y Lía parecía algo incómoda. Le apartó la mirada. Siempre hacía eso cuando le incomodaba cuando la veía fijamente, era como su forma de decirle que parara. Bajó la mirada a la rodilla de Lía, la que estaba cicatrizándose, ya se veía más recuperada. Había pasado una semana desde que se mudó con Lía. Lo sentía como si acabara de pasar todo un mes. Vivir con Lía era como si el tiempo transcurriera como años de perro. Terminaron de comer y Lía se fue a dormir una siesta antes de marcharse a casa de sus abuelos y él decidió dejar de molestarla. ❦❦❦ Cuando llegó el sábado, Lía quiso invitarlo a su cena familiar en casa de sus abuelos, pero decidió no hacerlo, pues él parecía que quería quedarse en casa. Estaba trabajando en algo que parecía importante. La joven tomó su tiempo para arreglarse, rebuscó entre su ropa algún vestido decente, pero al final se decidió por el mismo n***o que llevaba a ocasiones especiales. Y esas ocasiones especiales eran las cenas familiares en casa de su abuela. Quiso pasar al cuarto de estudio con la intención de que Oliver la observase, muy en el fondo sentía ganas de tener su aprobación en cuanto a su apariencia. Pero se arrepintió cuando él la barrió de pies a cabeza; pero no tenía esa expresión tipo oh te ves linda, sino era más un ¿te vas a ir así? Lía alisó la tela del vestido con una mano, aunque no había ninguna arruga. Oliver la veía como si decidiera qué estaba mal en ella. —¿Por qué no usas los tacones rojos que compraste? —le sugirió—. Y podrías soltarte el cabello. Se te ve hermoso cuando te lo sueltas La joven pasó una mano por su cabello recogido en una coleta. —Los tacones rojos harán juego con tu labial —agregó Oliver con una sonrisa de esas amables que le soltaba cuando conversaban. Y con ello, la autoestima de Lía se elevó. Así que fue a arreglarse, otra vez. ❦❦❦ Lo primero que preguntó su padre cuando la vio fue qué le había pasado en la rodilla, porque el vestido dejaba verlas. Ahí fue cuando su mamá también llegó y le quedó viendo las piernas. Explicó que se había tropezado en el parque, pero su papá la miró con cara de no creerle mucho. —Tienes que cuidarte más, mira lo flaca que estás, ¿al menos estás comiendo? —empezó su padre su típica retahíla. En cambio, su mamá le preguntó por los tacones y si acababa de llegar de alguna cita. —¿Ya tienes novio? Su padre volteó a ver a su esposa con mirada regañina. —¿Te preocupa más que tenga novio a que se alimente bien? —la cuestionó. —Está sola, encerrada en esa cueva, si consigue al menos un novio, podrá salir a comer —explicó la señora. Su esposo puso los ojos en blanco y sacudió la cabeza a modo de desaprobación. —No es capaz de cuidarse sola, ahora mucho menos va a tener un novio —soltó el hombre. Afortunadamente su hermana llegó en ese momento. —Lía… qué buen semblante tienes, ¿dónde estabas? ¿Qué te hiciste? —le preguntó con asombro. Al menos un buen halago esa noche… ❦❦❦ Los ojos de Amanda no dejaban de repararla, era incómodo. Lía tomó un trago de jugo de mango mientras volteaba a ver hacia el otro extremo de la sala de estar, donde estaba la ventana y podían verse los chorros de agua. Ver agua le preocupaba, era como si su mente le alertara de un problema y después se calmara al recordar que Oliver ya estaba bien, que se encontraba en el apartamento, a salvo. Antonio, el esposo de Amanda, carcajeaba fuerte mientras hablaba con el padre de Lía; echaba la cabeza hacia atrás, una manía rara que tenía cuando reía. Hablaba fuerte, acaparando toda la atención. —¿Y qué pasó con aquel vagabundo? —preguntó Amanda de la nada. Ella era así, hacía preguntas sueltas cuando estaba con Lía. Era una costumbre de hermana mayor, como si recordara que debía preocuparse de que estuviera bien. —¿Sigue en esa banca? —indagó Amanda con tono burlesco. Lía negó ligeramente con la cabeza. —No, ha estado lloviendo, ¿cómo podría quedarse allí? Amanda bajó la mirada a su vaso con jugo y después le dio un sorbo. —Al menos la lluvia sirve para algo —comentó—, sería un problema que el parque se llenara de vagabundos. ¿Te imaginas? No podrías salir en las noches. —Oliver no es un vagabundo —espetó Lía, cansada de la actitud de su hermana. Y ese fue su problema. —Espera, ¿cómo sabes su nombre? —indagó Amanda con todo el rostro serio. Lía tragó saliva. —Dios, por favor, no me digas que tú… —espetó la mujer entre dientes. —Tenía que hacerlo. ¿Cómo le iba a permitir que se quedara en la calle con este clima? —¿Qué? —jadeó Amanda—. ¿De qué rayos estás hablando? —Su tono pasó a uno lleno de preocupación y su rostro palideció.
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