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1108 Words
El silencio del hospital era espeso, pesado, como si el aire mismo comprendiera que allí se cerraba un ciclo demasiado largo, demasiado cruel. Helena seguía recostada, sus ojos abiertos, atentos. Ya no había temor en su mirada, solo un cansancio profundo, el agotamiento de quien ha sobrevivido a algo que no puede explicar con palabras. Luana se sentó frente a ella, sin urgencias, con la calma de quien sabe que la conversación no necesita premura. —Terminó, Helena —dijo Luana, su tono bajo, seco, definitivo. Helena bajó la mirada, sus dedos apretados sobre las sábanas. —¿Cómo… cómo terminó? —preguntó, la voz quebrada, pero sin lágrimas. Luana no dudó. Solo pronunció una palabra: —Eres libre. Helena comprendió de inmediato. Su cuerpo se tensó, pero no preguntó más. No hacía falta. El silencio se mantuvo entre ellas, como si las paredes hubieran entendido la gravedad de esas palabras. Helena apretó más fuerte las manos, los nudillos blancos por la tensión. —¿Fuiste tú? —susurró. Luana sostuvo su mirada sin parpadear. —Sí. Helena cerró los ojos, dejando escapar el aire con lentitud. No lloró. No protestó. Solo asintió, muy despacio. —Siempre pensé que algo quedaría. Que alguno escaparía. Que habría quien esperara el momento para volver… —dijo finalmente. —No, Helena. Esta vez no. Se acabó —Luana fue clara—. Esta historia no tiene sobrevivientes. El sonido de la puerta interrumpió la atmósfera. Gael entró, sus pasos firmes, la mirada dura, como siempre. Saludó a su hermana con una inclinación leve y luego miró a Luana. —¿Podemos hablar? —preguntó. Luana asintió. Salieron al pasillo. Gael no esperó para ir al grano. —He intentado lo de la universidad. No va a suceder. No por ahora. Luana ladeó la cabeza apenas, cruzando los brazos. —No me importa. Esa era una opción, no una necesidad. Gael frunció el ceño. —Pensé que era parte del plan. —Los planes cambian —respondió Luana con tranquilidad—. La prioridad era limpiar el camino. Ya lo está. Lo demás puede esperar. Hubo un silencio breve entre los dos. Gael la observó, buscando alguna señal, alguna g****a en su postura firme. No encontró ninguna. —¿Y qué sigue ahora? —preguntó al fin. Luana giró apenas la cabeza, contemplando la ventana del pasillo. Afuera, el cielo comenzaba a oscurecer. —Construir. Gael asintió, con el mismo respeto que había aprendido a tener por esa mujer desde el primer día. —Si alguien intenta tomar el lugar que dejaron los Moretti… Luana lo interrumpió, sin mirarlo siquiera. —Terminarán igual. Esa frase no era una amenaza. Era una certeza. Cuando regresaron a la habitación, Helena seguía sentada, más erguida. Sus ojos ya no mostraban el brillo del miedo, sino la decisión de quien sabe que debe aprender a caminar sin cadenas. Luana se acercó, dejó la carpeta sobre la mesa junto a la cama. —Esto es para ti. No es un regalo, no es caridad. Si decides seguir adelante, lo harás con tus manos. Tus ideas. Tu nombre. Helena alzó la vista, con un leve temblor en los labios, pero con firmeza en los ojos. —No quiero compasión —dijo. —No la tendrás —contestó Luana. El pasado estaba enterrado. El apellido Moretti, también. No había bandos, no había herederos, no había nadie. Solo silencio. Solo polvo. Y ahora, por fin, podían empezar de nuevo. Luana permaneció un momento más en silencio, observando a Helena. Había algo en sus ojos que reconocía. Esa mezcla de miedo contenido y decisión. La mirada de alguien que había perdido todo, pero que seguía en pie. —No busco que me sigas, Helena —dijo finalmente—. No quiero obediencia. Lo único que espero es que, si decides avanzar, lo hagas con la misma dureza con la que resististe. Helena asintió, aunque la respiración le tembló. —Voy a intentarlo —respondió. —No intentes. Hazlo —corrigió Luana de inmediato, sin elevar la voz, pero con una firmeza que no admitía réplicas. En la puerta, Gael seguía observando. No interrumpió. Sabía cuándo debía mantenerse al margen. Luana se giró hacia él. —Quiero que asegures cada uno de los accesos. Nadie entra sin mi autorización. Helena necesita espacio para recuperarse, y yo necesito tiempo para preparar el terreno. Gael asintió, tomando nota mental de cada instrucción. —¿Y qué pasará con los negocios que dejaron los Moretti? —preguntó, finalmente. Luana sonrió apenas, pero no había calidez en su expresión. —Todo lo que construyeron es ceniza. Lo que puedan haber dejado no es más que escombros. Si alguien intenta levantar algo sobre esas ruinas, se hundirá con ellas. Gael la miró con atención, midiendo sus palabras. —¿Crees que realmente haya quienes quieran tomar ese lugar, incluso ahora? —Siempre hay alguien dispuesto a aprovechar las sombras —respondió Luana—. Pero esta vez, las sombras son mías. Se hizo otro breve silencio antes de que Luana diera media vuelta y regresara junto a Helena. —Descansa —le dijo—. Mañana empezamos. Luana salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí con suavidad. Apenas dio dos pasos por el pasillo, Sebastián apareció al final del corredor, con las manos en los bolsillos, el mismo aire de dueño del lugar que siempre cargaba sobre los hombros. —Sabía que te encontraría aquí —dijo, acercándose sin apuro, con esa sonrisa que nunca terminaba de ser amable. Luana mantuvo la calma, aunque su gesto se endureció de inmediato. —No es el momento, Sebastián. Él ladeó la cabeza, ignorando la advertencia. Se detuvo demasiado cerca, invadiendo su espacio personal con la naturalidad de quien no acepta límites. —Ese tipo ha estado demasiado cerca de ti últimamente —comentó, su tono casual, pero con ese filo apenas disimulado. Luana alzó una ceja, molesta, pero antes de que pudiera replicar, Sebastián avanzó un paso más y, sin pedir permiso, la tomó del rostro, sujetándola por la mandíbula. La besó con fuerza, sin darle tiempo a apartarse. Luana empujó su pecho con las dos manos, intentando separarlo, pero Sebastián no cedió de inmediato. Su obsesión pesaba más que cualquier intento de rechazo. Cuando por fin la soltó, su mirada seguía clavada en ella, oscura, fija. —No olvides quién es tu esposo —murmuró, antes de girarse y marcharse por el pasillo, como si nada hubiese pasado. Luana permaneció unos segundos allí, apretando los puños, conteniendo la rabia. Su respiración era controlada, pero sus ojos brillaban con una furia helada. Ella iba a vengarse.
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