MÁXIMO
Cuando conocí a Claire, creí que una parte de mi vida había sido enterrada. Cuando le confesé mi mierda, ella no salió corriendo en la dirección opuesta. Simplemente creí que me amaba lo suficiente para aceptar a un hombre como yo como esposo. Por supuesto que lo hizo, se casó con mi fortuna.
Creí que perdería la cabeza. Creí que me convertiría en un hombre ruin mientras iba creciendo. Y pese a que mi exterior reflejaba eso, por dentro yo no era así. Me había jurado aquella noche con doce años, que mi alma no iba a estar tan podrida como la de ellos. Pero habían tratado de dañarme tanto, que una parte de mí todavía latía por eso.
La noche cayó en medio de papeles por leer y firmar. Llamadas entrantes y salientes; Hospital, negocios y finalmente mis hijos, quienes me dieron la paz en medio de la penumbra.
—Te extrañamos papi Maxi. —Las vocecillas a coro de Manuela y Tobías, se escucharon al otro lado de la línea.
—Y yo a ustedes. Les prometo que pronto vamos a vernos.
—Mamá dice que ya no nos quieres y por eso te fuiste de casa. —El tono afligido de Manu, me comprimió el corazón.
—Su madre y yo tuvimos problemas de grandes, pero eso no quiere decir que no los quiera. Yo los adoro, ustedes son mi vida entera.
—Entonces llévanos a vivir contigo. —Esta vez, fue Tobías quien habló.
—Por ahora, eso es una tarea para el hogar un poco difícil. ¿Saben? Como las matemáticas, pero les prometo que pronto lo vamos a resolver.
—Una promesa no se rompe. —Corearon.
— ¿Cuándo no les he cumplido una promesa?
—Te queremos. Ven a vernos pronto.
—Descansen. Estaré llamándolos.
Amelia entró a mi despacho mientras finalizaba la llamada, y con una sonrisa, supo de quienes se trataba al otro lado de la línea.
—Extraño mucho a los niños. Deben estar enormes. —Dejó el café en el escritorio con una sonrisa afligida.
—Están creciendo muy rápido y no quiero perderme esta etapa de ellos.
—Lamento todo lo que está ocurriendo con la señora Claire. —Esa mujer siempre era muy sincera y sabia cuanto aprecio le tenía a mis hijos—. Con permiso.
—Amelia, espera.
Al detenerse, dudé en preguntarle, sin embargo; lo hice.
— ¿Dónde está Ariel?
—En su habitación, le está enseñando sus libros a Flavio.
Mis hombros se estremecieron de rabia.
—Puedes retirarte.
Cuando lo hizo, lance todos los papeles lejos de mí. Di un sorbo largo a mi café y maldije cuando el líquido caliente quemó toda mi garganta.
¿Quién demonios se ha creído que es para entrar a su habitación? La confianza que le había dado estaba llegando demasiado lejos. Había lugares más públicos como el vestíbulo, la cocina, la terraza, en donde podrían hablar y enseñarle los estúpidos libros. No solos en su habitación.
Salí del despacho mientras la adrenalina fluía por mis venas. La risa alegre de Ariel, se escuchaba hasta la planta baja, eso provocó que mi rabia aumentara. ¿Por qué no estaba comportándose como una jovencita decente? Ni si quiera yo, me había atrevido a mantener una conversación con ella en su habitación.
La puerta estaba entrecerrada y su risa no dejaba de fluir. Me acerqué lo más que pude y me recargué sobre la puerta, creyendo que podría escuchar que era lo que le causaba tanta risa.
¡Estaba jodido de la cabeza! ¿Qué me sucedía? ¿Desde cuándo escuchaba a través de las puertas? La empujé con mi hombro, y la escena que presencie, me cegó por completo.
Ambos estaban sentados en el suelo, alrededor de una cantidad de libros. Las manos de Flavio estaban sobre el estómago de Ariel. El silencio se redujo a nada, cuando me observaron.
— ¿Puedo saber qué demonios está pasando aquí?
El rostro de Flavio, inmediatamente palideció.
—Ariel me estaba enseñando sus libros, señor. —Cabizbajo, se colocó de pie. Rindiéndome respeto.
— ¿Con tus manos sobre ella?
—Solo estábamos jugando. —Ariel imitó su gesto y le defendió.
—Sal de la habitación Flavio y, señorita Ariel, cuando te vuelvas a referir hacia ella.
—Sí señor, con permiso.
Una vez que estuvimos solos, pude notar como la rabia bailaba en los ojos de ella, sus mejillas ardían y su respiración se había vuelto tosca. Sabía de ante mano, por la expresión de su rostro, que estaba conteniéndose de estallar.
—No tuvo porqué tratarlo así. —Su voz era un susurro controlado.
—Su lugar es afuera, no aquí. Demasiado hago con permitirle merodear por la casa.
— ¿Y mi lugar si es aquí, señor Kahler?
—Tu lugar siempre va a ser donde estés a salvo.
Giré sobre mi eje, no pretendía iniciar una discusión con ella. Estaba exhausto de ello. Siempre y cuando ella se comportara, no íbamos a tener problema. Pero cuando sentí que su mano tomó mi brazo y me obligó a enfrentarla, sabía que me la estaba poniendo demasiado difícil.
— ¿Por qué siempre hace eso señor Kahler? —La vi temblar, la vi inhalar por aire con mucha fuerza.
— ¿Hacer que, Ariel?
—Decir ese tipo de cosas. Me trajo a su casa y ni siquiera sé el verdadero motivo por el que estoy aquí. Me trata como si no significara nada y luego me dice que debo estar en un lugar a salvo...
—Ariel...
—No lo entiendo, señor Kahler, no lo entiendo. ¿Puedo decirme que es lo que realmente quiere? Porque está volviéndome loca. ¿Qué es lo que quiere de mí? ¡Dígamelo!
El brillo que desprendía sus ojos, se debía a las lágrimas que no dejaban de brotar. Su cuerpo subía y bajaba por culpa de la lucha constante que tenía contra ella misma de respirar. Pero se le dificultaba, estaba tratando demasiado duro de enviar aire a sus pulmones y se volvió una batalla demasiado difícil cuando envió la mano directamente a su pecho. Algo estaba fallando en ella.
—Ariel... —Traté de acercarme, pero puso distancia entre nosotros mientras buscaba el aire que le faltaba.
—No puedo respirar... —Musitó muy bajito—. No puedo respirar...
Estaba teniendo un ataque de pánico, otra vez...
—Ariel, tranquila ¿de acuerdo? —Levanté mis manos al aire mientras me acercaba—. Déjame ayudarte.
Su cuerpo cayó de rodillas al piso y yo hice lo mismo, tomé su rostro entre mis manos, pese a que ella forcejeaba conmigo, no me detuve.
— ¡Hey! ¡Mírame! —Sus ojos bailaban desesperados de un lugar a otro, observando cada cosa a nuestro alrededor, menos a mí—. Ariel, mírame. ¡Respira! Solo tienes que respirar.
No estaba funcionando. ¡Maldición! Estaba tan aislada de la realidad y no estaba jodidamente funcionando.
— ¡Ariel! Maldita sea, tienes que respirar. —Nada, nade recibía de su parte...
—No puedo... —Su rostro palideció y sus ojos estaban yéndose.
¡Maldición!
Acerqué su rostro a mi boca e impacté sus labios contra los míos en un beso audaz y efervescente.